Las organizaciones cada vez más se llenan de siglas: ESG, ODS, COP, GRI. Los compromisos se acumulan y los informes de sustentabilidad se imprimen a todo color.

Pero cuando alguien pregunta cuánto se redujo la huella de carbono o cuántas proveedoras mujeres se incorporaron este año, el silencio suele ser la respuesta. Cristina Cano, directora ejecutiva del Pacto Global Paraguay, empuja exactamente ese cambio de eje: dejar de hablar de sostenibilidad y empezar a medirla. “La evidencia aparece cuando la sostenibilidad deja de ser una acción periférica y se integra a la forma en que la empresa opera”.

El primer paso para salir del discurso, según Cano, no es contratar un consultor ni publicar un reporte. Es construir una arquitectura interna: políticas formalizadas, objetivos con plazos y métricas de seguimiento que permitan ver si la empresa avanza o solo anuncia.

Esto implica definir indicadores propios para cada pilar ESG: consumo de energía por tonelada producida, rotación de personal desagregada por género, porcentaje del directorio con funciones de supervisión de riesgos ambientales. Sin esa base de datos interna, cualquier reporte es marketing, no gestión.

A través de la Comunicación de Progreso (COP), el mecanismo de rendición de cuentas del Pacto Global, las empresas miembro reportan anualmente sus avances en cuatro ejes: derechos humanos, estándares laborales, medioambiente y anticorrupción. El proceso obliga a las organizaciones a identificar brechas reales y establecer metas concretas para el ciclo siguiente.

Una de las trampas más frecuentes en la gestión ESG es pensar que el alcance termina en la puerta de la empresa. Hoy, los mercados internacionales y los fondos de inversión evalúan la sostenibilidad de toda la cadena de suministro: qué hacen los proveedores, cómo operan los aliados logísticos, bajo qué condiciones trabajan los productores en el campo.

El programa SPARK, impulsado por el Pacto Global Paraguay, apunta justamente a ese eslabón débil: capacitar a pequeñas y medianas empresas proveedoras en criterios ambientales, sociales y de gobernanza. El objetivo es construir cadenas más resilientes y preparadas para cumplir con las exigencias de debida diligencia que ya son obligatorias en mercados europeos.

La pregunta del empresario pragmático sigue siendo la misma: ¿y esto para qué sirve? Las inversiones ESG bien ejecutadas generan retornos tangibles: reducción de costos operativos por eficiencia energética y gestión de residuos, menor exposición a riesgos regulatorios y reputacionales, y acceso diferencial a líneas de financiamiento ligadas a criterios de sostenibilidad que ya ofrecen varios bancos locales e internacionales.

A eso se suma la capacidad de atraer y retener talento en un mercado laboral donde los jóvenes profesionales priorizan cada vez más el propósito y la cultura organizacional al elegir dónde trabajar. La contracara de este auge es el greenwashing: empresas que comunican compromisos ambientales o sociales sin ningún respaldo verificable.

El daño reputacional cuando eso se expone es proporcional a la exposición mediática que tuvo el anuncio original. Para Cano, la vacuna es simple pero exigente: datos, indicadores, metas y resultados públicos.

No la campaña de comunicación, sino el reporte auditado. No la foto de la plantación de árboles, sino el seguimiento a cinco años de la tasa de supervivencia. “ESG no se trata de cómo una empresa se muestra, sino de cómo decide, opera y genera valor sostenible en el largo plazo”, sostiene Cano.

La sostenibilidad ya entró en la agenda de directorios en Paraguay. El siguiente paso, el más difícil, es que salga de las presentaciones y aterrice en los sistemas de gestión, en los presupuestos y en los KPI que el gerente revisa cada lunes.