El Gobierno insiste en que la economía ya entró en una etapa claramente mejor. El presidente y el ministro de Economía sostienen, con insistencia, que lo peor ya quedó atrás.

Luis Caputo puntualizó que el EMAE está en un nivel récord, que la recaudación empieza a recuperarse, que la inflación de abril volvió a bajar y que mayo será más bajo todavía. Javier Milei, por su parte, aseveró que el país regresó a la tendencia que tenía antes del ataque político de 2025; esto es, crecimiento, caída del riesgo país, baja de la inflación y remonetización de la economía.

Detrás de sus discursos se vislumbra una apuesta clara a transmitir que no hay razón para que el punto de inflexión de las expectativas se corra a 2027. Durante 2024 y 2025, la bisagra para que las expectativas hicieran un clic definitivo —para que una mayoría de argentinos se convenciera de que esta vez sí podía ser diferente— fueron las elecciones de medio término.

Ahora, paulatinamente, esa bisagra parece instalarse en las elecciones generales del año que viene.Frente a esta posibilidad, el manifiesto optimismo oficial es comprensible. Ningún gobierno intenta moldear expectativas anunciando dudas.

El problema no es el tono, sino el método. Porque una cosa es resaltar algunos datos favorables, y otra muy distinta es extrapolarlos como si ya describieran una tendencia firme.

Haciendo econometría de dos observaciones, el Gobierno corre el riesgo de perder credibilidad cada vez que aparece un dato que no encaja. Y la experiencia reciente aconseja prudencia.

Ya pasó con la inflación mayorista, cuya desaceleración fue leída como anticipo automático de una rápida convergencia de la minorista; y ya pasó también con algunos rebotes parciales de actividad que no lograron consolidarse.En tal sentido, marzo dejó algunos números mejores. Pero los datos que siguieron, y sobre todo su dispersión sectorial, invitan a no sacar conclusiones prematuras.

El seguimiento de los datos de actividad muestra que abril y mayo vuelven a exhibir señales flojas en recaudación ligada a la actividad, despachos de cemento, producción automotriz, ventas y confianza del consumidor. No sería la primera vez que un rebote puntual queda absorbido por un nuevo amesetamiento.Algo parecido ocurre con la inflación.

Abril fue mejor. Mayo podría serlo también.

Pero de ahí no se sigue que la inflación vaya a caer rápidamente a niveles cercanos a cero, como insiste el presidente. Tampoco se sigue que la nominalidad ya esté resuelta.

El Gobierno tiene razón cuando recuerda que todavía persiste un reordenamiento de precios relativos. Lo que no puede hacer es usar ese argumento de manera selectiva; si los precios relativos siguen corrigiéndose, entonces la desinflación no será lineal; y si no será lineal, no corresponde presentar cada dato favorable como prueba concluyente de que el problema está resuelto.

El hecho de que una tendencia se haya frenado o revertido en uno o dos meses no alcanza para dar por confirmada una nueva trayectoria.El mismo criterio debería aplicarse a las expectativas. El oficialismo busca aprovechar que algunos indicadores de confianza e imagen dejaron de caer.

Pero una estabilización no equivale a una reversión. La última encuesta de AtlasIntel / Bloomberg muestra que Milei mantiene un núcleo de apoyo relevante, aunque con números todavía exigentes: 39,9% aprueba su desempeño y 58,3% lo desaprueba; la evaluación del gobierno arroja 34,6% de opiniones excelentes o buenas contra 55,4% malas o muy malas.

Más importante aún, el Índice de Confianza del Consumidor sigue en terreno claramente negativo. Entre los encuestados, 62% evalúa mal la situación económica del país y 69% juzga mal el mercado de trabajo; hacia adelante, 53% cree que la economía empeorará en los próximos seis meses y 55% piensa lo mismo del mercado laboral.Es decir, la caída en la confianza pudo haberse detenido, pero el cambio de clima que necesita el programa todavía no aparece con claridad.

Y eso importa mucho más de lo que a veces se reconoce. Porque la apuesta oficial no depende solo de que mejoren algunas variables, sino de que esa mejora se vuelva creíble, durable y socialmente perceptible.

Y ahí es donde la política vuelve a pesar, por más que el ministro Caputo haya dicho que la economía le va a pasar por arriba a la política y que ya no existe “riesgo kuka”. Hasta hace poco, el propio Gobierno atribuía parte de la debilidad de la actividad y del deterioro de las expectativas a la incertidumbre política y al riesgo de una reversión electoral.

Ahora sostiene, en cambio, que ese riesgo prácticamente desapareció y que Milei ganará las próximas elecciones. Pero la política no desaparece porque el Gobierno lo declare.

Las internas oficialistas siguen ahí, el caso Adorni no está cerrado, se acumulan nuevas sospechas de corrupción y persiste una marcada desprolijidad institucional en temas sensibles.En síntesis, la discusión de fondo no debería ser si el Gobierno tiene o no derecho a ser optimista, sino si ya hay evidencia suficiente para sostener que el famoso punto de inflexión ya sucedió. Y mi impresión es que no.

Puede ocurrir, desde luego. Pero por el momento eso sigue siendo, ante todo, una hipótesis, razonable si se quiere, pero todavía no una conclusión respaldada por una secuencia robusta de datos.

Porque lo que muestran los números es algo más incómodo: hay una economía que dejó atrás el pozo y hay mejoras, sin duda; pero esas mejoras siguen conviviendo con una inflación aun elevada y rebelde, con correcciones de precios relativos incompletas, con una actividad que se mueve de manera poco homogénea y con expectativas que, en el mejor de los casos, dejaron de deteriorarse, pero que todavía no señalan un claro cambio de clima.El Gobierno necesita que ese cambio se materialice cuanto antes, porque, de no ser así, será muy difícil que el horizonte de expectativas no se establezca de manera irreversible en las elecciones de 2027. Eso no significa que el desenlace esté escrito.

El Gobierno todavía puede influir para que las dinámicas económicas mejoren y las expectativas cambien. Pero para eso necesita darle mayor consistencia a la política cambiaria y monetaria, bajar la intensidad de la interna política y ocuparse con más fuerza de la gestión.

Mientras tanto, conviene ser prudente con las proyecciones y no confundirlas con los deseos.