Manatí amazónico: la historia del centro de rescate que ha salvado 70 vacas marinas en el Perú

Los 50 años de Costanera 700, el mítico restaurante que equilibra tradición y renovaciónLa receta de mi abuela: conoce la nueva categoría de los Premios Somos en la que celebramos las recetas familiaresEl 29 de noviembre de 2007, el biólogo Juan Sánchez Babilonia decidió que Suramérica debía vivir. Sudamérica, la manatí, tenía nueve meses y nadie sabía cómo cuidarla.
Junto con Javier Velásquez y Carlos Perea pasó horas buscando respuestas y leyendo libros sobre vida marina. Aquella tarde nació una idea que terminaría convertida en lema: rescatar, rehabilitar y liberar.
La joven vaca marina, en cuyo pecho estaba dibujada la geografía de este lado del continente, solo sería el comienzo, la primera de 70 manatíes que pasaron por el Centro de Rescate Amazónico (CREA).LEE MÁS: El libro que revela la verdadera historia de Los Prisioneros en el Perú: de las pedradas en Acho al incendio de UtopíaSuramérica fue liberada un año después —fecha aproximada de su reintegración al hábitat— y, al poco tiempo, se convirtió en madre. Al ser animales solitarios, los manatíes desarrollan un vínculo muy fuerte con sus crías, con las que permanecen casi dos años.
Durante ese tiempo aprenden rutas de alimentación, técnicas de supervivencia y a salir a la superficie para respirar cada 20 minutos, pero no a salvarse de los actos humanos.Los principales motivos por los que hoy es una especie en peligro de extinción fueron la caza indiscriminada, la domesticación y la asfixia o sacrificio al caer accidentalmente en redes de pesca. El mayor logro de tantos años de trabajo, presume el biólogo, ha sido conseguir que, desde 2017, ya no se reporten casos de tráfico de manatíes en Iquitos. “Ahora los rescatamos en zonas alejadas, casi en la frontera con Colombia o Brasil”.
Es decir, varios días en barco, no menos de doce horas en deslizador o una hora en avión.Tiempos diferentesDe 1935 a 1954 se sacrificaban entre 4.000 y 7.000 manatíes por año en toda la Amazonía para utilizar su carne como alimento y su piel para obtener cuero, empleado en la manufactura de correas para maquinaria. Prácticas que hoy son ilegales gracias a la Ley de Protección y Bienestar Animal.
No obstante, todavía hay comunidades en las riberas del Amazonas que los cazan para su consumo y, de vez en cuando, aparecen cazadores oportunistas, de los cuales dos se encuentran judicializados y a la espera de una sentencia no mayor a tres años.Lee más: El otoño del patriarca: ¿cómo la figura paterna ha ido evolucionando con el tiempo?“Uno de ellos tenía al manatí amarrado de la cola a una estaca, así era la imagen —nos cuenta el biólogo—. El sujeto lo vendía por Facebook Marketplace.
También hay quienes los capturan como trofeos, usan sus restos para jugar fútbol o piensan que son como perros —prosigue Sánchez—. Cuando llegan por esto último, lo hacen con desnutrición extrema; ahí solo podemos darles calidad de vida.
Es casi imposible salvar a un animal que llega con 40 kilos, cuando en la adultez pueden superar una tonelada”.A la defensa se suman los Yacu Tayta —o Padre del Agua—, quienes antaño fueron cazadores en la Reserva Nacional Pacaya-Samiria y que ahora utilizan ese título para denominarse defensores del agua, velando por la seguridad de varias especies, entre ellas los manatíes, que tienen, según teorías evolutivas, más de elefantes que de paiches.A la venta“Solo la educación ambiental nos podrá salvar —enfatiza Sánchez—. De esa forma garantizamos que en el futuro las nuevas generaciones sean mejores que nosotros”.
Gran parte de esa salvación también se encuentra en la modernización. Con la introducción de productos sintéticos en el mercado, la industria del cuero de manatí se redujo considerablemente y, con la llegada del aceite de girasol, su grasa —utilizada como una manteca de gran valor— perdió vigencia en la vida de las comunidades.LEE MÁS: ¿Por qué el mundo no deja envejecer en paz a las mujeres?
La presión cultural y digital por parecer siempre jóvenesAntes de la intervención del CREA y de los procesos judiciales, el mercado de Belén comerciaba abiertamente con carne de manatí. “Pocos te entienden si lo llamas así; diles vaca marina”, nos corrige un comerciante de la calle 16 de Julio. Dato que corrobora Sánchez, quien asegura que hace diez años ni siquiera se conocía el nombre común del Trichechus inunguis.
Así surgían mitos como el de las sirenas del río que, al llamarte al agua, revelaban su aspecto rechoncho.“No hay mucha magia en ellos. Yo lo probé una vez —asegura el comerciante, cuyo nombre prefiere no revelar—.
Iba en lancha y unos pescadores cazaron a la madre por accidente. También mataron a la cría porque igual se iba a morir —dato que vuelve a corroborar Sánchez— Ya no lo cazan porque no es rentable, no tiene valor”.Únicos en su especie¿Qué tan inteligentes pueden ser? “Más que nosotros, sin duda”, responde el biólogo, quien asegura que son tan expertos en tareas experimentales como los delfines, uno de los animales más inteligentes del planeta; y tan únicos como nosotros, pues las manchas de su vientre equivalen a las huellas dactilares.El CREA cuenta con 26 personas que se reparten las labores de rescate, rehabilitación y cuidado de las vacas marinas.
Ubicado en el extremo sur de la ciudad de Iquitos, el centro también tiene la misión de educar a las comunidades, promover el turismo y, por sobre todo, contribuir a que estos animales abandonen la cada vez más extensa lista de especies en peligro de extinción.No existen cifras exactas sobre cuántos manatíes quedan a lo largo del Amazonas, solo aproximaciones vagas que los rescatistas prefieren dejar en el papel, pues en la práctica son cada vez más frecuentes los avistamientos en diversas zonas. “La cosa va a mejorar”, se promete Sánchez, quien, una semana después de nuestra partida, recibe a Gru de Primavera, una nueva vaca marina rescatada en aquellas aguas donde aún persiste la amenaza de perder a nuestros gigantes amazónicos.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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