En Otro poema de los dones, Borges agradece por el fulgor del fuego “que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo”. En la frase están la cueva, la hoguera, las pupilas iluminadas, la distancia entre las fieras y el hombre, la derrota de la oscuridad.El cielo les dio el fuego a los hombres, haciendo tal vez del rayo su herramienta.

Pensemos que el monte ardió luego de la descarga y que el más curioso del grupo encontró carne animal entre las ruinas. La probó: estaba buena, suave; era más fácil digerirla.

Compartió el hallazgo y a otro de su especie se le sucedió llevar con ellos un tizón vivo y domesticarlo. Han pasado siglos incontables y aquí estamos, con el cerebro crecido, más inteligentes que entonces –salvo ciertas excepciones–, enviando parientes a dar vueltas por el vecindario de la Luna.

La lumbre de la curiosidad viaja en nosotros.Más cerca en el tiempo, un rayo seco, sin lluvia, encendió semanas atrás un rincón de Palo Verde. Esta vez no hubo asombro en nadie.

Bomberos, mangueras, palas y rondas buscaron frenar la jauría. Imágenes posteriores muestran por dónde anduvo la devastación: tierra pelada, esqueletos de troncos, un cocodrilo carbonizado; un bombero carga una tortuga para salvarla, una manada de pizotes escapa, un venado parece preguntarse hacia dónde agarrar.

Miles de hectáreas en cenizas.El fuego no siempre llega a Palo Verde en forma de rayo: cada verano, un incendio silencioso entra con ganas de achicharrarlo. El humedal se encoge; charcos cada vez más chiquitillos deben ingeniárselas para acoger bandadas innumerables.

Hay algo bueno: la apiñazón multiplica las oportunidades de admirar, aunque sea de lejos, al elegante jabirú, galán de zancadas barrosas, nuestra cigüeña más grande. El calor es casi insoportable.

Lo hace más llevadero encontrar un sitio sombreado y refrescar la mirada lanzándola a la laguna, dejar que vaya hasta los cerros del fondo, azules y cavernosos. También se agradece la llegada de la tarde y, con esta, la brisa repelente de los zancudos kamikazes.La proximidad del atardecer invita a regresar al puente que se adentra en el agualotal, al que algunos llaman pantano.

Cuando lo supe, me pareció fuera de lugar porque Palo Verde está muy lejos de ser como los pantanos a los que nos acostumbró el cine: estanques podridos en los que se esconden bichos horrorosos. Este es una amplia casa limpia; es música de sapos, lagartos silenciosos, hervidero de patos y jacanas, pulsación del Tempisque.El puentecito es ideal para presenciar el comienzo de los días y su contrario.

Conforme se ausenta la luz, surgen del agua los sonidos de la noche y otros fuegos se encienden. Las mitologías del cielo aparecen una detrás de otra: Marte, Escorpio, Orión, Géminis… Son fuegos inofensivos, curiosidades distantes que nos ayudan a aprender astronomía con los pies sobre la tierra o, dicho mejor, tendidos de espaldas donde la antigua hacienda Palo Verde tuvo su pista de aterrizaje.Una tarde en que caminaba al lado de ese terreno despejado, oí a mis espaldas un estruendo de cascos.

El ruido provenía de una manada de caballos cimarrones en la que mandaba un macho nervioso que corría de último para cuidar desde la retaguardia a yeguas y potrancos. La visión puso en mi cabeza ciertas películas del Oeste, especialmente esas en las que un piel roja brinca sobre un ejemplar chúcaro y lo doma entre gritos y volteretas.

Los caballos de Palo Verde son descendientes libres de aquellos esclavizados por el trabajo cuando el territorio fue para la ganadería. Nadie logró sacarlos luego de la creación del parque; allí reinan quizá como los únicos caballos cimarrones del país.

Son una chispa briosa del pasado.He visitado Palo Verde cinco o seis veces y siempre he trepado a la Roca, mirador que ve hacia la planicie. Desde arriba, es posible observar cómo fluye el río antes de acurrucarse en el sobaco del Golfo, el vuelo de aves imposibles de contar.

Entre estas, van el rosa floral de las espátulas, ráfagas de soldaditos, muchas yuntas de garzas bueyeras. Desde la loma se ven también los surcos de los tractores que aplastan pasto y les abren el agua a las bandadas.El incendio forestal está ahora muerto, pero sabemos que en una de tantas volverá, como lo hacen los otros: el de la época seca y los que dan brillo a la noche.

Que nadie se asombre: habitamos un mundo dado a andar en círculos, a apagarse y prenderse sin descanso.ovidio.munoz@nacion.com Ovidio Muñoz Corrales es periodista.