Hay muertes que no requieren cementerios. A lo largo de la vida desaparecen versiones enteras de nosotros mismos: el niño que fuimos, las certezas que nos acompañaron durante años, las ambiciones que parecían indispensables, los temores que alguna vez gobernaron nuestras decisiones.

Rara vez advertimos esas desapariciones. Simplemente seguimos adelante, cargando una biografía que se reescribe en silencio.Las tradiciones espirituales suelen llamar ego a esa construcción que tomamos por nuestra identidad.

Hablan de vencerlo, trascenderlo o disolverlo. No obstante, pocas veces explican cómo se siente una de esas pequeñas muertes.Hace algunos días, tuve un sueño que aún me acompaña.

Viajaba en un autobús que descendía por una carretera de montaña. Desde la parte trasera, observaba cómo la vía se precipitaba hacia una curva imposible.

No había barreras de protección ni escapatoria visible. Sin saber cómo, comprendí que el accidente era inevitable.

Y sucedió.Lo extraño fue que no hubo estruendo, dolor ni miedo. Simplemente, me encontré caminando por una calle concurrida, entre personas que parecían ignorar por completo mi presencia.

Sabía, con absoluta certeza, que había muerto. No era una sospecha.

Era una evidencia.A mi alrededor, caminaban otros que parecían compartir la misma condición. Algunos hablaban del accidente.

Otros avanzaban en silencio. Todos nos dirigíamos hacia el lugar de la tragedia, como si necesitáramos confirmar aquello que ya sabíamos.Lo sorprendente fue que el descubrimiento de mi muerte no produjo angustia.

Al contrario. Conforme avanzaba, una sensación de ligereza inició a extenderse por todo mi ser.

Desaparecieron las preocupaciones, las urgencias y los innumerables asuntos con que solemos llenar nuestros días.Recuerdo especialmente la luz. Los paisajes parecían poseer una intensidad imposible.

Los colores, la brisa y la textura de las cosas se manifestaban con una nitidez que ningún estado de vigilia me ha permitido experimentar. Durante unos instantes, tuve la impresión de que la conciencia podía existir sin el peso habitual de una identidad.

Luego desperté. No obstante, el sueño no terminó allí.Al volver a dormirme, regresé a aquella condición de muerto, pero esta vez en escenarios comunes: mercados, calles y espacios cotidianos.

Fue entonces cuando apareció algo distinto. Algunas personas me observaban con horror.Mi primera interpretación fue sencilla: también estaban muertas y podían verme.

Después, surgió una idea más inquietante. Tal vez no me observaban con espanto porque compartieran mi condición, sino porque yo llevaba sobre mí las huellas del accidente.

Tal vez mi aspecto era el de alguien arrancado violentamente de la vida. Sentí entonces un temor que no había experimentado antes.

Quise buscar un espejo. No para comprobar si estaba muerto, sino para descubrir quién era.

O quien había quedado. Desperté antes de encontrarlo.

Durante buena parte del día siguiente, seguí pensando en aquella experiencia. No por su carácter sobrenatural –si es que lo tenía–, sino por la pregunta que dejó suspendida.

¿Y si la verdadera muerte que aparecía en el sueño no era la del cuerpo? La mayoría de nosotros pasa la vida construyendo una imagen de sí mismo.

Acumulamos recuerdos, logros, fracasos, prestigios, resentimientos, temores y deseos. Con el tiempo, llegamos a creer que somos precisamente esa acumulación.Pero basta una pérdida, una enfermedad, un fracaso, una revelación o incluso un sueño para que alguna de esas identidades se resquebraje.

Entonces, comprendemos que la persona sigue allí, aunque una de sus antiguas versiones haya desaparecido.No muere el cuerpo. Muere una imagen.

Tal vez por eso tantas tradiciones hablan de múltiples muertes antes de la muerte definitiva. No se refieren a la carne, sino a esas estructuras invisibles que sostienen nuestra idea de quiénes somos.Aquella noche no soñé con la muerte.

Soñé con una de las muchas muertes del ego. Y aunque no sé cuál de todos los que habitan en mí fue el que cayó, todavía conservo el recuerdo de la extraña libertad que quedó cuando, por un instante, desapareció.jagragave@gmail.comJosé González Ramírez es vecino de Belén, Heredia.