Los últimos maestros campaneros de Castilla: "Nuestro producto dura 200 o 300 años, no tiene obsolescencia programada"

Manuel Quintana calcula que lleva unas tres décadas fabricando campanas. Desde que inició a trabajar en la empresa familiar, del taller ubicado en la población palentina de Saldaña han partido campanas a destinos tan diversos como la catedral de La Almudena de Madrid -donde se instalaron para la boda del actual rey de España- o hacia la ciudad más austral del mundo, Ushuaia, en Argentina.
No obstante, a día de hoy, a la que más cariño sigue teniendo es a su primera creación, fabricada cuando apenas tenía 26 años y cuyo destino final, curiosamente, desconoce."Nuestro producto dura 200 o 300 años, no fabricamos un producto con una obsolescencia programada", declara el maestro campanero palentino de 53 años desde el taller de una familia, los Quintana, que llevan fabricando campanas desde el siglo XVI. "El año 1555 es el primer registro del que tenemos constancia en el que un fundidor de campanas que lleva nuestro apellido funde una campana para una parroquia de la localidad de Borja, en Zaragoza".El de los Quintana, que luego de la jubilación del padre de Manuel corregenta él mismo junto a su hermano, es uno de la media docena de talleres especializados en campanas con fabricación propia relevantes en España.
Es prácticamente el único de Castilla y León, que durante siglos fue uno de los grandes territorios campaneros de la Península. En la actualidad, el sector es extremadamente reducido comparado con hace un siglo.
Muchas fundiciones desaparecieron con la industrialización y la electrificación de los campanarios en los años 60 y 70 y hoy sobreviven pocos talleres artesanales especializados.Durante siglos, el de campanero fue un trabajo itinerante. Los artesanos especializados viajaban por los pueblos atendiendo a las necesidades de una determinada comarca y elaboraban un horno en el sitio donde posteriormente se instalaría la campana, donde se fundía el bronce para fabricar la pieza.
A partir de la aparición del ferrocarril y especialmente luego de la Guerra Civil, el negocio sufrió una gran transformación.Las empresas se redujeron y se instalaron en talleres fijos desde donde se producían las campanas, que desde allí se transportaban a su destino final. En este contexto, en los años 50 del siglo pasado, el abuelo de Manuel Quintana se instaló definitivamente en Saldaña, Palencia.
A día de hoy y a pesar de las grandes transformaciones vividas por el sector, el conocimiento técnico sigue dependiendo mucho de transmisión oral y experiencia práctica"Este trabajo, lógicamente, no se aprende en ninguna facultad, ni en ninguna universidad. Este es un trabajo que se aprende porque te lo enseña un maestro que sabe hacerlo", explica Quintana.
En su caso, su maestro fue su propio padre y el oficio lo aprendió desde pequeño, cuando se pasaba horas "trasteando por la función y viendo cómo se trabajaba" y, posteriormente, ayudando durante los veranos mientras estudiaba en la universidad antes de regresar a casa."Siempre me llamó mucho y me pareció superatractivo el bronce, el metal fundido, el fuego… siempre es muy espectacular", declara el maestro campanero.Así se fabrica una campanaManuel Quintana se enfunda el casco con visera y se asoma al horno en llamas. Dentro, un crisol contiene el bronce que lleva cinco horas sometido a altas temperaturas que lo fundan y lo dejen listo para el vertido cuando esté a 1.050 grados centígrados.
Detrás de él, esperan cuatro moldes de campana de distinto tamaño. "Ya queda poco, cinco minutos", avisa el maestro campanero a los expectantes visitantes al taller, procedentes de un pueblo donde se adquirió una de las campanas de la empresa para instalarla en la iglesia local.
El asistente de Quintana pesa el cobre fosforoso, una aleación que sirve como desoxidante y afinador del metal, y Quintana lo echa en el crisol. Todo está listo, luego de semanas de fabricación del molde, para colar el bronce líquido que formará las campanas.El oficio conserva procesos prácticamente idénticos a los de hace cuatro siglos: moldes de barro, fundición de bronce y afinación artesanal.
Todo comienza con una plantilla que se diseña para obtener una nota musical. Esa plantilla, dibujada sobre una pieza de metal que se recorta con la forma final de la campana, servirá para fabricar un molde de materiales desechables sobre el que se vertirá, finalmente, el bronce fundido.
Ese es el momento más delicado de todo el proceso.Luego de enfriarse durante dos días, la campana recibe sus últimos tratamientos. Se ajusta su grosor mediante un lijado para que quede perfectamente afinada en la nota deseada y, finalmente, se cepilla y chorrea, dejando la campana lista para entregar.
En total, mes y medio de trabajo que se realiza íntegramente en el taller de Quintana y un proceso en el que han participado una decena de personas."En su naturaleza esencial el proceso no ha cambiado respecto a cómo se hacía tradicionalmente, salvo en que, antes, la fundición del bronce se hacía con un horno de leña y eso suponía que había que encender el horno desde el día anterior y estar 24 horas quemando leña y ahora se hace quemando gasoil y es mucho más versátil", explica Quintana luego de un paseo por la fundición poco antes de empezar la colada.De aquí salen campanas para uso naval y carillones musicales que pueden ir destinados a relojería monumental de edificios civiles, pero en torno al 80% de las entre 150 y 200 campanas que se producen cada año en el taller de los Quintana va destinada a edificios religiosos como iglesias, monasterios, conventos y catedrales. El precio del producto depende esencialmente de la cantidad de bronce necesaria para su fabricación y una campana media, de unos 250 kilogramos, tiene un coste aproximado de unos 5.000 euros.Cuando Manuel Quintana certifica que el bronce está finalmente listo, se apaga el horno y el metal líquido se vierte en una gran cuba que cuelga del techo y que se desplaza, una vez llena, hasta el lugar donde esperan los moldes de las campanas para ser rellenados.
