Los escritores Malcolm Lowry, Philip Roth, Paul Auster, Truman Capote, Milan Kundera, Hanif Kureishi, Salman Rushdie, Orhan Pamuk y Vladímir Nabokov, por citar sólo a algunos, evocan a sus padres en sus autobiografías. El narrador y ensayista argentino destaca que, “en todas estas autobiografías, la visión del hijo es de alguna forma la oportunidad de inventarse a un padre; es decir, al contrario de Geppetto cuando, en la novela de Carlo Collodi, le da vida a Pinocho, aquí es Pinocho creando a su padre, reinventándolo”.

Advierte que “las autobiografías de los escritores muchas veces están llenas de mentiras. Las escribe alguien que hace de la mentira su materia de trabajo, de sus historias.

Es el uso de la memoria para mover el artefacto literario”. García Marinozzi leyó estas autobiografías para nutrir su libro híbrido, “un pastiche entre la memoria y la ficción”, “Instrucciones para matar al padre” (Alfaguara).

Pero para los grandes narradores citados, explica, el padre no es una carga, sino una inspiración. “Los evocan con amor y admiración. Incluso en tres casos, Pamuk, Kureishi y Nabokov, los progenitores escribían sin imaginarse que sus hijos llegarían a ser literatos profesionales”, agrega el también periodista. “Pamuk, por ejemplo, escribe sobre su padre y se cuestiona a la vez quién hubiera podido llegar a ser.

En ‘La maleta de mi padre’, su discurso cuando gana el Nobel de Literatura, que lo publicaron como libro, recuerda que su padre, quien viajaba mucho porque era vendedor, llegaba a casa y siempre se encerraba a no sabía qué. “Pero luego descubrió que se iba a su cuarto a escribir y que guardaba todos sus manuscritos en una maleta. Se pregunta qué hubiera pasado si su padre se hubiera atrevido a publicar sus textos y él los hubiera podido leer.

Su padre contuvo la pasión de ser escritor para trabajar y alimentar a su hijo, que terminó siendo un Premio Nobel”, señala. El cronista añade que “Rushdie también recuerda que su padre quería ser escritor.

Kureishi encuentra un manuscrito de su padre. Ninguno de los tres progenitores fueron escritores profesionales, pero sus hijos estuvieron al pendiente de esos deseos no cumplidos.

A veces crecemos gracias a que nuestros padres abandonaron ciertos sueños”. En el caso de Nabokov, indica, “describe la adoración que tenía por su padre, y éste por su propio padre, es decir, el abuelo de Nabokov.

Dice que todo el tiempo escribió para preservar la memoria de su padre, que fue un intelectual y político. Escribía un diario con los detalles de su vida.

Entonces, Nabokov hijo preserva su memoria y la de su padre”. El dramaturgo y guionista admite que “todos los escritores reinventamos a nuestros padres.

Es nuestra manera de sobrevivir, de reconciliarnos y de poder ‘matarlos’. Necesitamos una versión caprichosa de ellos para poder dar sentido a nuestras vidas.

Es un derecho, una ley de vida. “Sobrevivir al padre es un acto de autonomía, de madurez, de reflexión importante, que todos debemos hacer en algún momento”, apunta. El autor de “Los lugares verdaderos” y “El libro de las mentiras” destaca que la figura del padre ha sido fundamental en la literatura mexicana. “Desde ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo hasta ‘La cabeza de mi padre’ de Alma Delia Murillo, la paternidad es tal vez el principal rasgo; la búsqueda del padre se da también en el cine, en la política y en el parque de la esquina”.

Por eso le fascina una imagen que se describe en la “Eneida” de Virgilio. “Eneas, cuando escapa de Troya, porque está ardiendo, lleva a su hijo de la mano y a su anciano padre en los hombros. En algún momento todos vivimos esto, porque unen el pasado, el presente y el futuro”.