La Guaira bajo los escombros: el trabajo de los rescatistas chilenos que acudieron a la tragedia

A César Serrano todavía le cuesta responder hace cuántos días llegó a Venezuela. “Aquí los días parecen meses”, dice desde algún punto de La Guaira, donde la señal para comunicarse depende solo de puntos de internet satelital. La conversación avanza con silencios largos, como si incluso las palabras tuvieran que abrirse paso entre los escombros.
Hace apenas una semana trabajaba como jefe de Endoscopía en el Hospital Padre Hurtado, en San Bernardo. Atendía pacientes, coordinaba equipos y preparaba turnos en Santiago.
Después de partir al llamado provocado por los terremotos de 7,2 y 7,5 que hasta ahora ha cobrado más de 2.500 vidas, hoy duerme en campamentos improvisados junto a bomberos y paramédicos, excava edificios colapsados con una pala en la mano y pasa las tardes atendiendo heridos en un colegio transformado en refugio. No viajó enviado por el Estado chileno, tampoco por una ONG.
Compró un pasaje con su propio dinero apenas supo del terremoto que devastó la costa venezolana. Pidió permiso sin goce de sueldo, preparó una mochila con todo el equipamiento médico que pudo cargar y partió. “Me sentiría muy mal si no vengo a ayudar”, resume.
Serrano nació en Venezuela hace 40 años, pero lleva 15 viviendo en Chile. “Ahora soy más chileno que los porotos”, alcanza a bromear. Su madre ya falleció y no conserva familiares cercanos en el país.
Lo que lo hizo volver no fue una obligación familiar, sino algo menos tangible: el lugar donde nació. El viaje duró cerca de 17 horas.
De Santiago a Panamá, luego Valencia y finalmente La Guaira, porque el aeropuerto internacional de Maiquetía quedó inutilizado para vuelos luego de los sismos. Desde allí tomó un taxi y inició a escribir mensajes por redes sociales buscando incorporarse a algún equipo que estuviera trabajando en la zona cero.
La respuesta llegó desde un grupo de paramédicos motorizados conocidos como los Ángeles de la Autopista. Horas después ya estaba excavando y buscando sobrevivientes.
La primera lección que aprendió fue que, en una catástrofe de esta magnitud, los títulos profesionales desaparecen. “Médico”, “rescatista”, “paramédico” o “bombero” son categorías que duran poco cuando cientos de edificios han desaparecido y miles de personas siguen bajo toneladas de hormigón. Todos hacen de todo.
Serrano busca sobrevivientes cuando algún familiar asegura haber escuchado golpes bajo una losa. Luego atiende fracturas.
Después ayuda a trasladar pacientes. Más tarde vuelve a cavar.
Entre una tarea y otra intenta levantar una ambulancia de alta complejidad utilizando donaciones enviadas por médicos chilenos y venezolanos residentes en Chile. Descubrió que muchas ambulancias disponibles apenas sirven para transportar personas, ya que no cuentan con equipos para mantener una vía aérea, administrar oxígeno o estabilizar a pacientes críticos. “Los pacientes salen y no hay ni siquiera cómo darles oxígeno.
Estas ambulancias acá son como Uber, no están en condiciones de hacer un soporte de vía aérea ni nada”, explica. Por eso cada mascarilla, cada tanque de oxígeno y cada equipo que logró traer desde Santiago terminó siendo utilizado.
A cuatro kilómetros de allí, siguiendo la Av. Soublette que bordea el Caribe, otro grupo de chilenos vive una rutina distinta, aunque persigue exactamente el mismo objetivo.
En el estadio de béisbol Forum La Guaira funciona el campamento del equipo USAR de Bomberos de Chile, la única misión oficial enviada por el Estado. Su llegada marcó también el inicio de la coordinación internacional de los equipos especializados.
Por cumplir con los estándares de Naciones Unidas, asimismo de participar en los rescates, los bomberos chilenos instalaron la Unidad de Coordinación de Equipos USAR, el centro desde donde comenzaron a distribuirse las tareas entre las delegaciones extranjeras que fueron llegando a Venezuela. La diferencia con Serrano es evidente.
Ellos llegaron con logística propia, campamento, agua, alimentos, ingenieros estructurales y protocolos ensayados durante años. Serrano, en cambio, llegó con una mochila, pero el paisaje terminó siendo el mismo.
El médico Vincenzo Borgna ha participado en otras emergencias internacionales. Es urólogo, especialista en trasplante renal y oncología, investigador y, asimismo, integra el equipo chileno de rescate.
Pensó que ya había visto suficiente destrucción, pero se equivocó. “Lo que impacta aquí son las dimensiones”, dice. Había trabajado en catástrofes en Ecuador, donde predominaban hoteles pequeños y viviendas de baja altura.
En La Guaira, en cambio, encontró edificios de 20 pisos convertidos en montañas de concreto. Cuadras completas colapsadas.
Ni siquiera la experiencia sirve demasiado cuando el escenario cambia de escala. Porque los principios del rescate siguen siendo los mismos, pero las probabilidades comienzan a jugar en contra.
Las primeras horas pertenecen a vecinos, familiares y bomberos locales. Después llegan los equipos internacionales especializados en rescate.
Y con el paso de los días las posibilidades de encontrar sobrevivientes disminuyen de manera dramática. Aun así nadie deja de buscar, porque la estadística no rescata personas.
Ocho días después del terremoto sucedió uno de esos episodios que justifican seguir excavando. La esposa de Hernán Gil, Gusbimar González, estuvo desde el 25 de junio afuera del edificio en ruinas pidiendo que sacaran a su marido.
El domingo 28, los rescatistas le confirmaron que Gil estaba vivo después de que los perros detectaran señales de vida, y el lunes empezó el operativo para sacarlo. Después de 72 horas de trabajo, entre más de 100 brigadistas pudieron sacarlo.