El proceso lo realizan los dos hermanos y un operario tapado con una estrafalaria máscara para protegerse de las altísimas temperaturas y posibles salpicaduras, todo bajo la atenta mirada del pater familias, ya jubilado, que hoy ha venido con los visitantes a asistir al proceso. El vertido termina en unos minutos y ya solo queda esperar un par de días para extraer otras cuatro nuevas campanas de los Quintana."Nuestras campanas en España tienen ya la fama reconocida de ser las mejores.
Suena un poco chovinista que lo diga yo, pero bueno, es así", declara Manuel Quintana, que afirma que su gran competencia está en el extranjero. "En España, siempre hemos tenido ese sambenito de hacer campanas que no suenan bien, entonces, cuando vamos al extranjero, nuestra pelea siempre es esa, demostrar que nuestro producto está a la altura de cualquiera que se pueda fabricar en Alemania o en Italia o en Francia o en otro país europeo".Un pequeño taller burgalésEn un polígono en la periferia de Burgos, Ismael de la Iglesia, un burgalés de 37 años, está dando sus primeros pasos para fundar una nueva empresa de fabricación de campanas en la que fuera capital de Castilla.
Para formarse, de la Iglesia viajó hasta las costas del Cantábrico a ponerse a las órdenes del maestro cántabro Abel Portilla, también el último de una larga estirpe. Durante cuatro años, Portilla le enseñó las bases de un oficio que inició a desarrollar a pequeña escala desde 2022 de vuelta en su tierra natal."En 2016, encargué una campana al que sería mi maestro, Abel Portilla.
A raíz de este encuentro, él vio un interés en mí o un criterio que le gustó, le cuadró, y me propuso enseñarme el oficio y, más adelante, si quisiese o si llegásemos a un acuerdo, seguir con su empresa o, en este caso, con la mía", explica Ismael, desde su pequeño taller, rodeado de yugos, de campanas y de herramientas para trabajarlas.Con los recursos con los que cuenta, el burgalés está aún lejos de tener una capacidad de producción siquiera comparable a la del longevo negocio de los Quintana de Palencia o la de su propio mentor en Cantabria. Por el momento, se ha centrado en la fabricación de campanas pequeñas y en la reparación.
A pesar de que pueda parecer un sector con poca demanda, está consiguiendo hacer que el negocio sea rentable."Es verdad que la campana es un producto muy longevo, pero al final hay muchas campanas, aunque el nicho de mercado sea muy mínimo y concreto, pues tampoco es una cosa que sepamos hacer tanta gente", explica el campanero, que ha centrado su negocio en la reparación de las melenas, como se conoce al yugo de madera que se engarza con la pieza de bronce."La campana, si se trata bien y el bronce es bueno, dura muchos años, dura siglos. La melena tiene más deterioro, al final es la que sufre, es la que tiene los ejes.
La restauración yo no la entiendo como se cambia un yugo, se pone otro y punto. Yo quiero ir un poquitín más allá, recuperar la forma, las dimensiones, incluso las maderas que se utilizaban antiguamente, en este caso, en la zona de Burgos y del tercio norte de lo que fue la antigua Corona de Castilla, que era la madera de olmo y de roble".El lenguaje perdidoPero más allá de las artes de la fabricación y reparación de una campana, de la Iglesia ha atesorado un amplio conocimiento sobre el antiguo lenguaje de las campanas, que las personas utilizaban como un medio de comunicación fundamental en todo el mundo europeo preindustrial.
La Unesco declaró en 2022 el toque manual de campanas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad como forma de protección y reconocimiento de un lenguaje ya prácticamente desaparecido."El interés mío viene desde niño, desde muy chiquitín, pero no en hacer campanas o en arreglarlas, sino en tocarlas. El lenguaje de las campanas.
De chiquitín, tanto en la casa del pueblo de mi madre como de mi padre, la casa estaba cerca de la iglesia y mi colegio también. Siempre he tenido contacto con las campanas", recuerda Ismael.
"Mi padre también lo alimentó, porque a él también de chiquitín le gustaban las campanas, tenía el mismo comportamiento que yo. Según me contaba mi abuela, se marchaba y lo encontrabas debajo de un campanario de una iglesia mirando para arriba".Ismael de la Iglesia forma parte ahora del colectivo Campaneros de Burgos, que viaja por los pueblos de la provincia y más allá con un campanario portátil de dos campanas arrastrado como un remolque por un coche.
Con ellas enseñan o recuerdan a los vecinos los viejos toques que sonaron durante siglos en todos los campanarios castellanos: el volteo, el ángelus, los maitines, el tentenublo, la quema o uno de los pocos que aún pervive, el de difuntos."Vamos a un pueblo, se bajan unas patitas como las grúas para nivelar el remolque, se repica, se voltea, y se hace una muestra didáctica", explica el campanero. "De la misma forma que cuando va un grupo de danzas a bailar a un pueblo y enseñan distintas danza y cuentan que se bailaba por estas razones y tal, pues esto es igual.
Pervive, pero como tradición y cultura, básicamente".Cuéntanos tu historia: participa en Ciudadano20Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escríbenos a través del formulario de Ciudadano20 o mándame un correo a pablo.rodero@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.
Información de 20 Minutos. Edición y redacción: Noticias Today.
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