Roblox: lo que debes saber del juego que captura la atención de los niños y que ha llegado hasta a las aulasNo todos los colegios inclusivos lo son: las pautas que debes seguir para elegir escuela si tu hijo tiene autismo¿Amor desmedido o desconexión total? Por qué algunas personas sufren tanto por los animales y otras parecen no afectarseDesde que se lanzó el álbum del Mundial 2026 el pasado 5 de mayo, hay una escena que se repite en todas partes: kioscos abarrotados de gente, niños revisando los sobres con impaciencia y adultos que, por un momento, vuelven a sentir la misma ilusión que tenían cuando eran pequeños.

Porque quien alguna vez intentó completar un álbum sabe que no se trata solo de una colección de figuritas, sino de una misión que combina emoción, perseverancia y la satisfacción de alcanzar una meta.MIRA: ¿Empiezas por el arroz o la pasta? Por qué el primer bocado del almuerzo define tus picos de azúcarSin embargo, detrás de esta fiebre mundialista hay algo más que entretenimiento y nostalgia.

Cada figurita que falta obliga a los niños a organizarse, recordar cuáles les quedan por conseguir y gestionar la frustración cuando la suerte no está de su lado. Cada intercambio los invita a negociar y relacionarse con otros.

Por eso, mientras buscan completar una página más del álbum, también practican habilidades sociales, emocionales y cognitivas que serán valiosas mucho más allá del fútbol. Quizás por eso el álbum del Mundial sigue cautivando a generaciones enteras: porque convierte el aprendizaje en una aventura que los niños viven con un entusiasmo genuino.¿Qué tiene el álbum del Mundial que obsesiona a tantos niños?Hay algo casi mágico en el momento en que un niño abre un sobre de figuritas.

Durante unos segundos, el mundo parece detenerse. La expectativa está puesta en encontrar esa imagen que falta, la estrella de su selección favorita o la figurita difícil que todos buscan en el recreo.

Aunque para los padres puede parecer un simple juego, para los niños el álbum representa algo más profundo.Gael Portillo, de ocho años, lo resumió con una sinceridad que explica buena parte del fenómeno: “Completar el álbum me haría sentir feliz porque sería la primera vez que logro terminar uno”. Detrás de esa ilusión hay algo que los especialistas consideran clave: la experiencia del logro.

Y es que no se trata solo de llenar espacios vacíos, sino de alcanzar una meta construida durante semanas o incluso meses.“La fuerza de esta actividad radica en que transforma una pasión infantil en una experiencia social concreta. Cada figurita repetida abre una conversación, una negociación o un intercambio.

Los niños aprenden a pedir, ofrecer, compartir y aceptar que no siempre obtendrán lo que quieren. También descubren cómo manejar pequeñas frustraciones cuando la figurita esperada no aparece y cómo celebrar cada avance cuando finalmente consiguen la que les faltaba”, explicó el psicólogo Diego Portillo, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) a Somos.Esa dimensión social se vive especialmente en los recreos, parques y reuniones familiares.

Allí aparecen códigos propios que los niños manejan con naturalidad: el “yala”, el “nola” o el “sila”, reglas informales que convierten cada intercambio en una oportunidad para conversar, llegar a acuerdos y relacionarse con otros. Como indicó Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional, alrededor de un álbum surgen dinámicas que ayudan a los niños a comprender mejor sus propias emociones y a conectar con los demás.Pero la fascinación también tiene una explicación desde el desarrollo cognitivo.

Según Jenny Adanaque, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur, coleccionar figuritas pone en marcha habilidades que forman parte del aprendizaje infantil. Los niños clasifican, ordenan, comparan colores y tamaños, ejercitan la memoria para recordar cuáles tienen y cuáles les faltan, y desarrollan la atención mientras buscan completar cada página.

Lo que parece un pasatiempo sencillo es, en realidad, un ejercicio constante de organización y resolución de pequeños desafíos. La emoción crece porque cada sobre es una posibilidad.

