La medicina veterinaria ha experimentado una metamorfosis de dimensiones asombrosas en las últimas cuatro décadas, especialmente en el área del diagnóstico por imagen. En los años ochenta, los centros dependían casi en exclusiva de radiografías analíticas fijas, reveladas en cuartos oscuros con químicos que requerían tiempo, precisión y paciencia.

Las primeras ecografías de aquella época mostraban pantallas granuladas, analógicas y con una resolución tan limitada que exigían un esfuerzo titánico de interpretación para los profesionales de la época.Con el cambio de siglo, la revolución digital transformó por completo las salas de exploración. La llegada de la alta definición, los avances en la lectura de los tejidos blandos y el Doppler en color permitieron pasar de las siluetas estáticas a observar la vida interior de los animales en movimiento y en tiempo real.

Hoy en día, la tecnología ha avanzado tanto que los ecógrafos portátiles ofrecen una nitidez que hace unas décadas parecía de ciencia ficción, consolidándose como una herramienta clínica imprescindible.En esta especialidad de constante evolución tecnológica se mueve Iván González, un veterinario que ha convertido los ultrasonidos en su principal seña de identidad profesional. Graduado y equipado con la acreditación avanzada GPCert US (General Practitioner Certificate in Ultrasound), Iván González trabaja como ecografista ambulante recorriendo el norte de España, dando soporte especializado a clínicas y hospitales de Asturias.Su rutina diaria rompe con el esquema del veterinario con una clínica fija.

Con su equipo portátil de alta gama a cuestas, Iván se desplaza constantemente para colaborar con multitud de compañeros, realizando estudios abdominales, ecocardiográficos, cervicales y torácicos directamente en las instalaciones donde el paciente pasa consulta. Esta labor de proximidad evita traslados innecesarios a animales delicados y democratiza el acceso a pruebas avanzadas de alta especialización.Curiosamente, el motor de su vocación tiene nombre propio y casi diecisiete años de historia.

Se trata de Chiqui, una perrita que encontró en un parque cuando él apenas tenía once años y que transformó por completo su manera de entender el vínculo con los animales. Chiqui no solo le impulsó a decantarse por la veterinaria frente a la medicina humana, sino que le ha acompañado fielmente en cada mudanza, etapa de formación y reto laboral hasta el día de hoy.En esta entrevista, Iván González analiza los entresijos de una especialidad donde se mezclan la tecnología de vanguardia, la capacidad de improvisación sobre el suelo de cualquier consulta y la delicada gestión psicológica de descubrir una patología grave en un milisegundo.

Asimismo, reivindica con firmeza el valor de la mano humana frente al avance imparable de la inteligencia artificial.Acerco una prueba avanzada a pacientes que quizá no tendrían acceso a ella de otra maneraLa tecnología nos ayudará a ser más precisos, pero no debería sustituir la parte humana de la profesión