La noche mundialista en el Ángel que reunió a todo el país

DOMINGA.– La fotografía parece una cápsula del tiempo. Decenas de jóvenes trepados sobre los monumentos de Paseo de la Reforma.
Banderas mexicanas ondeando sobre una multitud desbordada. La lluvia de verano cayendo sobre playeras empapadas y rostros encendidos por la euforia.
La Ciudad de México era sede del Mundial de futbol y, por unas semanas, fue el epicentro emocional del planeta. Era 1986.Luego de la victoria de México 2-1 sobre Bélgica, aquel 3 de junio la ciudad descubría algo que aún no sabía nombrar: esa histeria colectiva que era capaz de transformar una victoria futbolística en una celebración nacional.
Una fiesta espontánea, multitudinaria y salvaje que tomaba las calles hasta la madrugada. Cuarenta años después, este junio de 2026 la escena ha regresado a la capital, que repite como sede mundialista.
La afición volvió al Paseo de la Reforma, el jueves 18. Al Ángel de la Independencia.
A las gargantas que coreaban “¡México, México!” hasta el amanecer. A las banderas puestas sobre los hombros como capas victoriosas y a los desconocidos abrazándose como viejos amigos.
Pero también regresó algo muy mexicano: el ingenio popular, el albur y la irreverencia. Luego de el triunfo de México por 1-0 sobre Corea, entre la multitud aparecieron los primeros chistes y cánticos colectivos: “¡Corea ya probó el chile nacional!”.
Otros brincaban al ritmo de frases heredadas de décadas de tribuna. “¡El que no salte es…!”. Algunos chocaban los puños, compartían los tragos de tequila o whisky directamente de las botellas como sucede en las rondas de baile de las bodas.
Más allá, grupos enteros celebraban besos multitudinarios mientras el coro pedía: “¡Beso de tres, beso de cuatro!”.Existía una certeza de que, mientras celebraban en la calle, el fútbol borraba las diferencias políticas, las deudas, las noticias de violencia y narcotráfico, la inflación y la incertidumbre. El fútbol tiene esa extraña capacidad de suspender la realidad.
En 1986, miles de chilangos cantaban con mariachis y se reportó que más de 20 mil tomaron las calles luego de la victoria de México sobre Bélgica. En 2026, la euforia fue exactamente la misma pero la gente bailó “La Chona”, de los Tucanes de Tijuana, y asistieron cientos de miles. “No recuerdo una noche como la de ayer en la Ciudad de México”, escribió un analista político en las redes sociales.
Tal vez porque nunca había vivido una fiesta mundialista. También fue un día entre semana y hubo la sensación de que algo extraordinario estaba ocurriendo. “Siempre quisimos abrazarnos; sólo necesitábamos un pretexto”, dice Cinthya, una de las aficionadas que ocupó el espacio público durante la celebración.
Porque la fiesta mexicana futbolera no se parece a ninguna otra. En redes sociales han intentado compararla con marchas, mítines o festivales.
No es ninguna de ellas. Se parece sólo a sí misma.
Aquella explosión de júbilo tomó las calles en 1986 y, cuatro décadas después, volvió a reclamar la ciudad.Pero ya no somos los mismos. La CDMX pasó meses encerrada durante la pandemia de covid-19, vive atravesada por la polarización política; los maestros han salido a las calles para exigir mejores condiciones laborales y las madres buscadoras han convertido el espacio público en territorio de duelo y exigencia.
Por eso, la noche en que México derrotó a Corea no fue solamente una celebración futbolera. Fue un reencuentro emocional.
Apenas sonó el silbatazo final, la consigna inició a circular por redes sociales y calles de la capital: “¡Vámonos al Ángel!”. Más que una invitación, era un llamado colectivo, como en 1986.“La gente quiere celebrar.
Es un proceso carnavalesco: la frustración se diluye en una fiesta que funciona como liberación. Durante unas horas, miles de personas comparten y viven lo festivo y lo irreverente en auténtica sincronicidad”, dice Sergio Varela, sociólogo y antropólogo deportivo de la UNAM.Cuatrocientos mil personas inundaron el Paseo de la ReformaMás de 400 mil personas inundaron el Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia.
