Defender y custodiar lo humano

Hace poco, dos actores globales lanzaron visiones contrapuestas sobre la relación de la humanidad con su flamante engendro: la inteligencia artificial (IA). Empecemos por el más reciente: el 4 de junio, Javier Milei publicó en el Financial Times el artículo “Argentina invita a la liberación de la IA”.
Su frase más reveladora no es económica, sino antropológica: propone una nueva figura jurídica, la “corporación no humana” —entidades operadas por agentes de IA o robots, amparadas por la responsabilidad limitada—, en la que los accionistas humanos “pueden participar, pero no son obligatorios”. Ese detalle es el corazón ideológico del proyecto: una inteligencia artificial sin regulación que aspira a prescindir de lo humano y choca de frente con la encíclica de León XIV.
Es exactamente lo que piensan tecnooligarcas como Elon Musk y Peter Thiel, admiradores del experimento libertario mileísta. La coincidencia no es casual.
Thiel —cofundador de Palantir, padrino financista del vicepresidente norteamericano J. D.
Vance y recientemente mudado a la Argentina— escribió en 2009 que había dejado de creer que la libertad y la democracia fueran compatibles; es el referente intelectual de la “ilustración oscura”, que aspira a gobernar los países como si fueran empresas. El politólogo Ariel Goldstein y el autor suizo-italiano Giuliano da Empoli describen ese “régimen tecnopolítico” en el que figuras periféricas —Bukele, Noboa y Milei— condensan el poder, y ven a la Argentina como su “territorio de experimentación”.
No han faltado reacciones entre los propios argentinos. El editor del diario Clarín, Ezequiel Burgo, lo leyó como un nuevo capítulo de la vieja tensión entre capitalismo y democracia: afirma que Milei argumenta “más como abogado que como economista” y, sobre todo, que cree que la democracia debe someterse a la velocidad de la tecnología o ser superada por formas más “eficientes” de gobernanza.
Por su parte, la dirigente Elisa Carrió lo advirtió con acento profético: la no regulación de la IA equivale a “la disolución de toda regla moral o jurídica” y al “totalitarismo privado de una corporación”. Su diagnóstico de fondo coincide con el del Papa: el poder concentrado, sin contrapeso ni responsabilidad, vacía la democracia.
Frente a ese horizonte se alza la voz de León XIV. Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, promulgada a mediados de mayo, es la antítesis exacta del proyecto de Milei.
Recuerda que los sistemas de IA son “cultivados” más que construidos, carecen de conciencia moral y de vínculo, y simulan empatía sin sentirla: no son sujetos morales. Por eso pide “desarmar la IA” —no rechazarla, sino impedir que domine lo humano— y exige responsabilidad identificable en toda la cadena de diseño y uso.
Donde el Papa reclama custodiar a la persona y atribuir siempre la responsabilidad a un ser humano, Milei diseña una estructura para operar sin humanos y blindar de responsabilidad a quienes están detrás. La “corporación no humana” es la inversión literal del principio de la encíclica.
En su imagen bíblica, Milei levanta la Torre de Babel —el poder que pretende alcanzar el cielo sacrificando la dignidad a la eficiencia—; León XIV convoca a la reconstrucción paciente, solidaria y comunitaria de Jerusalén. Y es que la democracia, antes que un procedimiento, es una afirmación: el poder pertenece a seres humanos iguales en dignidad y responsables ante sus pares.
Un capitalismo que aspira a prescindir de los humanos, que vuelve optativos a los accionistas y delega el juicio en sistemas opacos, no es apenas una desregulación: es una sustracción de lo humano y, por ello, de la democracia. Milei tituló su nota como una liberación.
Cabe preguntarle: ¿liberarse de qué y de quién? Si la respuesta es “de los seres humanos y de su gobierno”, no estamos ante una frontera de progreso, sino ante un viejo autoritarismo con ropaje nuevo.
Defender y custodiar lo humano: esa es, hoy, la tarea democrática. El autor es médico salubrista.
Información de La Prensa (Panamá). Edición y redacción: Noticias Today.
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