Ante una sala colmada en el Centro Cultural Thames, Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) presentó Principio, medio, fin, la novela con la que se inaugura el catálogo en español de Feltrinelli. La escritora mexicana dialogó con Gabriela Cabezón Cámara sobre los orígenes del libro, los clásicos grecolatinos, la observación del mundo natural y las preguntas que atraviesan una historia nacida, según contó, de una conversación con su hija. “Parece un cumpleaños”, comentó Cabezón Cámara al comenzar el encuentro.

Entre el público se mezclaban escritores, editores, periodistas y lectores que habían acudido para escuchar a la autora de Desierto sonoro.“La Venus de Londres”: Sue Tilley y el arte de posar desnuda y valer millonesCabezón Cámara fue la encargada de abrir la conversación con una reflexión sobre la novela, a la que definió como una obra “inmensa” por su capacidad de entrelazar una historia íntima con preguntas que exceden largamente a sus personajes. La trama de Principio, medio, fin sigue a una madre y una hija que, luego de una ruptura familiar, viajan por Sicilia mientras volcanes entran en erupción.

Entre lecturas de Plinio, la Odisea y la Eneida, intentan reconstruir una vida cotidiana y vuelven sobre la historia de su bisabuela, Nanna, quien trabajó en excavaciones arqueológicas antes de emigrar a América.“¿Qué es una casa? ¿Qué es un principio, qué un medio, qué un fin?”, resumió la escritora argentina al describir algunas de las preguntas que recorren el libro.

También destacó la manera en que la novela desplaza el foco desde las historias humanas hacia una escala más amplia. “Vivimos como si el paisaje y la geografía fueran el telón de fondo frente al cual se desplegaran las historias humanas, pero lo cierto es que nuestras pequeñas historias no son sino el trasfondo de la tragicomedia mucho más vasta de la historia natural”, expresó.Luiselli explicó que el impulso inicial de la novela nació de una conversación con su hija. Durante una serie de noches en las que le leía mitos griegos antes de dormir (“una muy mala idea, no lo recomiendo si la idea es que concilien el sueño rápido”), la niña le hizo una pregunta que quedó resonando por mucho tiempo: por qué en los relatos de origen siempre hay algo que se parte en dos.“Pude responderle en ese momento qué significa dividirse en dos, una grieta que se abre, algo que se rompe.

Pero no pude ofrecerle una buena respuesta a la pregunta inmensa de por qué en los orígenes hay esto”, recordó. Esa inquietud terminó convirtiéndose en el motor del libro. “En los orígenes parece haber algo que se parte en dos mitades, tanto en una escala cosmogónica como en el cuerpo femenino que se tiene que partir en dos para parir una vida y luego en todas nuestras múltiples vueltas en la vida en que volvemos a empezar porque tuvimos una gran pérdida”.A lo largo de la conversación, la autora volvió una y otra vez sobre la idea de las escalas.

Contó que durante la escritura leyó un libro sobre las escalas y quedó fascinada por una observación: aunque una ballena y un ratón tienen ritmos cardíacos muy distintos, a lo largo de sus vidas sus corazones laten, aproximadamente, la misma cantidad de veces. Esa forma de pensar la relación entre dimensiones aparentemente inconmensurables también aparece en la novela, donde conviven volcanes, genealogías familiares, mitos de origen y escenas domésticas.Luiselli contó que esa reflexión sobre las escalas y las resonancias también estuvo atravesada por otro proyecto en el que trabaja desde hace varios años.

Se trata de Ecos de las Tierras Fronterizas, una pieza sonora desarrollada junto a un colectivo interdisciplinario que registra paisajes acústicos a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Durante ese proceso grabaron desde ballenas jorobadas en el Pacífico hasta desiertos, ríos y centros espaciales en Texas.“Ese proceso de escucha me ha realfabetizado el oído”, expresó.

Según contó, el trabajo de registrar sonidos, buscar repeticiones y detectar resonancias terminó influyendo en la forma misma de la novela, construida a partir de ecos, imágenes que regresan y preguntas que reaparecen desde distintos lugares. Esa estructura fragmentaria también estuvo vinculada a las dudas que acompañaron la escritura del libro.

Durante años, explicó, no supo si estaba escribiendo una novela o un ensayo. “Esto es un ensayo, clarísimamente”, pensaba algunos días. Al mes siguiente cambiaba de opinión. “Por supuesto que no.

Es una novela”. Finalmente decidió convivir con esa indecisión.La filosofía y los clásicos también ocuparon un lugar central en la conversación.

Luiselli bromeó incluso con que la novela funciona como “un ensayo contra Aristóteles”, en referencia a la clásica división entre principio, medio y fin formulada por el filósofo. Para la autora, el “medio” -ese espacio ambiguo que no es ni comienzo ni desenlace- merece una reflexión más profunda. “Dado que estamos en nuestras vidas casi todo el tiempo en este medio, merece un poquito más de atención”, remarcó.En ese punto, Cabezón Cámara destacó especialmente el modo en que la novela revisita la imagen de Eneas cargando a su padre mientras conduce a su hijo de la mano.

Donde la tradición leyó durante siglos una escena fundacional asociada al origen del Imperio romano, Luiselli propone otra mirada: una madre que lleva a su hija mientras sostiene a su propia madre. “Ahí emerge toda la humanidad de la imagen”, observó la escritora argentina.Hacia el final del encuentro, Luiselli habló sobre dos temas que atraviesan buena parte de su obra: la extranjería y las formas de mirar el mundo. A partir de una reflexión sobre la diferencia entre el turista y el extranjero que emigra -una figura que también aparece en la novela, como en Desierto sonoro- remarcó que este último conserva una atención particular hacia aquello que observa, una voluntad de comprender y pertenecer.

Esa idea la llevó a hablar de su regreso a releer y estudiar a los clásicos y, especialmente, a los filósofos presocráticos. “Fueron los primeros ojos de los que sabemos que documentaron el mundo”, expresó. Más que una búsqueda erudita, explicó, se trata de recuperar una forma de observación atenta. “Era una manera de recordar cómo ver, cómo observar”, concluyó.