“Quisiera que esta sociedad dejara de buscar excusas para odiarse y para catalogar a las demás personas como enemigas”: Blanca Inés Durán.Cristian Garavito / El EspectadorNuestra nación ha estado dividida prácticamente desde su nacimiento como república. El relato de nuestra historia se ha construido sobre binarismos irreconciliables: primero entre criollos y realistas, luego entre centralistas y federalistas, bolivarianos y santandereanos, liberales y conservadores, y más recientemente entre guerrillas y paramilitares.

Hoy, esa misma inercia nos arrastra a una polarización asfixiante entre izquierda y derecha. Pareciera que en este territorio casi nunca se permite la existencia de la diversidad, a pesar de que en ella radica nuestra mayor riqueza y nuestro máximo potencial de crecimiento, aprendizaje y reconciliación.

Nos han enseñado a temerle a la diferencia en lugar de abrazarla. Luego de los recientes resultados electorales, la fractura social se hizo tan evidente y violenta que muchas personas compartimos un miedo profundo: el temor a que la diversidad sea eliminada de la agenda pública y que los discursos de odio ganen terreno.

Quizás por eso, la Marcha del Orgullo LGBT del pasado domingo en Bogotá fue tan masiva y conmovedora. No fue solo una fiesta; fue un acto de resistencia colectiva.

Quienes salimos a las calles lo hicimos porque no queremos que nos borren en medio de la división; no estamos dispuestos a desaparecer otra vez del mapa de los derechos fundamentales, después de tantos años de lucha, activismo y vidas entregadas a esta causa. Me duele profundamente ver que el país insista en que solo tenemos dos opciones excluyentes, obligándonos a elegir un bando como si la realidad se pudiera reducir a un partido de fútbol.

¿Cómo es posible que pretendan que estemos de un lado o del otro cuando hay tanto por reconocer y valorar en los matices? Con la Constitución de 1991, este territorio pareció despertar de un largo letargo: aparecieron con fuerza jurídica y social las diversidades.

Las comunidades indígenas, afrodescendientes, las personas LGBT y las personas con discapacidad reclamamos nuestro lugar en la historia. En ese momento histórico, sentimos que el país había madurado, que por fin podíamos ver más allá del blanco y negro tradicionales para empezar a contemplar el arcoíris de nuestra propia composición social.

Esa apertura se profundizó años después. Con la firma del Acuerdo de Paz, el mapa nacional se amplió en nuestras mentes y corazones.

Comenzamos a mirar hacia aquellas regiones históricamente olvidadas por el centralismo; descubrimos la inmensidad de los Llanos, la complejidad de la Amazonía y la riqueza del Pacífico. Sentimos, por primera vez, que la totalidad del territorio nos pertenecía y que la paz era el escenario idóneo para encontrarnos desde nuestras diferencias.

No obstante, el panorama actual amenaza con hacernos retroceder. Quienes tienen el poder y dinamizan las redes sociales nos quieren obligar, nuevamente, a ponernos las gafas del blanco y el negro.

El mensaje implícito es tan peligroso como simplista: eres amiga o enemiga, eres de los nuestros o de los otros, estás conmigo o estás contra mí. Ante esa rigidez mental, la movilización de las ciudadanías diversas se levanta como una respuesta política fundamental.

La marcha LGBT es color, es alegría, es disidencia pacífica y, sobre todo, es la oportunidad perfecta para recordarle a la sociedad que la vida real no cabe en sus moldes binarios. No somos blanco y negro; somos una multiplicidad de tonos que enriquecen el tejido social.

Quisiera que esta sociedad dejara de buscar excusas para odiarse y para catalogar a las demás personas como enemigas a muerte. El verdadero desafío que enfrentamos no es ganar la próxima elección, sino responder una pregunta mucho más estructural: ¿cómo logramos que este país aprenda a tramitar sus conflictos sin destruirse?

Quizás la respuesta empiece por transformar nuestra mirada colectiva. La solución radica en lograr que la diversidad deje de ser vista como una amenaza a la seguridad o a la tradición, y comience a ser asumida, de una vez por todas, como nuestra mayor ventaja competitiva y nuestra verdadera riqueza cultural.

La unidad no se logra homogeneizando a la ciudadanía, sino garantizando que cada color del arcoíris tenga un lugar seguro donde brillar.