El libro que revela la verdadera historia de Los Prisioneros en el Perú: de las pedradas en Acho al incendio de Utopía

¿Por qué Los Prisioneros no regresan? “Ya no hay nada más que decirle a Claudio”, dice Miguel TapiaJorge González, de Los Prisioneros, reaparece con ocho nuevas canciones luego de años de silencio musical“La Voz de los 80″ de Los Prisioneros cumple 40 años: fundador de la banda cuenta su historia de éxito y censuraCuando Los Prisioneros regresaron a Chile luego de su primera presentación en el Perú, en setiembre de 1987, buena parte de la prensa chilena redujo aquella noche a un solo episodio: la banda había sido recibida a pedradas en la Plaza de Acho. La ironía era evidente: un grupo de rock atacado a proyectiles justo cuando venía a presentar un disco llamado “Pateando Piedras”.
Pero esa no era toda la historia. Las piedras existieron, sí, aunque fueron lanzadas por un grupo minoritario de revoltosos.
El resto de los presentes, cerca de doce mil personas, cantó y bailó sobre la arena de la histórica plaza del Rímac, levantando enormes columnas de polvo tan densas que los técnicos apenas podían distinguir a los músicos. Para el periodista chileno Alejandro Tapia, esas imágenes —rescatadas años después y difundidas en YouTube— cuentan una historia muy distinta a la que sobrevivió en la memoria de su país. “Cuando uno ve ese concierto se da cuenta de la magnitud, de la euforia.
Es un concierto impresionante”, dice.MIRA: Roblox: lo que debes saber del juego que captura la atención de los niños y que ha llegado hasta a las aulasJorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia, el trío de San Miguel, habían llegado a Lima ese año con una cierta inocencia, convencidos de que se trataba de un simple presentación promocional y terminaron descubriendo que ya eran auténticos ídolos de este lado de la frontera. “No estaban conscientes de lo famosos que eran en el Perú”, aseguraTapia. “Casi que se sintieron como los Beatles llegando a Estados Unidos en 1964”. Pese a esa gran acogida y a las piedras eventuales, el concierto les dejó otro sabor amargo.
La banda no recibió honorarios por la presentación. “Ellos se sintieron bastante timados. Creían que era una actividad promocional y después se dieron cuenta de la enorme cantidad de gente que había asistido”.Tapia, que es editor en el diario “La Tercera”, llevaba años preguntándose por qué Los Prisioneros hablaban siempre del Perú con un afecto especial.
Su primer libro, “Ya viene la fuerza” (2024), reconstruía el nacimiento del grupo y la grabación de sus dos primeros álbumes, pero el relato terminaba justo cuando la banda comenzaba a salir de Chile. Quedaba pendiente una cuestión: ¿por qué el Perú ocupaba un lugar tan especial en la trayectoria de Los Prisioneros?
La respuesta terminó convirtiéndose en una investigación de tres años. Tapia vino a Lima, entrevistó a más de setenta personas —entre músicos, promotores, periodistas, técnicos, programadores radiales y asistentes a los conciertos— y revisó archivos en ambos países.
El resultado es “No necesitamos banderas: Los Prisioneros en el Perú” (Borrador Editores), que ya se encuentra en librerías.Una de las principales conclusiones de su investigación es que la verdadera internacionalización de Los Prisioneros inició en Lima. Antes habían tocado en Uruguay, donde el impacto fue limitado por el tamaño del mercado.
Después intentaron abrirse camino en Argentina, pero su propuesta chocó con una escena de rock marcadamente nacionalista y poco permeable a las bandas latinoamericanas. El Perú fue distinto. “Fue el primer país donde Los Prisioneros tuvieron éxito.
Jorge González lo ha dicho muchas veces: fue el primer país donde se sintieron como en casa”, sostiene el autor. Aquí, explica, el público hizo suyo el mensaje de canciones como “El baile de los que sobran”, porque hablaban de desigualdad y falta de oportunidades, problemas que también formaban parte de la realidad peruana.Una historia compartidaLo curioso es que la relación de Los Prisioneros con el Perú se construyó desde abajo, no sobre el escritorio de un marketero o una agencia de publicidad.
Inició gracias a un peruano que, durante un viaje a Buenos Aires, encontró un ejemplar de “La voz de los 80”. Le llamó la atención la fotografía de portada: tres muchachos de piel morena que creyó peruanos.
Compró el disco y lo envió a Lima, donde llegó a manos del programador radial Ángel Ríos. Fue él quien inició a difundir canciones como “Sexo”.
