En los últimos días, Panamá ha vuelto a debatir sobre la seguridad pública. La reciente fuga de cientos de privados de libertad de la cárcel La Joyita ha puesto en evidencia graves deficiencias del sistema penitenciario nacional.

Como respuesta, han surgido propuestas para fortalecer el control carcelario, incluyendo la construcción de una mega cárcel en Divisa y el traslado de reclusos a Coiba. No obstante, cabe preguntarse si el verdadero camino hacia un país más seguro consiste en construir más cárceles o en invertir más en educación.

La célebre frase atribuida a Victor Hugo, “Abre una escuela y cerrarás una cárcel”, sigue teniendo una vigencia extraordinaria. La propuesta de construir una mega cárcel en Divisa genera preocupación por varias razones.

En primer lugar, porque transmite la idea de que el Estado está planificando más espacio para futuros delincuentes en lugar de crear condiciones para que existan menos. Una prisión puede ser necesaria para quienes han infringido la ley, pero una cárcel jamás debe convertirse en el símbolo principal del desarrollo de una región.

Divisa ocupa una posición estratégica en el centro del país. En lugar de ser recordada por albergar uno de los complejos penitenciarios más grandes de Panamá, podría convertirse en un centro de conocimiento, innovación y formación profesional.

Más aún cuando cuenta con dos importantes centros educativos: el Instituto Nacional de Agricultura y el Instituto Profesional y Técnico de Artes y Oficios. Una universidad pública moderna, un instituto tecnológico o un centro de capacitación técnica tendrían un impacto mucho más positivo en las futuras generaciones del interior del país.

Igualmente preocupante resulta el traslado de reclusos a Coiba. La isla posee un valor ecológico y científico extraordinario.

Es reconocida mundialmente por su biodiversidad y constituye uno de los patrimonios naturales más importantes de Panamá. Durante años, el país ha promovido este tesoro natural como un símbolo de conservación y orgullo nacional.

Convertir nuevamente a Coiba en un destino asociado con prisiones representa un mensaje equivocado. El país debería fortalecer su vocación ambiental, científica y turística, no retroceder hacia modelos que vinculen uno de sus mayores patrimonios naturales con el sistema penitenciario.

Las futuras generaciones merecen heredar una Coiba reconocida por sus investigaciones, sus ecosistemas y su riqueza natural, no por albergar reclusos. Por supuesto, nadie puede ignorar la necesidad de mantener el orden y garantizar la seguridad ciudadana.

Los delincuentes deben enfrentar las consecuencias de sus actos y las cárceles deben funcionar adecuadamente. Pero también es cierto que la seguridad no comienza en los muros de una prisión; comienza en las aulas de clase.

Cuando un niño tiene acceso a una educación de calidad, a actividades deportivas, culturales y tecnológicas, aumentan considerablemente sus oportunidades de construir un proyecto de vida positivo. Cuando un joven encuentra una universidad cercana, un centro de formación profesional o una beca para continuar sus estudios, disminuyen las posibilidades de que termine atrapado en el círculo de la violencia y la criminalidad.

Muchas comunidades todavía enfrentan limitaciones para acceder a educación superior sin tener que trasladarse a la capital. Invertir en centros educativos modernos permitiría formar profesionales, emprendedores, técnicos e innovadores que contribuyan al desarrollo económico y social de sus provincias.

Cada dólar destinado a la educación es una inversión que genera beneficios durante décadas. Cada aula construida representa una oportunidad para cambiar una vida.

Cada universidad abierta significa más conocimiento, más empleo y más esperanza. Panamá tiene ante sí una decisión importante.

Puede seguir destinando recursos principalmente a ampliar su sistema penitenciario o puede apostar por una estrategia más ambiciosa y transformadora: educar para prevenir. Las cárceles son necesarias, pero no deberían ser el proyecto que inspire el futuro de una nación.

Lo que verdaderamente transforma a un país son sus escuelas, sus universidades y las oportunidades que brinda a su gente. Porque, al final, la frase sigue siendo tan cierta hoy como hace más de un siglo: cuando una sociedad abre una escuela, comienza a cerrar las puertas de muchas cárceles.

El autor es trabajador independiente.