Haití era conocida en el siglo XVII como la Perla de las Antillas, por su impresionante producción de azúcar y café, que le generó inmensas riquezas a Francia, llegando a producir casi la mitad del azúcar y el café de todo el mundo. Era la posesión colonial más rentable de las potencias europeas; le daba más ganancia que todas las colonias europeas juntas en la región, logrado gracias a un sistema esclavista brutal.

No obstante, perdió esta extraordinaria riqueza luego de la Revolución Haitiana de los años 1791-1804, conocida como la primera y única revolución de esclavos triunfante, y con ella nace la primera república negra del mundo. Los años de guerra revolucionaria dejaron ruina y devastación, un bloqueo internacional y el pago forzado a Francia de una enorme indemnización que se extendió hasta el siglo XX.

La actual situación económica, el castigo de los fenómenos naturales y una profunda crisis de seguridad nacional castigan en la actualidad a cada ser viviente de esta perla caribeña. Venezuela, ayer una de las naciones más prósperas de América Latina, hoy con uno de los niveles de vida más bajos de la región latinoamericana.

La canasta básica supera los $350.00 mensuales; un médico devenga, según el sector, ingresos entre $15.00 y $150.00 mensuales y puede llegar a $1,500 en la práctica privada. Un profesor universitario devenga un salario entre $1.00 y $4.00, dependiendo de su clasificación, insuficiente para cubrir las necesidades básicas de cualquier hogar.

Irónicamente, Venezuela proyecta recibir este año ingresos petroleros por aproximadamente $35,000 millones de dólares, promedio mensual de $2,900 millones. Esta actividad representa el 50% de los ingresos fiscales y el 75% de las exportaciones del país.

Dada la opacidad del Estado venezolano, no existe una cifra oficial sobre el perjuicio que la era Chávez-Maduro ocasionó a las finanzas públicas del país. No obstante, se estima que, tomando en consideración la hiperinflación, el éxodo masivo de millones de venezolanos, el saqueo a PDVSA, los sobrecostos en obras y otras no construidas, la falta de inversión en obras de impacto social, que Estados Unidos incautó bienes a testaferros vinculados al régimen por aproximadamente $700 millones, y que países occidentales han investigado tramas corruptas que superan los $2,000 millones, el perjuicio al país puede rondar entre los $100,000 y $300,000 millones.

Panamá cerró el año 2025 con un PIB de aproximadamente $90,462.6 millones y un crecimiento, con respecto al año anterior, de 4.4%. Las tres principales fuentes de ingresos del PIB de Panamá provienen del sector servicios (sector logístico y transporte, liderizado por el Canal de Panamá, comercio y el sector financiero y bancario), principal motor de nuestra economía, que se acerca al 75% del total nacional.

La historia económica demuestra que la riqueza de una nación no es una garantía perpetua de prosperidad. Haití y Venezuela constituyen dos ejemplos distintos, pero igualmente aleccionadores, de cómo países con enormes ventajas económicas pueden experimentar procesos de deterioro que afectan gravemente la calidad de vida de sus ciudadanos.

Haití, la colonia más rentable del Caribe y una de las más valiosas del mundo para Francia. Venezuela, por su parte, llegó a ser una de las economías más prósperas de América Latina gracias a su inmensa riqueza petrolera.

Ambas naciones poseían recursos que parecían inagotables. No obstante, décadas de inestabilidad política, debilidad institucional, corrupción, conflictos internos, decisiones económicas desacertadas y falta de visión estratégica terminaron erosionando gran parte de aquellas ventajas.

Panamá posee hoy activos extraordinarios que muchas naciones desearían tener: una posición geográfica privilegiada, el Canal de Panamá, un centro logístico de relevancia mundial, una plataforma financiera internacional, infraestructura moderna y una economía de servicios altamente competitiva. No obstante, ninguno de estos activos es inmune al deterioro.

La corrupción, el despilfarro de los recursos públicos, el crecimiento descontrolado de la deuda, el debilitamiento institucional, la falta de planificación a largo plazo, la pérdida de competitividad, el abandono de la educación, la salud y la seguridad social pueden convertirse gradualmente en amenazas tan peligrosas como cualquier crisis externa. La verdadera riqueza de un país no radica únicamente en sus recursos naturales o en el valor de sus activos estratégicos, sino en la capacidad de sus instituciones y de sus ciudadanos para protegerlos, administrarlos eficientemente y garantizar que sus beneficios lleguen a toda la población.

La pregunta fundamental no es cuánto tiene Panamá hoy. La verdadera pregunta es si estamos haciendo lo necesario para conservar y multiplicar esa riqueza para las próximas generaciones.

Reflexión forense: ¿Qué consecuencias tendría para nuestra economía una pérdida de competitividad en los sectores logístico, financiero y comercial? ¿Estamos invirtiendo lo suficiente para que las futuras generaciones administren responsablemente el Canal de Panamá y las demás ventajas estratégicas del país?

¿Qué ocurriría si el Estado no pudiera garantizar las jubilaciones, el abastecimiento de medicamentos e insumos médicos o la atención en la Caja de Seguro Social? ¿Es consciente la clase política actual y la que aspira a gobernar mañana que Panamá podría estar recorriendo el mismo camino que llevó a Haití y Venezuela de la prosperidad a la ruina?

¿Hemos comenzado el viaje que transformó a naciones prósperas en ejemplos de pobreza, división y colapso institucional? El autor es auditor forense y ex viceministro de la Presidencia.