Conseguir una figurita difícil genera satisfacción inmediata, fortalece la motivación y alimenta el deseo de seguir buscando. Esa combinación de expectativa, recompensa y progreso convierte al álbum en una experiencia especialmente atractiva para la infancia.Y aunque muchos niños sueñan con mostrar el álbum completo a sus amigos, la motivación no suele estar en competir.

Por ejemplo, cuando Gael imagina decirles “no me lo vas a creer, completé el álbum”, en realidad habla de compartir una alegría, ya que los álbumes se convierten en historias que se construyen en grupo, donde cada intercambio, cada figurita encontrada y cada página terminada forman parte de una experiencia colectiva.Lo que los niños realmente aprenden cuando intercambian figuritasPara el psicólogo Héctor Lazo, de SANNA Clínica El Golf, el intercambio es un terreno fértil donde se ponen en marcha herramientas sociales y emocionales muy concretas. En esencia detrás del simple acto de buscar las figuritas faltantes, los niños están entrenando seis grandes habilidades:Aprender a negociar: Cuando un niño propone: “Yo te doy dos repetidas por tu Mbappé”, aprende a escuchar una contrapropuesta y a ceder algo para ganar.

Asimismo, argumentan sus posturas y entienden el arte de cooperar bajo un beneficio mutuo de forma natural. Fomentar la empatía y la inteligencia emocional: Intercambiar implica observar la mirada del otro y entender que sus necesidades también importan.

Los niños aprenden a leer ciertas señales sociales, como saber cuándo insistir y cuándo aceptar un “no”, así como también descubren cómo acercarse de manera respetuosa.Dominar la comunicación asertiva y el desacuerdo: Descubren cómo decir “no quiero cambiar esta” sin necesidad de pelear, o cómo retirarse de la mesa con total madurez si no se llega a un trato conveniente.Trabajar la paciencia y la tolerancia a la frustración: El álbum les enseña que no todo depende de la suerte inmediata. No siempre sale la figurita esperada, y esa espera es una lección invaluable en un mundo acostumbrado a lo instantáneo.Reforzar el valor del vínculo social: Un álbum difícilmente se completa en solitario, por lo que los pequeños descubren que necesitan de los demás y que pedir ayuda es parte del camino.

Desconectar para volver a conectar: En un mundo dominado por las pantallas, el álbum recupera las miradas, las risas y las conversaciones, por lo que se convierte en una excusa perfecta para disfrutar de momentos reales en familia y con amigos.El reto de la desigualdad y el rol de los padresSin embargo, estas dinámicas no siempre son perfectas. Es común ver contextos donde algunos niños tienen las posibilidades de comprar más sobres que otros.

Por lo que para evitar que el desánimo o la competencia desleal arruine el juego, —según Liliana Tuñoque —es importante recordarles que el valor de la experiencia no radica solo en quién tiene más o quién llena primero el álbum, sino en compartir y disfrutar ese proceso.En esa línea, Eder Bautista, psicólogo de la UARM indicó que, el rol ideal de los padres debe ser el de acompañar sin controlar en exceso. Una intervención demasiado rápida o autoritaria de los adultos puede cortar las alas de su autonomía social.

Lo ideal es supervisar para garantizar el respeto y la seguridad, pero dejando que los niños resuelvan sus propias transacciones.“Es necesario establecer reglas claras y saludables basadas en el respeto (como “no presionar al otro” y “respetar el derecho a decir que no”), en lugar de intentar controlar cada pequeño detalle. Incluso si un niño propone un intercambio que parece claramente injusto, es fundamental no etiquetarlo como “aprovechado”.

Es mucho más educativo invitarlo a reflexionar con una pregunta empática: “¿Cómo te sentirías tú si te hicieran ese cambio?”. Así, el sentido de justicia se construye desde adentro”, recalcó el especialista.

Pero, ¿qué pasa cuando la negociación se sale de control y aparece un conflicto? Lejos de intervenir con un castigo inmediato, el rol de los padres debe ser el de mediadores.

