“Fahmy transita entre la aversión al régimen y el disfrute de las licencias que le otorga codearse con altos mandos”: Melissa Mira Sánchez.CLEMENS BILAN / POOLCalificación cine opinión 3,5El cine como herramienta de poder y constructor o legitimador de imaginarios sociales y la dicotomía entre el ejercicio artístico autoral y la propaganda política son las tensiones que enmarcan Águilas de El Cairo, de Tarik Saleh, película que completa su trilogía atravesada por la realidad sociopolítica de Egipto junto a El Cairo confidencial (2017) y Conspiración en El Cairo (2022). George Fahmy, un actor en pleno auge de su carrera, acepta, luego de una serie de amenazas directas, representar al presidente de Abdelfatah El-Sisi en una superproducción oficial; el dilema moral de encarnar una figura con la que discrepa políticamente y toda la coerción alrededor de asumir el papel se entrecruzan con su inestable vida personal y con la posibilidad de obtener privilegios al ingresar a este círculo de poder.

La premisa que atraviesa el relato se mueve alrededor del cuestionamiento a la verdad versus el performance. ¿Cuáles son los límites entre la interpretación actoral y la construcción de un personaje en otras esferas?

¿Cómo puede el actor poner su voz y su cuerpo al servicio de un sistema que refuta? Fahmy transita entre la aversión al régimen que es ahora su empleador y el paradójico disfrute de las licencias que le otorga codearse con los altos mandos.

Esta caracterización contradictoria se extiende también a sus relaciones, y el protagonista atraviesa una especie de crisis de la mediana edad: involucrado en una relación con una mujer mucho menor que él, tratando de mantener la fachada social de su matrimonio y buscando reivindicar la ausencia en la vida de su hijo universitario, se presenta como un hombre que carga bajo la máscara del orgullo y el egoísmo unos intereses profundamente altruistas, lo que, por momentos, resulta maniqueo y aleccionador. El dramático descenso personal y profesional que atraviesa el protagonista conduce a un primer indicio de desequilibrio narrativo en el que los múltiples hilos de la intimidad parecen sobreponerse sobre el verdadero intríngulis estructural de la historia; no obstante, la destacada interpretación de Fares Fares parece levantar constantemente la trama que, aunque parece filmada sin un particular horizonte estético y más bien atendiendo a códigos foráneos del cine de género, consigue mantener el interés del espectador e incluso sorprenderlo con el punto de giro climático del filme.

En medio de escenarios exuberantes y ostentosos, la mirada de Saleh se concentra en la degradación moral que emana del poder, pero desentiende de la realidad social que ese gobierno autoritario provoca y la relega a un fuera de campo anecdótico. Esta decisión deriva en una nueva contradicción: al pretender denunciar la cooptación de las artes como herramienta de legitimación estatal, la película reproduce esquemas habituales del thriller que despojan a la denuncia de la fuerza que le daría su arraigo al contexto particular que pretende retratar.

No obstante, la película acierta al cuestionar las formas en las que la historia oficial elabora sus ficciones y a la figura del actor como un instrumento maleable de acuerdo con intereses externos, dejando así de manifiesto el indudable carácter político que reside en las presencias y ausencias de la creación artística.