Draco Rosa y las olas de la mitad del camino

Caminar se ha vuelto mi terapia y mi trinchera personal. En estos días en que el mundo parece fracturado en extremos irreconciliables, donde la conversación pública suele confundirse con hostilidad, busco refugio en un parque de Nueva Jersey.
Es verano, el verde de los árboles lo inunda todo y yo intento, a fuerza de respirar y andar, ganarle la partida a esa crisis existencial que algunos llaman “la de los 40”. En medio de ese silencio buscado, me llegó un disco como un viento fresco del sur.
Un parpadeo de paz en formato digital: ‘Olas de Luz’, el nuevo álbum de Draco Rosa. El regreso de un viejo refugio Escucharlo en este momento de mi vida fue un viaje de ida y vuelta.
Mi historia con Draco empezó hace años, en mi adolescencia, cuando la distorsión de ‘Vagabundo’ me explotó la cabeza. Fue el álbum que me arrastró definitivamente hacia el rock en español y me enseñó que un artista podía esconder verdades incómodas, texturas profundas y belleza oscura dentro de una canción.
Mucho tiempo después, la cabeza me volvió a estallar al enterarme de sus aparentes contradicciones: que aquel profeta de la oscuridad venía de las filas de Menudo y que también había sido una de las mentes detrás de grandes himnos del pop latino, como ‘María’, ‘La copa de la vida’ o ‘Livin’ la vida loca’, popularizados por Ricky Martin. Esa dualidad perfecta solo la habita un artista difícil de encasillar.
Por eso entrar en ‘Olas de Luz’ se sintió como volver a casa, pero a una casa que encontró calma después de la tormenta. No es el regreso del ruido.
Es el regreso de alguien que parece haber aprendido a hablar más bajo sin perder profundidad. Hay discos que no llegan para entretenernos, sino para ayudarnos a respirar.
Un disco para bajar la velocidad ‘Penumbra de sueños’, el tema que abre el álbum, funciona como una antesala emocional. No entra a empujones.
Abre una puerta. Desde ahí, el disco propone otra forma de escucha: menos ansiedad, más contemplación.
En medio de esa arquitectura sonora aparecen trompetas, atmósferas y silencios que me devolvieron, por momentos, a la memoria de ‘Vagabundo’. Como si un hilo invisible conectara al joven que fui con el hombre que hoy camina entre árboles intentando entender la mitad del camino.
El núcleo espiritual del álbum, al menos para mí, se sostiene en canciones como ‘Plegaria’, ‘La oración’ y ‘Llama eterna’. Son piezas de una intimidad evidente, pero no cerrada.
Tienen algo personal, sí, aunque permiten que el oyente entre con su propia historia. Eso no siempre ocurre.
Hay discos que se exhiben. Otros acompañan. ‘Olas de Luz’ pertenece a los segundos.
Música frente al ruido En tiempos de ansiedad colectiva, un álbum así tiene un valor especial. Su fuerza está en otro lugar: en permitir que cada instrumento respire, que la voz tenga espacio y que la emoción no llegue disfrazada de urgencia.
La producción musical es cuidadosa, pero no fría. Hay pulcritud, pero también humanidad.
Cada elemento parece estar donde debe estar, sin exceso de ornamentación ni deseo de demostrar más de la cuenta. Frente al ruido exterior, ‘Olas de Luz’ invita a mirar hacia adentro.
Y quizá por eso me encontró justo en un momento en que necesitaba menos respuestas y más aire. La luz en medio del camino No sé si la llamada crisis de los 40 existe como diagnóstico o como excusa elegante para reconocer que uno ya no puede correr igual de rápido.
Pero algo cambia. Uno empieza a preguntarse qué dejó atrás, qué sigue cargando y qué canciones todavía le sirven para caminar.
Draco Rosa, el eterno vagabundo, parece entender bien ese territorio. En ‘Olas de Luz’ no necesita gritar para ser escuchado.
Le basta encender una claridad íntima en mitad del camino. Hay discos que llegan para sonar en una fiesta.
Otros llegan para quedarse en silencio con uno. Este, al menos para mí, pertenece a esa segunda orilla.
Y en días donde todo parece empujarnos hacia el ruido, encontrar una ola de luz también puede ser una forma de seguir.
Información de El Comercio (Ecuador). Edición y redacción: Noticias Today.
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