Llevamos mucho tiempo ya oyendo hablar de una “crisis de valores”, expresión que nos remite a una disrupción brusca y negativa de una realidad hasta hace poco estable y que, por comparación con la economía, puede aludir tanto a un exceso como a un defecto de algo. En el caso de los valores, parecemos aludir más a esto último, pues utilizamos también la expresión “pérdida de valores”.

Aunque uno tiene la sensación de que con los valores pasa como con la energía: ni se crean ni se destruyen, solo se transforman. No obstante, si nos fijamos en los emisores de esas alarmas, podremos ver, en líneas generales, cuatro grandes grupos de quejosos.

Están aquellos que, adscritos a una interpretación del mundo basada en un libro, confunden normas o preceptos tan antiquísimos todos como arbitrarios algunos, con valores eternos, y se asombran de que mucha gente no respete o viva apegado a determinadas formas de relacionarse los sexos, ingerir alimentos o realizar cultos. Están también quienes asocian un conjunto dado de valores inmutables con una identidad nacional, y ven estos cuestionados y en peligro al percibir como un ataque frontal cualquier cambio que se desvíe de una presunta raíz inmemorial.

Luego están aquellos otros, generalmente mayores, por no decir viejos, que se escandalizan por las extrañas costumbres que adoptan las jóvenes generaciones y claman al cielo –como lo han hecho todas las generaciones humanas anteriores– por las formas de conducirse de estos individuos que tienden a ignorar olímpicamente muchas de las presuntas y acendradas virtudes de sus antecesores. Y, finalmente, están aquellos otros, que ven cómo ciertas prácticas sociales prosperan, en detrimento de otras, y van construyendo una jerarquía de valores diferente a aquella que imperaba cuando ellos se formaron, siendo difícil, a priori, discernir la bondad de estos cambios.

Para reflexionar hoy sobre este tema, propongo que echemos un vistazo a un valor –no por menos estridente, menos relevante– que parece, efectivamente, estar viniendo en desuso: la cortesía. Definida en nuestra lengua como aquellos actos que muestran deferencia, atención o respeto hacia otra persona, cubre un amplísimo espectro de conductas, que se manifiestan en muchos ámbitos de interacción humana y entre agentes de muy diversa índole.

Se muestra cortesía, por ejemplo, en el lenguaje utilizado al tratar con personas mayores en edad, dignidad o gobierno, independientemente del nivel de familiaridad o trato que uno tenga con esa persona. O cuando se saluda a un desconocido con el que uno se cruza en un entorno habitual, deseándole que el día le sea propicio.

O cuando se brinda espacio al vehículo de un desconocido que intenta sortear el mismo predicamento que uno. O se cede el asiento a otra persona desconocida en un ámbito público.

Esta es la cortesía positiva o del hacer. Pero existe también lo que podríamos llamar una cortesía negativa, menos visible en tanto su valor estriba precisamente en no ser percibida.

Es la que tenemos cuando no importunamos a otros con los contenidos de nuestro dispositivo o nuestras conversaciones telefónicas. Cuando no invadimos con nuestras preferencias musicales los espacios públicos compartidos con otros.

Cuando entendemos que el amor por nuestras mascotas no implica el aprecio obligado de los demás por ellas. En todos estos casos estamos manifestando externamente un respeto implícito, gratuitamente otorgado, a otra persona.

Estamos reconociendo su existencia, su derecho a existir, en el mismo nivel que nosotros. Estamos aceptando que sus dificultades o problemas son equivalentes a los nuestros.

Que sus necesidades son tan perentorias como las nuestras. Estamos reconociendo, en suma, que convivimos con extraños.

De ahí el énfasis en el desconocido de los ejemplos anteriores, pues va de sí que esas actitudes las mantendremos en forma natural hacia aquellos más cercanos o afines a nosotros (aunque también en esto haya excepciones). Ese reconocimiento de que los otros son ni más ni menos valiosos que nosotros mismos es la manifestación de nuestra comprensión tácita de que la mejor forma de conducirse para poder todos vivir en paz y medrar es mostrarnos mutuamente deferencia y respeto, máxime en entornos muy masivos, plagados de interacciones muy numerosas y diversas.

¿Está la cortesía en decadencia? ¿Somos menos corteses que antes?

¿Afecta esto en algo la calidad de nuestra convivencia, o es irrelevante? Estos cuestionamientos son no solo válidos, sino pertinentes, pues, como con tantas cosas sometidas a los avatares de un cambio tecnológico vertiginoso, es difícil discernir anticipadamente si estos en apariencia pequeños cambios tendrán o no consecuencias imprevistas y deletéreas.

En todo caso, los valores pueden transmitirse en el proceso formativo de las personas, pero solo el propio uso, consistente y cotidiano y valiente, garantizará que sigan siendo relevantes. inigolejarza@pm.meÍñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.