Solo después de comprobar la inesperada acogida que la banda y sus letras contestatarias tenían entre las radios y el público peruano, el sello El Virrey decidió editar oficialmente el álbum en el país.La investigación también sacó a la luz un hallazgo inesperado. Mientras revisaba archivos diplomáticos, Tapia encontró documentos enviados por la embajada chilena en Lima al régimen de Augusto Pinochet luego de el concierto de Acho.
Los informes daban cuenta de las pedradas, pero también de algo que preocupaba mucho más al gobierno militar: la extraordinaria recepción que la banda había tenido en el Perú. “Los medios peruanos los calificaban como una banda profesional y exitosa. Incluso enviaban recortes de El Comercio y otros diarios.
Al régimen le preocupaba mucho el discurso contestatario de Los Prisioneros; los trató de marxistas", explica el periodista.Ese seguimiento revela también la dimensión que había alcanzado el fenómeno. En 1987, Los Prisioneros ya eran una piedra en el zapato para la dictadura chilena.
Canciones como “El baile de los que sobran”, “Muevan las industrias” o “Por qué no se van” se habían convertido en himnos de una generación desencantada, y el hecho de que ese mensaje comenzara a cruzar fronteras era motivo suficiente para despertar suspicacias. Paradójicamente, mientras en Chile algunos medios insistían en destacar las pedradas de Acho, los informes diplomáticos reconocían que la prensa peruana hablaba de una banda profesional y de un recibimiento multitudinario.No fue el único descubrimiento que sorprendió a Tapia.
A medida que reconstruía la historia comprendió que el Perú había ocupado un lugar irrepetible en la trayectoria del grupo. “Perú fue el único país que Los Prisioneros visitaron en todas sus etapas”, explica. Vinieron en 1987 con “Pateando Piedras”, regresaron durante la gira del disco “Corazones”, volvieron con el proyecto Los Dioses —en la recordada visita en la que Gisela Valcárcel los retiró de su programa luego de negarse a hacer playback— y, luego de el histórico reencuentro de 2001, eligieron Lima como su primer destino internacional.
Ningún otro país acompañó de forma tan constante la evolución de la banda.Esa relación tampoco terminó con la separación definitiva. Jorge González siguió regresando al Perú como solista para presentarse no solo en Lima, sino también en ciudades como Huancayo, Puno o Huayllay.
Esas giras terminaron por sorprender incluso al propio músico. “Él dice que se sentía como un artista folclórico”, cuenta Tapia entre risas. “No por el género musical, sino porque comprobó que era igual de conocido en el interior del Perú que en Lima”.Pero el episodio más increíble de toda esa relación sucedió muchos años después de Acho. En julio del 2002, luego de el multitudinario concierto del reencuentro en el Jockey Club, los integrantes de la banda recibieron invitaciones para asistir a la inauguración de la discoteca Utopía.
Estuvieron a punto de aceptar. “Iban a ir”, revela Tapia. “Ellos mismos me lo contaron. Los habrían ubicado en la zona VIP, justamente donde inició el incendio”.
Finalmente desistieron. Horas después, el fuego consumió el local y dejó 29 muertos y decenas de heridos en una de las mayores tragedias ocurridas en un centro de entretenimiento del Perú. “Cuando se enteraron quedaron muy impactados.
Se dieron cuenta de que perfectamente pudieron haber estado ahí”.Aunque los fanáticos no dejan de fantasear con un último reencuentro, Tapia cree que hoy esa posibilidad es remota. Durante el estallido social chileno de 2019 hubo conversaciones para reunir a Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia en un gesto simbólico, aprovechando que las calles volvían a llenarse de jóvenes cantando El baile de los que sobran.
El intento nunca prosperó. “La versión de Miguel es que Claudio no quiso. Claudio dice que nunca se enteró a tiempo.
Lo concreto es que las tensiones siguen ahí”, resume el periodista. Después de tantos años, las heridas personales parecen más difíciles de sanar que cualquier diferencia musical.El título del libro, “No necesitamos banderas”, alude a una de las grandes canciones de González que no fue un hit radial.
Jorge tenía apenas 20 años cuando escribió una canción que corta como cuchillo —como se suele decir— mientras cuestiona el concepto de fronteras, los nacionalismos y cualquier forma de representación que pretenda hablar en nombre de los demás. Cuatro décadas después, el título adquiere un significado nuevo en el libro de Alejandro Tapia.
En el fondo se habla de dos países que, pese a décadas de rivalidades y prejuicios, encontraron un lenguaje común en las canciones de tres muchachos de San Miguel. “Si a un chileno y a un peruano les hace sentido una canción como ‘El baile de los que sobran’ o ‘Muevan las industrias’, es que no somos tan distintos a como nos han querido pintar las autoridades durante años. Tenemos quizás más afinidades de las que creemos”. //
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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