Otras 200 mil siguieron el partido desde el Zócalo y más de 130 mil asistieron a los festivales mundialistas instalados en distintos puntos de la capital, según cifras oficiales. Setecientas treinta mil personas vibrando al mismo tiempo.
Un flujo humano que las propias autoridades describieron como algo nunca antes visto. Y quizá tenían razón.
Ni siquiera el monumental Desfile de Día de Muertos de 2019, que reunió a 2.6 millones de espectadores –y que batió récord de asistencia en las calles de la capital–, alcanzó la misma intensidad emocional. porque aquello no era sólo un espectáculo. Esto era una catarsis.
El fútbol funciona como droga emocional. Lleva al cerebro a experimentar una montaña rusa que puede pasar de la euforia a la frustración en cuestión de segundos, explican especialistas.En una celebración de esta magnitud, las emociones desbordadas son el ingrediente principal, potenciadas asimismo por el consumo masivo de alcohol en el espacio público.
En 1986 una botella de cerveza podía conseguirse con vendedores ambulantes por 400 pesos de aquella época, según las crónicas de los periódicos nacionales. En 2026, una lata sobre Paseo de la Reforma costaba cincuenta pesos.Para Víctor Manuel Rodríguez Molina, académico del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, los eventos deportivos funcionan como un mecanismo de desfogue emocional. “El cerebro se desconecta y aparece el cerebro primitivo”, explica en la Gaceta UNAM.
Durante esos momentos disminuye el protagonismo de la corteza prefrontal –encargada del razonamiento y la toma de decisiones– y emerge con más fuerza la amígdala cerebral, asociada con las respuestas emocionales. “Es un terreno permitido para vivir lo que sentimos con más intensidad. Incluso quienes no disfrutan del fútbol terminan integrándose.
La emoción colectiva es contagiosa”, sostiene. Sergio Varela lo define como “mímesis”: la reproducción de pulsiones que el deporte despierta y que remiten a los instintos más primitivos del ser humano.
Con el silbatazo inicial también desaparece el miedo al juicio ajeno. Se abre un permiso tácito para llorar, reír, abrazar a desconocidos, gritar hasta quedarse sin voz y celebrar sin reservas.
Durante noventa minutos, las emociones ocupan un lugar que la vida cotidiana suele obligar a reprimir.Y quizá ésa sea la mejor explicación para entender lo que sucedió en las calles. Durante unas horas, cientos de miles de personas olvidaron quiénes eran, su estatus económico, qué votaban, cuánto debían o cuáles problemas les esperaban al día siguiente.
Simplemente salieron a celebrar. Como hace cuarenta años.
Como si el tiempo no hubiera pasado. Entonces apareció la imagen que le dio la vuelta al mundo, esos dos kilómetros y medio cubiertos por una marea humana que iba del Ángel de la Independencia a la Torre del Caballito.
Sobre las cabezas de cientos de miles de personas y playeras verdes, los reflectores pintaban la noche con los colores de la bandera mexicana: verde, blanco y rojo. Aquella postal mostraba la forma en que México se apropió emocionalmente del Mundial 2026.
¿A quién le importaba que de los 104 partidos del torneo apenas 13 se disputarán en territorio mexicano y los demás en los países vecinos del norte? Para México, el fútbol es identidad.
Los estadounidenses tienen el Super Bowl. Los canadienses tienen el hockey.
Para millones de mexicanos, el Mundial nos pertenece. Y cada que la selección gana –siendo sede– el país entero parece recordarlo y celebrarlo.El otro rostro de la euforiaLas pasiones humanas tienen dos rostros.
Y el fútbol no es la excepción. La misma multitud capaz de abrazar a desconocidos puede transformarse en estampida.
La misma euforia que une también puede destruir. Ya había ocurrido en 1986.
Aquella celebración mundialista dejó un Ángel de la Independencia vandalizado, patrullas dañadas, aparadores rotos, saqueos, heridos y una ciudad que amaneció entre botellas vacías y escombros. La fiesta había rebasado a la alegría.
Cuarenta años después, algunos de esos reflejos reaparecieron. Hubo motociclistas intentando abrirse paso entre la multitud que caminaba sobre Paseo de la Reforma.
Peleas. Empujones.
