A inicios de los noventa fui aprendiz de proyeccionista en un pequeño cine universitario. El trabajo tenía una recompensa evidente, la beca de estudiante, y algunas otras como aprender a enhebrar la película, ver seis o siete veces la misma escena hasta descubrir detalles que antes se me escapaban y rescatar, de vez en cuando, algún cartel condenado a la basura.Así fue como conseguí el cartel de The Doors.Durante mucho tiempo, en la pared de mi cuarto, aparecía Jim Morrison recortado por el fuego, con la expresión de quien conoce un secreto.

A su lado, una frase atribuida al cantante explicaba el nombre del grupo y abría el camino hacia el misterio: “Hay cosas conocidas y cosas desconocidas. Y en medio están las puertas”.Después leí que la frase no era de Morrison.

Venía de mucho antes: de William Blake y, después, de Aldous Huxley, que tituló uno de sus ensayos The Doors of Perception. Eso, no obstante, importa poco.

Lo decisivo es que, después de esa frase, las puertas dejaron de ser un objeto cualquiera.Las puertas ordenan la vida doméstica. Separan habitaciones, guardan nuestros sueños, contienen conversaciones, atenúan los ruidos y marcan la frontera entre lo propio y lo ajeno.

Asimismo, instalan el enigma en la vida cotidiana. Basta caminar por el barrio para comprobarlo.

Hay puertas de hierro forjado, madera o vidrio, rectangulares o elípticas, con doble llave, cadena o candado. Todas son distintas y, no obstante, coinciden en algo: hacen preguntas sobre lo que ocurre detrás, sobre quién sale en las mañanas o vuelve al final del día.En San José, abundan las puertas que guardan una historia: las de las casas antiguas de barrio Amón, con sus vitrales de colores; las metálicas del centro, cubiertas de grafitis; las de algunas sodas que dejan escapar el olor del café recién chorreado.

Cada una dice algo sobre lo que la ciudad conserva y lo que va dejando atrás.Las puertas ocupan un lugar privilegiado en los mitos y en nuestra imaginación porque convierten el espacio en relato. Cruzarlas puede ser el inicio de una transformación.En el cine animado, las puertas han llegado muy lejos.

En Monsters, Inc. son casi un manual de psicología. Miles de puertas alineadas en una fábrica inmensa conducen a los dormitorios de los niños.

Son pasadizos en sentido literal, pero también accesos al territorio más privado que existe: el miedo. La película nos recuerda que detrás de muchos terrores infantiles no hay monstruos, sino adultos.Mucho antes estuvo Ante la ley, el breve y devastador relato de Franz Kafka.

Un hombre llega ante una puerta que da acceso a la ley y un guardián le dice que no puede entrar. Al menos no todavía.

El hombre espera. Espera años.

Espera toda la vida. Cuando está a punto de morir, descubre que esa puerta había sido destinada únicamente para él.Es difícil imaginar una fábula más precisa sobre la burocracia, la libertad y los límites que nos imponemos a diario.

A veces no hay nadie impidiéndonos el paso. A veces basta con la costumbre de obedecer.La cultura popular, que rara vez desperdicia una buena imagen, también ha sabido sacar partido de las puertas.

Nuestros abuelos advertían: “La puerta abierta al bueno tienta”. Hoy decimos “casa de puertas abiertas” para hablar de hospitalidad y repetimos que “cuando una puerta se cierra, otra se abre”, aunque casi nunca sepamos dónde está la segunda.He pensado en esto al ver las puertas que ha venido pintando José Pablo Ureña.

En una de sus piezas sobre San José, una persona mayor protege una mochila entre las piernas y sostiene un bastón con la mano izquierda. Parece esperar.

O pensar. O tal vez las dos cosas, que a veces terminan pareciéndose.¿A quién espera?

¿Quién podría abrir desde adentro? ¿Un hijo?

¿Una nieta? ¿Llegó demasiado temprano?

¿Olvidó alguien que tenían una cita? ¿O la cita existe solo en la imaginación de quien espera?Ahí aparece otra vez el antiguo misterio.

Las puertas insinúan, sugieren, dejan pistas, pero nunca revelan del todo.Quizá por eso seguimos contemplándolas. Porque no son solo tablas, bisagras y cerraduras: son una frontera entre lo incierto y lo familiar.

Entre lo que sucedió y lo que aún podría ocurrir. Entre el adentro y el afuera, entre el permiso y la prohibición, entre el miedo y la curiosidad.Hay cosas conocidas y cosas desconocidas.

Y en medio, todavía, están las puertas. Algunas se abren y otras se niegan a hacerlo.

Pero casi todas conservan el viejo talento de dejarnos del lado de la duda.jurgenurena@yahoo.comJurgen Ureña es cineasta.