Fue leyendo las historias de Amelia Tiganus o entrevistando a Carol, que se construyó mi percepción de las mujeres en situación de prostitución. Sus testimonios, distintos, pero también idénticos, son como abrir una puerta a una realidad tan tenebrosa que casi parece salida de una película gore.

En la transformación del negocio de los cuerpos femeninos, las mujeres ya no están en la calle, las esconden en pisos. Ya no se exponen offline, lo hacen a través de las pantallas.No se puede hablar de explotación de los cuerpos de las mujeres sin incluir a las 'creadoras de contenido' digital.

Que, de forma similar, entran a ese negocio donde la mercancía es su propio cuerpo consumido a golpe de clic. Aunque no se hable en esos términos de este tipo de aplicaciones, sino de una manera más amable e inspiradora.De OnlyFans y otras plataformas que replican el modelo de negocio (compraventa de imágenes, vídeos o encuentros sexuales) hay un sinfín de mitos circulando: que si te vas a hacer millonaria, que si es dinero fácil, que si puedes dejarlo en cualquier momento porque tú eres tu propia jefa, que si es la manera de empoderarte porque lo haces todo porque quieres… El mensaje por excelencia es que tú tienes el dinero y el control.Pero la supuesta riqueza, que actúa como reclamo, nunca se corresponde a la expectativa.

Aun así no es raro que cuando hago un vídeo reflexionando sobre las tripas de este negocio enseguida me contesten -hombres, en su mayoría-, que de enriquecerse no se quejan. Mi respuesta es siempre la misma: si me pueden explicar por qué ellas no forman parte de las mayores fortunas del mundo.De media, según el último informe de Ofstats.net, las ganancias de una creadora media serían 131 dólares al mes una vez quitada la comisión de OnlyFans.

Y mantener el control es también una ficción. Una vez dentro, siendo un engranaje más de la rueda, la tela de araña va atrapando a las incautas asegurándose de dificultar su salida.El caso de la influencer Dai Hernández, quien ha hablado públicamente de lo que ha sido su paso por OnlyFans, es un ejemplo muy ilustrativo.

La youtuber de éxito en Argentina, una de las primeras en llegar al millón de suscriptores y que incluso llegó a entrevistar a Michelle Obama entró con esa idea de que su paso por la plataforma sería bajo sus normas: "Estoy seis meses y me voy".En una entrevista a Infobae comentó que trabajando en redes sociales, pasó de tener mucho trabajo "a no tener nada y tener que estar en OnlyFans". En el momento que se abrió la página azul, las marcas se desligaron y la plataforma quedó como su única fuente de ingresos, donde cada vez le pedían que mostrara más.

"Te puedes sacar fotos en lencería al principio, pero después te van empujando sutilmente cada vez a algo peor", explicó al medio.Como muchas otras, cayó en el discurso neoliberal de que la mejor forma de conseguir poder es dándole a otros el poder de desnudarte por dinero: "Me creí el mensaje de empoderamiento. Pensé que me iba a sentir mejor conmigo misma".

El problema es que, ante la incertidumbre económica, buscó una agencia de modelos de OnlyFans que le ayudara a aumentar sus ingresos y fue el comienzo de la pesadilla.Primero porque la agencia capitalizaba su contenido en otros países (sin su conocimiento ni consentimiento). También porque tuvo un acosador que le robaba objetos personales y los ponía a la venta.

Así que la realidad para Dai distaba mucho de una vida llena de lujos y comodidades: "Yo ganaba 200 dólares por mes. Para realmente ganar mucho tenés que hacer cosas cada vez más explícitas y exponerte más", contó en una entrevista.Y como para generar ingresos le pedían contenido que no quería producir, sufrió ataques de pánico, acoso digital y empezó a consumir alcohol para sobrellevar las transmisiones en vivo de OnlyFans.

Eso, en sus palabras: "Era como tener un arma en la cabeza, sentía que no podía salir. Me llevé tan al fondo que no quería vivir más de lo mal que me sentía".Aquel fue el comienzo de su depresión: "Hice algo que no quería y está por todo internet.

No le veía sentido a vivir y a todo lo que me estaba obligando a hacer y que creía que necesitaba hacer". La historia de Dai tiene final feliz, ha retomado su canal, ha escrito un libro contando estas vivencias y trata de concienciar con su experiencia, "para que otros no tengan que vivirlas".No deja de ser un ejemplo de cómo se puede torcer la vida, incluso viniendo de una situación de privilegio, en un marco donde muchas mujeres ven una manera de sobrevivir a unas condiciones cada vez más precarias, con el riesgo de los impactos psicológicos y con el precio de una huella digital indeleble.También deja una serie de preguntas que hay que hacerse.

¿Sigue siendo una elección libre si las alternativas de fuera desaparecen y se convierte en dependencia económica? ¿Es libertad de elección si participar, enseñar o acceder a lo indeseado, la presión constante de cruzar los límites, es lo que se exige?

Y ¿se puede hablar de libertad de elección si no se tiene consciencia de hasta qué punto los efectos de la exposición no solo serán muy duraderos, sino irreversibles?