“Para, para. Deja de grabar, nos van a matar.

Que Dios te ayude”, grita Mohamed Sha’at, de 52 años, con el cuerpo temblando, la voz entrecortada y la cara enrojecida. Agarra a su hijo menor, Amir, de nueve años, y empuja al resto de su familia desde el patio hacia un refugio improvisado, una construcción más precaria que una tienda de campaña, fabricado con restos de madera, hojalata y tiras de tela.

Sha’at extiende el brazo y mete a este reportero dentro mientras la familia levanta las manos en señal de oración. Un dron acaba de asomar en el cielo sobre nuestras cabezas.Seguir leyendo