Hay una costumbre que deberíamos perder cuanto antes: enterarnos de que un emprendimiento existe el día que anuncia que va a cerrar. Es curioso.

Durante meses, incluso años, un pequeño restaurante, una panadería, una cafetería, una librería o un negocio de barrio intenta sostenerse en silencio. Abre todos los días.

Paga nómina. Compra insumos.

Resiste aumentos de servicios, impuestos y arriendos, más la incertidumbre de una economía que hace mucho dejó de ser amable con los pequeños empresarios. Pero casi nadie habla de ellos.Entonces llega el video por las redes.

El dueño aparece con los ojos aguados, la voz entrecortada y una frase ya demasiado frecuente: “Nos toca cerrar”. Y ahí si llegan miles de comentarios, cientos de compartidos y decenas de personas prometiendo que “este fin de semana sí iban a ir”.La pregunta incómoda es inevitable: ¿por qué esperamos a que alguien esté a punto de desaparecer para demostrarle que nos importa?Comprar local no es un acto de caridad.

Es una decisión económica, social y profundamente humana. Cada vez que elegimos el café del barrio en lugar de una cadena multinacional (me incluyo), el restaurante familiar antes que la franquicia, la tienda del vecino en vez de la plataforma que ni siquiera sabe nuestro nombre, estamos votando por el tipo de ciudad o país donde queremos vivir, porque el dinero nunca termina donde pagamos la cuenta.

Sigue caminando y generalmente, sostiene no a unos pocos, sino a todo su entorno. Paga el sueldo del cocinero.

Compra los cuadernos de un hijo. Permite que un productor siga sembrando.

Ayuda a sostener un empleo. Mantiene viva una esquina.

Hace posible que una comunidad siga respirando.Eso también es tejido social. Y, no obstante, muchas veces actuamos como si el precio fuera el único criterio que importa, y se nos sale el colombiano: ¿En cuánto me lo deja?

¿Por qué tan caro?Nos acostumbramos a pedir descuentos, a negociar el trabajo de quien apenas sobrevive, a pensar que pagar menos siempre es una victoria y, de pasada, sacamos pecho. Pero pocas veces nos preguntamos cuánto cuesta realmente producir un buen pan, servir un plato para unos robusto para otros muy poco; o abrir la puerta del negocio todos los días, con la esperanza de que entren suficientes clientes para llegar a fin de mes.Pagar lo justo también es una forma de respeto.

Lo mismo ocurre con el voz-a-voz. Invertimos horas compartiendo noticias que generan rabia, discusiones interminables en redes sociales o videos que olvidaremos en cinco minutos, pero rara vez dedicamos ese mismo esfuerzo a recomendar el negocio donde nos atendieron bien, un emprendimiento que hace las cosas con honestidad o al productor que trabaja con una calidad extraordinaria.El voz-a-voz sigue siendo una de las herramientas más poderosas que existen para un pequeño empresario.

No cuesta nada, pero vale muchísimo. Quizás sea el momento de revisar también en qué punto están nuestros amigos que emprendieron: los que abrieron ese restaurante con todos sus ahorros, los que montaron una panadería, los que hacen postres en casa, los que venden café y los que cocinan para eventos.

Hace rato que no les preguntamos cómo van a todos los que decidieron apostarle a un sueño en medio de una economía difícil. No sabemos si necesitan clientes, si requieren una recomendación, si están buscando proveedores, o simplemente alguien que vuelva a cruzar la puerta.

Creemos que apoyar consiste únicamente en comprar, y no siempre es así. También es recomendar, compartir, llevar a alguien, hablar bien pero, sobre todo, volver y ojalá como cliente frecuente.Entender que detrás de cada pequeño negocio hay personas, no algoritmos, nos permite entender que nuestra economía no atraviesa su mejor momento.

Eso lo sienten los empresarios grandes, pero especialmente quienes viven de vender almuerzos al día, unas cuantas cajas de pan o algunos cafés cada mañana.Esperar que aparezcan llorando en un video para reaccionar es llegar demasiado tarde. Tal vez la verdadera solidaridad no consiste en llenar un restaurante el fin de semana del cierre, sino ayudar a que nunca tenga que anunciarlo.Las ciudades también se fortalecen gracias a los pequeños negocios que crecen cuando los vecinos que vuelven, clientes que los recomiendan y comunidades que entienden que cada compra es una decisión sobre el futuro que quieren habitar.

Al final, comprar local nunca ha sido solamente una transacción. Es una forma silenciosa de decirle a alguien: quiero que sigas aquí.Último hervor: Venezuela no es una tendencia, no es una ayuda para figurar.

Venezuela necesita reconstrucción, confianza y colaboración. Increíble que el titular sea niños raptados o desaparecidos.

O personas muy “vivas” que dicen recoger fondos, los cuales desaparecen. Suficiente lidiar con el régimen, no se merecen lidiar con la bajeza humana. @madamepapita