Estaciones del Metrobús vandalizadas y sus techos vencidos por aficionados que brincaban sobre ellos.Las redes sociales comenzaron a llenarse de videos de riñas, destrozos y jardineras devastadas sobre Reforma. Las flores de cempasúchil que adornaban la avenida –cultivadas de manera excepcional en verano por productores de Xochimilco– terminaron aplastadas bajo cientos de miles de pies.
Yo misma presencié otra forma del desborde. Al abandonar el Ángel de la Independencia junto a dos colegas, sobre la calle de Puebla, un hombre alcoholizado se me lanzó encima para darme una nalgada.
Mi compañero logró detenerlo de inmediato y seguimos caminando. En más de dos décadas cubriendo marchas, conciertos, manifestaciones, celebraciones deportivas y toda clase de concentraciones multitudinarias en la Ciudad de México, nunca me había ocurrido algo así.
Porque el exceso también tiene consecuencias. Y cuando el alcohol se convierte en protagonista, la línea que separa la celebración de la agresión puede desaparecer en cuestión de segundos.Ya entrada la madrugada y con los festejos apagándose en el centro de la ciudad, llegó otro problema, pues miles de personas descubrieron que el Metro estaba cerrado.
Entonces aparecieron los intentos de portazo en algunas estaciones y la desesperación de quienes no encontraban cómo regresar a casa y tuvieron que optar por irse a pie. Los servicios de transporte por aplicación elevaron sus tarifas hasta rozar los 800 pesos por trayectos de apenas cinco kilómetros.La euforia de la afición también necesita reglasAl amanecer, 360 trabajadores de limpia recogían cerca de cuarenta toneladas de basura.
Botellas. Vasos.
Latas. Recogían los restos de una felicidad efímera.
Los medios internacionales hicieron lo que suelen hacer: mostrar las imágenes más espectaculares de un Ángel de la Independencia iluminado por su afición, pero también las escenas del caos. Durante algunas horas pareció que el relato volvería a ser el mismo de 1986.
México celebrando mal. México excediéndose.
México destruyendo. Pero esta vez también aparecieron los límites, comenzando por la Ley Seca y el refuerzo de la seguridad que vino después.Para el partido entre México y Chequia del 24 de junio, las autoridades implementaron ley seca en zonas estratégicas de la capital.
Se prohibió la venta de bebidas alcohólicas en tiendas de conveniencia, abarrotes y supermercados del Centro Histórico y de las colonias Juárez, Tabacalera, San Rafael y Cuauhtémoc.En los accesos al Fan Fest instalado en el Zócalo, la Ley Seca no quedó en el papel. Elementos de seguridad decomisaron latas de cerveza que comerciantes ambulantes transportaban en cubetas con hielo para vender entre los asistentes.
Frente a las autoridades, los vendedores fueron obligados a abrir una por una las bebidas y vaciar su contenido en las coladeras. Era una ciudad aprendiendo, otra vez, que la euforia también necesita reglas.Las autoridades descentralizaron la celebración para reducir las aglomeraciones en el Zócalo e instalaron veinte pantallas gigantes a lo largo del corredor hacia el Ángel de la Independencia.
Luego de el triunfo sobre Chequia, unas cien mil personas más se sumaron a la celebración. Cerca de 800 mil aficionados inundaron Reforma pese al diluvio de la noche de San Juan, sin importar que las calles se hubieran convertido en ríos.
Y aunque algunos comerciantes lograron burlar la ley seca para vender cerveza sobre Reforma, el consumo de alcohol ya transcurría bajo un mayor control.Porque más allá de los excesos, hay imágenes destinadas a sobrevivir al paso del tiempo como familias enteras caminando sobre Reforma; niños y niñas montados en los hombros de sus padres; desconocidos compartiendo canciones; personas ocupando el espacio público sin más propósito que celebrar juntas.Por eso el Ángel sigue siendo importante. Es un refugio para la memoria colectiva.
El escenario donde, cada Mundial desde 1970, una ciudad entera descubre que todavía sabe unirse y gritar: “¡México, México!”. Entre abrazos y madrazos, entre la alegría y el exceso, entre el orgullo y el caos, la Ciudad de México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando el fútbol la convoca como sede, responder al mundo desde su multitud.
Y su selección respondió a la altura de esa pasión. Un protagonismo impecable que alimentó la ilusión de millones.GSC / MMM
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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