Hay dos maneras no convencionales de leer una economía, más allá del clásico PIB, IED, inflación y reducción de la pobreza. La primera: fijarse en cuánto cuesta una hamburguesa Big Mac.

La segunda: prestar atención a si hay un Starbucks en la esquina. Ninguna de las dos aparece en los manuales de macroeconomía.

Las dos, no obstante, capturan algo que las estadísticas oficiales tardan en registrar: el estado real del poder adquisitivo y del dinamismo urbano de un país. La coincidencia no es casual.

Ambos indicadores comparten la misma lógica: una marca estandarizada, presente en mercados distintos, actúa como espejo de la economía local. El precio que esa marca puede cobrar, o la decisión de instalarse en determinado barrio, revela información que ningún tipo de cambio oficial puede falsificar del todo.

El Índice Big Mac nació en 1986 como un experimento periodístico de The Economist. La idea era simple: si una Big Mac se fabrica con los mismos ingredientes y bajo los mismos estándares en casi todos los países del mundo, su precio debería ser el mismo en todas partes, ajustado por el tipo de cambio.

Cuando no lo es, la diferencia revela si una moneda está sobrevaluada o subvaluada frente al dólar. Hoy ese experimento es una referencia que usan economistas, bancos centrales e inversores.

Los datos para América Latina son reveladores: en enero de 2025, Argentina encabezaba el ranking regional con la Big Mac más cara, señal de una moneda sobrevaluada aún después de años de crisis. Uruguay seguía cerca, con precios que superan los promedios globales.

Brasil y México se ubicaban en torno a los 4 dólares, relativamente alineados con el bloque. Paraguay no figura en la lista oficial de The Economist, pero la metodología se puede aplicar igual.

Una Big Mac cuesta G. 28.000 en Asunción y US$ 5,79 en Nueva York. Si los precios fueran equivalentes en los dos mercados, el dólar debería valer G. 4.836, que es simplemente 28.000 dividido 5,79.

Pero el dólar cotiza hoy a G. 6.200. Esa diferencia entre lo que el dólar “debería” valer según la hamburguesa y lo que vale en el mercado real es la medida de la subvaluación: el guaraní está 22% más barato de lo que indica su paridad de poder de compra.

Dicho de otro modo, para el inversor extranjero, Paraguay sigue siendo un mercado barato en dólares, aunque menos que hace dos años, cuando el tipo de cambio superaba G. 7.300 y la brecha llegaba al 40%. Es una mejora significativa.

Hace menos de dos años, con el dólar por encima de G. 7.300, esa brecha superaba el 40%. La apreciación del guaraní en este período –de 7.300 a 6.200– redujo a la mitad la subvaluación que mostraba el índice.

Para el inversor extranjero, Paraguay sigue siendo barato en dólares. Pero ya no tan barato como antes.

Si el Big Mac mide lo que cuesta vivir, Starbucks mide lo que sobra para gastar en aspiración. Y esa diferencia es exactamente la que separa una economía en desarrollo de una economía madura.

El llamado Efecto Starbucks describe el fenómeno documentado en un libro escrito por los directivos de la inmobiliaria Zillow de EE.UU. en 2015: entre 1997 y 2014, las propiedades ubicadas a menos de 400 metros de un local de la cadena se valorizaron un 96% en EE.UU., frente al 65% del promedio nacional. La presencia de la marca funciona como una señal de mercado: los equipos de real estate de Starbucks son, posiblemente, algunos de los mejores analistas urbanos del mundo.

Antes de firmar un contrato de arrendamiento, procesan datos demográficos, tendencias de ingreso y proyecciones de crecimiento. Cuando eligen una esquina, están diciendo que ese barrio tiene despegue.

Pero el mismo mecanismo opera en sentido inverso cuando la marca se retira. En septiembre de 2025, Starbucks cerró más de 400 locales en EE.UU. y Canadá como parte de un plan de reestructuración.

Nueva York perdió 42 sucursales –el 12% de su red en la ciudad– y cedió el primer lugar en Manhattan a Dunkin’. Los Ángeles cerró más de 20, Chicago 15, San Francisco 7.

Las ciudades que más se beneficiaron del Efecto Starbucks encabezan hoy el mapa de cierres. Expertos en real estate advierten que el cierre de varios locales en un mismo corredor reduce el tráfico peatonal y erosiona el valor de las propiedades.

Cruzados, los dos indicadores cuentan una historia coherente. El Índice Big Mac dice que Paraguay tiene costos todavía bajos en dólares y una moneda que, pese a haberse apreciado, sigue subvaluada un 22%.

El Efecto Starbucks dice que el mercado global ya tomó nota: la cadena llegó en mayo de 2023 con una inversión inicial de US$ 2 millones y con planes de expansión. Esa combinación, moneda subvaluada, costos competitivos, clase media en formación y marcas premium llegando, es el perfil que los mercados inmobiliarios de alto rendimiento muestran en su etapa inicial.

Igual, no es garantía de nada. Ni el Big Mac ni Starbucks son instrumentos de política económica.

Son termómetros. Lo que miden es el resultado de decisiones previas: tipo de cambio, salarios, productividad, infraestructura, estabilidad institucional.

Un país puede tener la Big Mac más barata del continente y seguir siendo no alcanzable para sus propios ciudadanos. Puede tener Starbucks en tres shoppings y seguir con una clase media frágil.

La utilidad de estos índices no es reemplazar el análisis económico serio, sino hacerlo más legible. Cuando un inversor extranjero pregunta cómo está Paraguay, la respuesta técnica tiene diez páginas.

La respuesta informal es más corta: el guaraní se apreció, la Big Mac todavía sale un 22% más barata que en Nueva York, y Starbucks acaba de llegar apostando al largo plazo.