Entre ellos estaban los bomberos chilenos. La operación obligó a romper hormigón, estabilizar estructuras y avanzar centímetro por centímetro para no provocar un nuevo derrumbe.
Finalmente, el jueves lograron sacar con vida a Hernán Gil, un hombre de 43 años que permanecía atrapado desde el día del terremoto y que se salvó porque quedó dentro de la caseta de guardia donde trabajaba. Borgna recuerda ese momento sin épica. “No es habitual”, admite.
La mayoría de las veces las señales desaparecen antes de llegar, o simplemente nunca aparecen. Por eso el rescate fue celebrado por equipos de distintos países.
No solo porque una persona sobrevivió, sino también porque confirmó que todavía era posible encontrar vida cuando muchos ya comenzaban a hablar exclusivamente de recuperación de cuerpos. Serrano conoce el otro lado de esa historia, que le ha ocurrido varias veces durante estos días de trabajo interminable.
Los perros marcan, el detector de respiración también. Se escuchan golpes, incluso voces.
Allí, entonces, comienza la carrera. Una madrugada prepararon todo para sacar con vida a dos personas.
La ambulancia esperaba y los equipos ya trabajaban sobre la estructura. Pero una réplica desplazó la losa y después vino el silencio. “Nos ha pasado cuatro o cinco veces”.
Hay imágenes que prefiere no describir, no porque quiera ocultarlas, sino porque teme que el horror termine desplazando el sentido de todo lo demás. Cuenta, por ejemplo, que durante una búsqueda introdujeron una cámara por una grieta de un edificio.
Al otro lado aparecieron decenas de niños fallecidos que participaban de una celebración infantil cuando sucedió el terremoto. Hace una pausa, respira y cambia inmediatamente de tema. “Lo mejor es mantenerse ocupado”, dice.
La frase se repite varias veces durante la conversación, casi como un mecanismo de defensa. Porque detenerse implica pensar, y pensar obliga a recordar.
En las tardes suele trasladarse hasta el Complejo Educativo República de Panamá. El establecimiento dejó de ser colegio hace días y ahora alberga a cientos de sobrevivientes.
Las salas de clases se transformaron en dormitorios colectivos. Los espacios se ordenan según afinidades: vecinos de un mismo edificio, amigos o personas que apenas se conocían antes del terremoto. “La gente perdió todo.
Hasta los documentos”, detalla desde la tragedia. Los baños son improvisados, la cocina también.
Allí Serrano atiende heridas, enfermedades respiratorias, infecciones y crisis de ansiedad. Aunque sospecha que el mayor problema todavía no aparece. “Va a hacer falta mucha ayuda psicológica”.
Habla de niños huérfanos, de padres que sobrevivieron mientras sus hijos no lo hicieron. Personas amputadas y familias completas que siguen esperando noticias de desaparecidos.
En un momento menciona a una niña que quedó completamente sola, aunque después pide no profundizar. No porque dude de la historia, sino porque todavía le cuesta entender cómo alguien puede empezar una nueva vida después de perder absolutamente todo.
Incluso, al hacer un breve recorrido por La Guaira se ven nombres escritos en las murallas de los inmuebles derrumbados. Son de las personas atrapadas allí, que esperan ser rescatadas o recuperadas para la tranquilidad de sus familias.
Mientras tanto, en el campamento chileno el desgaste también comienza a sentirse. Dormir de día dentro de carpas instaladas bajo temperaturas que superan los 30 grados se transformó en uno de los principales desafíos para quienes trabajan durante las noches.
Cada intervención requiere cálculos estructurales permanentes. Romper una losa significa debilitarla.
Un corte equivocado puede matar tanto al sobreviviente como al rescatista que intenta alcanzarlo. Por eso cada perforación es autorizada por ingenieros estructurales.
Cada movimiento se registra, cada edificio inspeccionado queda documentado. La improvisación no existe y la urgencia tampoco elimina el método.
Eso sí, las misiones internacionales tienen fecha de término. Los equipos USAR trabajan con autonomía logística para 10 días, y después deben regresar.
Aunque la emergencia no haya terminado. Esa es la lógica de la ayuda internacional: llegar rápido, intervenir y entregar luego el relevo.
Los bomberos chilenos regresaron a Santiago este sábado. El gobierno no tiene en sus planes, de momento, enviar otro grupo de rescatistas, aunque no descarta un nuevo contingente si Venezuela lo solicita formalmente.
Pero, por ahora, la fase comienza lentamente a cambiar. En el lenguaje de los rescatistas existe una diferencia que puede parecer apenas semántica, pero que define por completo una emergencia. “Rescate” significa sacar a alguien vivo.
Cuando ya no lo está, la operación recibe otro nombre: recuperación. Y nadie quiere que esa palabra termine imponiéndose.
César Serrano, en cambio, sigue allá, entre las ruinas de La Guaira. No sabe exactamente cuándo volverá, compró únicamente un pasaje de ida.
La última vez que habló con este diario estaba descargando medicamentos enviados desde Chile para abastecer el puesto médico del refugio República de Panamá. Nunca coincidió con el contingente oficial de Bomberos.
Ni siquiera sabía que acampaban a pocas cuadras de distancia. Durante días, ambos grupos compartieron la misma ciudad, las mismas réplicas y el mismo olor a concreto pulverizado sin llegar a cruzarse.
La tragedia en Venezuela, más allá de que unos llegaron representando al Estado y otros solo representándose a sí mismos, logró que todos terminaran haciendo exactamente lo mismo: escuchar, esperar y seguir cavando mientras esté la posibilidad de que debajo de una montaña de escombros todavía quede alguien que responda al otro lado del silencio.
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.