Hablar con Diego Luna es escuchar a alguien que entiende el cine como espacio de reunión. En tiempos de consumo solitario, pantallas personales y desconfianza compartida, él defiende la sala como un lugar donde todavía es posible estar con otros, escuchar una historia ajena y salir con una pregunta que no estaba ahí al entrar.

En esta charla abordamos cine, migración, familia, silencio, movimiento y comida como memoria cultural. También volvemos a una idea sencilla y difícil: que contar historias no sirve para resolver el mundo, pero sí para impedir que ciertas vidas sigan siendo invisibles. ​Hace tiempo hablamos sobre Estado de silencio y la importancia de proteger a los periodistas y defender la búsqueda de la verdad en México.

Ahora, Ceniza en la boca retrata a personas atrapadas dentro de sistemas más grandes. ¿Hay una conexión entre ambos proyectos?"Sin duda.

En el fondo, lo que hay detrás es la intención de hacer un cine que confronte, que genere discusión y que cuestione. Me interesa que el cine se convierta en un espacio de reflexión, algo que dialogue directamente con nuestra vida y con lo que sucede fuera de la sala.

A mí me gusta el cine que acompaña. Creo profundamente en las historias que permanecen contigo después de verlas, que siguen rondando tu cabeza y transformando poco a poco tu mirada.

Y muchas veces las historias más íntimas y personales son las que terminan resonando con más fuerza en el espectador. Ahí es donde una experiencia individual logra conectarse con problemáticas mucho más grandes.""Hoy hablar de migración es indispensable.

No hay manera de mantenerse al margen de ese tema porque atraviesa todo: la política, la economía, la identidad y también la manera en que nos relacionamos con los demás. Ceniza en la boca habla de quienes migran, pero también de quienes reciben.

Y todos, de un lado o del otro, podemos reconocernos ahí."¿Crees que el cine se ha convertido en un espacio poderoso para la reflexión social?"Sí, porque el cine llega desde otro lugar. Te acerca a historias e intimidades que, aunque parezcan lejanas, terminan reflejando algo de tu propia vida.

A veces, una historia situada en otro país, en otro idioma o en otro contexto termina diciéndote algo muy profundo sobre tu entorno y sobre ti mismo. Asimismo, el cine tiene algo muy especial cuando se vive colectivamente.

Ver una película en una sala, acompañado de otras personas, se convierte casi en un ritual. Y eso hoy empieza a ser cada vez más raro.

Vivimos un momento en el que gran parte de nuestras experiencias suceden en soledad: el consumo digital, las redes sociales, incluso la manera en que nos informamos."“El cine propone justamente lo contrario. Te invita a detenerte, escuchar y compartir emociones con desconocidos.

De pronto, te encuentras pensando algo que no habías pensado antes o escuchando una voz que normalmente no tendrías cerca. Y eso tiene muchísimo valor, porque la conversación no termina cuando acaba la película; muchas veces apenas empieza ahí”.Nos estamos volviendo socialmente más desconectados, ¿por eso historias como Ceniza en la boca resuenan tanto?"Todos estamos atravesando un momento muy complejo, en el que cada vez más personas necesitan desplazarse, abandonar sus lugares de origen y buscar oportunidades en otro lado.

Hay lugares que expulsan a la gente y realidades que obligan a empezar de nuevo en otro sitio. Y así como hay más personas migrando, también hay más personas recibiéndolas.

La forma en que reaccionamos frente a eso habla muchísimo de quiénes somos como sociedad.""Hoy muchos discursos de odio, racismo y clasismo nacen desde la ignorancia. Hay muchísimo miedo e incapacidad de acercarse a lo distinto.

Y creo que el cine puede funcionar como una herramienta muy poderosa para confrontarnos con esa ignorancia, para obligarnos a mirar aquello que normalmente preferimos ignorar o pasar de largo. Por eso también me parece importante que las nuevas generaciones sigan teniendo experiencias colectivas alrededor del cine.""Lo veo con mis hijos: quizá no es algo que forme parte de su rutina diaria, pero cuando entran a una sala y viven esa experiencia, algo ocurre.

Poco a poco empiezan a apropiarse de ese espacio, a entenderlo como algo emocionante, útil y profundamente humano."Has dedicado gran parte de tu carrera a contar historias sobre personas que la sociedad suele pasar por alto. ¿Qué te mantiene emocionalmente abierto a estas historias?"El cine que hago nace directamente de mis preocupaciones, de las conversaciones que necesito tener con otros.

Para mí, tiene que ver con compartir preguntas, inquietudes e ideas que llevan tiempo rondando mi cabeza."“Como director y productor, las historias que elijo representan aquello que me interesa explorar y discutir. Y aunque como actor muchas veces trabajas dentro de la visión de alguien más, siempre intento conectar con proyectos que tengan algo humano que decir. “Al final, el cine también es una manera de entender el mundo y de entenderte a ti mismo.

Por eso sigo regresando a historias que hablen de personas atravesadas por conflictos muy reales y profundamente humanos”.