Las destrezas menos conocidas del célebre autor de Don Segundo Sombra
Este año se cumplen los 140 años del nacimiento de Ricardo Güiraldes, los 100 años de la aparición del libro y los 90 años de la muerte de Don Segundo Sombra. El año que viene se cumplirán los 100 años de su fallecimiento.
Es importante iluminar su figura, una personalidad destacada de nuestra cultura nacional. Cuando se cumplieron los 100 años de su nacimiento y los 50 años de la publicación de su obra máxima, abundaron los homenajes en suplementos literarios, en reportajes y en encuentros; se vertieron recuerdos de quienes tuvieron el placer de conocerlo y de disfrutar de su cálida amistad.Ricardo era hijo de Manuel José Güiraldes y de doña Dolores Goñi Coll.
Nació el 13 de febrero de 1886, en Corrientes 537, en la casa de su bisabuelo, el conocido coleccionista Manuel José de Guerrico, residencia porteña de lujosos objetos y ornamentaciones, casa donde se gestó la llegada del primer ferrocarril patrio. Se la conocía como el Club de los Pelucones por las figuras que allí se reunían; pudo llamarse también “la antesala del progreso”.
Se había convertido en hombre de confianza del general San Martín y administraba sus bienes en Francia cuando tuvo que alejarse del país (1839-1848).Cuando Ricardo tenía un año, su familia se instaló durante cuatro años en París. Empezó a leer en alemán y en francés; los libros en español le llegaron más tarde.
A su padre le gustaba que lo llamaran Intendente del Centenario (1908-1910). Le atraía el campo bonaerense; le había quedado como herencia la estancia La Porteña, comprada por su abuelo Manuel en San Antonio de Areco en 1823.
Fue un hombre de la ciudad y del campo. Se dedicó a mejorar el ganado y a la cría de caballos de silla.
Importó padrillos y yeguas de pura sangre de carrera y anglonormanda. También se dedicó a los lanares Romney Marsh.Ricardo vivió desde los 4 hasta los 10 años en la estancia La Porteña, educado por institutrices y por institutos religiosos y laicos.
Hizo largos viajes por el mundo y fue una figura de la bohemia parisina. Gran narrador criollo, decidió consagrarse a la literatura; lo emocionaban nuestra llanura y su arquetipo, el resero, presente en el libro que lo consagró como escritor: Don Segundo Sombra.
Nunca se despegó de las pampas, a pesar de los viajes. Los gauchos poblaron el mundo de su infancia y se instalaron en el centro de su producción literaria.
Su obra trató de captar la magnificencia de las pampas y el temple del gaucho como tesoros permanentes. En él convergieron dos influencias disímiles: por un lado, las corrientes europeas, principalmente las francesas; por otro, la atracción por una realidad bonaerense a la que estuvo ligado desde su infancia.
La Primera Guerra Mundial lo afectó y lo llevó a abrazar creencias religiosas orientales, frecuentando el pensamiento hindú. En 1913 se casó con Adelina del Carril, a quien había conocido en el taller de Alejandro Bustillo.La casa de los López Buchardo era visitada por Adelina y Ricardo y, cuando recibían celebridades de la música como Richard Strauss o Rubinstein, querían escuchar música folclórica.
Entonces Ricardo tomaba la guitarra y cantaba vidalas y vidalitas; lo hacía con una dicción lindísima y también bailaba las danzas con su esposa. Le sobraban talento y buen gusto; era un placer verlo.
Era muy espontáneo al cantar. También interpretaba valses franceses y le demostró a la sociedad francesa cómo se bailaba el tango.
Este eximio bailarín fue acreedor del tango ¡Bailate un tango, Ricardo!, con letra de Ulises Petit de Murat y música de Juan D’Arienzo.Don Francisco Colombo publicaba la revista Caras de Luján. Cuenta su hijo Osvaldo que su padre tenía una amistad entrañable con Manuel J.
Güiraldes y le contó que su hijo escribía “cosas”. Una vez vino Ricardo: “Aquí me tiene, don Francisco, hágame un cálculo por mil ejemplares”.
Su padre, que gustaba leer los originales, le expresó que debía publicar dos mil, y aceptó. Luego vino su padre y pagó toda la edición.
El libro Don Segundo Sombra salió de los talleres el 1° de junio de 1926. También se hicieron 30 ejemplares de lujo, sobre papel Miliani de Fabriano, numerados del I al XXX; el tercero fue para Leopoldo Lugones.
El libro tuvo buena crítica, a diferencia de los anteriores, que no habían alcanzado el éxito esperado. El reconocimiento fue inmediato, en tanto sorprendía la reticencia previa hacia un escritor original y con dotes reconocidas por figuras como Victoria Ocampo, Raúl González Tuñón y Roberto Arlt, entre otros.El artículo de Lugones en LA NACION, el 12 de septiembre de 1926, le dio un espaldarazo decisivo y lo consagró: “La novela pertenece a la familia de Facundo y del Martín Fierro… un libro hermoso y fuerte”.
No obstante, Güiraldes no pudo disfrutar demasiado del éxito, ya que falleció al año siguiente. Para muchos, la obra fue magistral y de aprobación general.Don Segundo Sombra había nacido en Coronda, Santa Fe, en 1852 o 1854; su vida simbolizó la de muchos reseros que atravesaban la soledad de la pampa.
Sus abuelos habían sido esclavos; el apellido Ramírez se lo había dado a su padre el patrón de la estancia donde trabajaba y a su madre le decían Sombra. Fue puestero en la estancia La Fe, de los Güiraldes.
Vestía casi siempre de negro; le gustaban el anís, las tabas y los naipes. Tuvo fama de hombre bueno, astuto y noble.
Murió el 20 de agosto de 1936. Un aromo de espinillo separa —o más bien une— la tumba del escritor y la del resero en el cementerio de Areco.
Fue analfabeto; este detalle engrandece su figura: nunca pudo leer la novela que le dio celebridad.Sus restos fueron repatriados desde Europa; de la estación Retiro salió un tren especial escoltado por 150 paisanos a lo largo de 120 kilómetros. Es el único caso en que el personaje entierra a su autor.
Otros centenares lo esperaban en Areco. Participaron autoridades, intelectuales y el pueblo entero, en una despedida que lo consagró definitivamente como símbolo cultural argentino.Hacia 1955 se colocó una placa en París, por iniciativa de Andrés Ezcurra Rozas, agregado cultural de la embajada, en el número 7 de la Rue Edmond Valentín, donde falleció.
La descubrió Manuel Mujica Láinez, en presencia de Eduardo Mallea, embajador argentino ante la Unesco, y Helena Muñoz Larreta de Mallea.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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