El profesor que elegía las lecturas obligatorias en lengua y literatura quizá no era consciente de la trascendencia de su decisión. Las clásicas, como el Lazarillo de Tormes, necesitaban leerse en voz alta y en compañía para no dejarse vencer por el sopor vespertino.

Las otras, como Sin noticias de Gurb, animaban a cenar en un santiamén y así ganar un poco más de tiempo antes de acostarse para seguir pasando páginas.Seguir leyendo