Cuento - Vientre jamás divino (2)

Volví a soñar, pero ahora quien sangraba no era Herberto, sino yo. La verdad también es mi culpa, ¿cómo se me ocurre ir con la loca de la colonia para que me lea las cartas?
¿Qué me va a decir, si la vieja está sola y demente? Mejor me largo al convento.
Los padrecitos han de saber algo. Ya era de noche e iba con la esperanza de que alguien abriera.Golpeé la puerta lo más fuerte que pude, hasta parece que toqué por horas, aunque fueran segundos.
Salió un fraile. Platiqué un rato con él, me expresó que no me preocupara.
Si fuera como él, solo rezando y rezando sin tener que hacer algo también estaría calmada. Si no tuviera un chamaco en el vientre, también estaría así.
Si estuviera Heberto, también estaría así.Me expresó que podía pasar a la capilla, que me haría bien rezar. Entré y me empezó a doler el estómago.
Sentía que el niño pateaba, hasta pensé que se me iba a salir. Me aguanté y saqué mi rosario.
Duré un rato rezando hasta que escuché un crujido. Pregunté si había alguien ahí, pero nadie contestó.
Seguí rezando.Me paré y caminé hacia el altar, ya solo para persignarme e irme. Después de inclinarme, se abrió el sagrario.
Me acerqué para cerrarlo, pero escuché un susurro. Volteé y era el Cristo; tenía los ojos negros y inició a sangrar de las heridas.
No pude moverme, las piernas no me respondieron. Al instante, las ventanas se estrellaron y comenzaron a brotar sangre.
Corrí, dejando la iglesia atrás. La capilla inició a hundirse.Quise buscar al fraile, pero no había nadie.
Salí por el portón pequeño del convento y lo que vi me dejó perpleja: estaban todos, esperándome. Todos mis amigos, vecinos y hasta Herberto, formados a lo largo de la calle.
Ninguno tenía ojos. Una mano la tenían en el vientre, mientras con la otra apuntaban hacia el bebé.
Aunque fuera una multitud, hizo más compañía el silencio. No pude más y salí corriendo a mi casa.Al llegar, me encerré.
Sentía el corazón saliéndose del pecho, pero no podía hacer más que solo tirarme al piso. Al asomarme por la ventana pequeña me percaté de la soledad de la colonia.
Estoy loca, pensé. Nada había sido real, ¿no?
Volteé a ver al piso y me di cuenta de que se me había roto la fuente. Grité por ayuda, nadie contestó.
Absoluta soledad, bueno, estábamos solo tú y yo, niño maldito. Comencé a pujar, gritaba de dolor; no podía abrir los ojos, cubierta de lágrimas.
Sentí la cabeza del niño salir; cada centímetro del engendro me rasgaba por dentro. No podía volteara ver, sabría que me desmayaría ahí.
Después de una hora, salió el niño. Gritó y lloró igual que yo después de escuchar lo de Herberto.Cargué al niño.
Estaba lleno de la sangre que ya no reconocía como mía. Sé que ese niño me dejará al igual que todos, que tú, Herberto, que tú, maldita revolución.
Sus ojos eran como los de su padre. ¿Por qué sería culpable?
¿Qué pecado original atiendes, engendro? Ya las escucho, mentadas vecinas, sé que ya murmuran maldiciones pródigas.Ahora le pertenezco.
Soy suya, igual que Herberto, igual que los que vi ese día, igual que los frailes. Quisiera abrir mis ojos, pero no puedo ver, mis cuencas están solas.
¿Qué pecado estoy pagando? Ayúdame.
Ayúdame. Ayúdame.
Este vientre está maldito, y tú, quien sea que seas, quieres más. Hijo mío, ya no soy más que tu madre; descansas como crucifijo sobre mis piernas.
Que la Santísima Virgen me cubra con su manto; ella también engendró sin padre.
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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