Para esos momentos de tensión, el psicólogo Diego Portillo recomendó seguir estos cinco pasos que enseñan a los niños a procesar el enojo y reparar el vínculo:Separar la conducta de la emoción: Validar lo que sienten diciendo algo como: “Veo que ambos están molestos”.Escuchar sin juzgar: Permitir que cada niño cuente su versión de la historia sin interrupciones.Reconstruir el hecho: Ayudarlos a recordar qué se había acordado inicialmente.Buscar soluciones conjuntas: Preguntarles directamente: “¿Qué solución les parece justa a ambos?”Cerrar el acuerdo: Guiarlos a ejecutar la solución, ya sea devolviendo las figuritas, rehaciendo el intercambio o decidiendo, con madurez, no realizar el cambio esta vez.La figurita que no aparece: cómo gestionar la frustración y el estrés infantilAunque coleccionar el álbum del Mundial es una aventura emocionante, tarde o temprano, llega el momento en que la figurita deseada no sale en ningún sobre o nadie quiere intercambiarla. Es ahí donde el juego se convierte en una verdadera lección de resiliencia para los niños.Para la psicóloga María Elena Ortiz, de la Universidad Católica San Pablo, la clave para los padres está en no minimizar lo que sienten los chicos. “Para un adulto puede ser solo un papel, pero para un niño no conseguir esa pieza luego de días de búsqueda es un motivo real de frustración.

En lugar de ignorarlo, se le debe ayudar a poner esa emoción en palabras con frases empáticas como: “Entiendo que te moleste, pero no pasa nada, ya aparecerá otra oportunidad”.Asimismo, en una época donde las pantallas han acostumbrado a los niños a la gratificación inmediata, el álbum los obliga en cierta manera a entender que las metas valiosas se alcanzan poco a poco. Si otro niño dice que “no” a un intercambio, es una excelente oportunidad para enseñarles que nadie está obligado a ceder y que aceptar una negativa es parte de la vida.Frente a este estancamiento, la especialista sugirió acompañar sin resolver el problema.

En lugar de correr a comprarles una caja entera de sobres para calmar el llanto, los padres pueden orientar la acción: “Entiendo tu decepción, pero revisemos qué repetidas tienes y planifiquemos con quién podrías cambiarlas mañana en el colegio”. Así, el niño aprende a buscar soluciones por sí mismo.Alertas rojas: cuando el juego deja de ser divertidoEl entusiasmo por coleccionar es positivo, pero los adultos deben vigilar el momento en que la emoción sana se transforma en una obsesión dañina.

Al respecto, Mary Castro, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, indicó que existen señales claras de alerta que demuestran que el juego dejó de ser divertido y pasó a ser una fuente de estrés para el menor:Irritabilidad excesiva: El niño ya no se emociona, sino que reacciona de manera desproporcionada o se enoja constantemente.Abandono de responsabilidades: Comienza a dejar de lado sus tareas escolares, rutinas o deberes por estar pensando únicamente en la colección.Ansiedad por comparación: El pequeño empieza a medir su propio valor o su estatus según la cantidad de figuritas que tiene frente a sus compañeros.Cuando aparecen estas conductas, Castro destacó que es necesario que los adultos intervengan para regular la actividad, poner límites saludables y ayudarlos a recuperar el equilibrio, recordándoles el sentido original del álbum: compartir, aprender y, sobre todo, divertirse.De la euforia al vacío: cómo gestionar el momento en que por fin llena el álbumFinalmente, llega el momento tan esperado: la última figurita encuentra su lugar y el álbum del Mundial 2026 se cierra por completo. Paradójicamente, la satisfacción absoluta suele venir acompañada de una extraña sensación de vacío o desgano en el niño, un silencio que inevitablemente despierta en el menor la pregunta: ¿Y ahora qué?En esa línea, Diego Portillo afirmó que este cierre es una oportunidad maravillosa para conversar sobre la gratificación diferida con los más pequeños, pues es el espacio ideal para hacerles ver que el verdadero disfrute no recae en el simple hecho de llenar los espacios vacíos, sino en las risas, las negociaciones con sus compañeros, los intercambios en los kioscos y todo lo vivido para llegar hasta allí.

Al final, como resaltó el experto, la gran lección que se llevan de este tipo de experiencias es que terminar una meta no es el fin del camino, sino el nacimiento de nuevas motivaciones.