FLORESTA.— Antonio Pujía lleva a la arcilla la figura de Norma Fontenla. Corren los años 60 y el escultor inmortaliza el carácter y la presencia que la distinguen como primera bailarina del Teatro Colón, ajenos ambos al destino fatal que marcaría al mundo de la danza luego de la muerte de la artista en el accidente aéreo del 10 de octubre de 1971.

Aquel retrato monumental tallado a escala natural permanece como un homenaje eterno en la casona de Floresta donde el escultor, fallecido en 2018, tuvo su taller. El espacio fue reabierto recientemente como museo dedicado a su universo creativo.La obra se exhibe dentro de la muestra permanente El latido de mi corazón, título que Pujía dio a una de sus exposiciones, y puede visitarse con reserva previa en Espacio simple, el atelier, nombre dado al inmueble, en la calle Chivilcoy 452.Bocetos en yeso, arcilla y cemento, esculturas en piedra y en metal, pequeñas joyas de plata, dibujos y fotografías conviven en el lugar junto a la obra dedicada a la gran estrella de la danza argentina.

Por sus dimensiones, la pieza no se ha movido de su emplazamiento, y hoy se resignifica como un símbolo de la amistad que unió al maestro con la estrella del ballet. El vínculo del artista con la danza nace a mediados de los años 50, cuando Pujía trabajaba como ayudante de su maestro, José Fioravanti, y el escenógrafo Héctor Basaldúa, director de escenografía del Teatro Colón.

Fioravanti anima a su discípulo a presentarse para formar un taller de escultura escenográfica. “Luego de resultar elegido, Antonio funda el taller, que no existía, y pasa a dirigirlo”, cuenta Sandro Pujía, hijo del artista. En aquella etapa decisiva, el escultor crea desde esfinges para montajes de la ópera Aida hasta figuras monumentales para Don Giovanni, con materiales efímeros como la cartapesta, capas de papel encolado que simulaban la piedra, la madera o el bronce.El Colón transformó profundamente la sensibilidad artística de Pujía. “Tomó contacto con la música orquestal y con la danza, convirtiéndose en un melómano y delicado gustador de Terpsícore”, señala la familia.

El escultor aprovechaba las pausas en su trabajo para observar a las bailarinas ensayar en la mítica Rotonda y dibujar los cuerpos en movimiento. De esas jornadas surgieron cientos de bocetos en carbonilla y grafito que alimentaron gran parte de su obra, convirtiéndose en estudios fundamentales para muchas de sus esculturas futuras.Es por aquellos años cuando Pujía decide realizar un retrato a gran escala de la estrella del ballet, pieza emblemática de su producción, que modeló entre 1965 y 1966 en su antiguo taller de la Avenida Rivadavia al 6000.

La escultura, que dialoga con el cubismo, marcó un punto de inflexión en su producción: buscaba expresar el cuerpo humano a través de planos y volúmenes estilizados incorporando otras artes y cada vez más referencias a la música y la danza. Una fotografía del reconocido artista Humberto Rivas -que ilustró el catálogo de la exposición que Pujía llevó a cabo en la Galería Witcomb en 1966, donde se exhibió la pieza dedicada a la bailarina- inmortalizó el momento en que el escultor trabaja la arcilla.

La Fontenla, nombre que dio a la obra, fue modelada junto a dos versiones de menor tamaño y luego vaciada en cemento para generar la primera copia, que es la que hoy se expone en el museo atelier. Posteriormente, hizo fundir otras dos copias en bronce mediante la milenaria técnica de la cera perdida: una fue adquirida por un coleccionista en Miami y la otra destinada al foyer del Teatro Colón.En Floresta, La Fontenla recibe a los visitantes en el ingreso a la sala.

La talla resume aquella “pose clásica y gesto desafiante con la autoridad y el aplomo que definían a Norma como bailarina estrella”, suma el hijo del escultor. En el lugar también se organizan actividades culturales.La exposición El latido de mi corazón puede visitarse los martes y jueves, de 18 a 20, con entrada gratuita y reserva previa. “Sabíamos que teníamos una casa con historia y un protagonista indiscutible, pero también que necesitábamos imprimirle colores nuevos”, explica Julieta Samamé, gestora del espacio.

Para la familia del escultor, la reapertura del atelier tiene una dimensión divulgativa y emocional. “La relación de amor que construimos con mi padre no se detiene: se transforma y encuentra nuevas formas de manifestarse; que su obra vuelva a habitar su lugar de origen abre una posibilidad significativa: no solo preserva una memoria, sino que la proyecta hacia el presente”, resalta su hijo.