¿Qué lugar ocupa la salud mental en una sociedad que se deshumaniza? Para responder a esta pregunta, es necesario comprender qué entendemos por salud mental y, asimismo, reflexionar sobre las razones que nos llevan a deshumanizarnos.Para tales efectos, les propongo prescindir del empalagoso concepto de amor propio, a menudo invocado como ingrediente indispensable de la salud mental, y, en su lugar, utilizar el sentido profundo de salud establecido por Georges Canguilhem, quien la concibe como la capacidad de darse a sí mismo las normas que favorecen la vida.

Esta facultad vital también implica la posibilidad de ejercer la ciudadanía de forma autónoma y comprometida.No es un detalle menor, en términos sociales, que la salud mental también guarde relación con la duda y la autocrítica, con la capacidad de cuestionar el propio sistema de valores, con permanecer despiertos frente a las faltas que cometemos. La salud mental, pues, descansa en la consciencia más que en la inconsciencia.

Sabemos que las palabras están en estrecha relación con la consciencia y que el desarrollo del lenguaje es el mayor progreso que ha sido alcanzado en la evolución de los hombres y de las mujeres. Siguiendo a Karl Popper, el lenguaje es lo que nos permite proponer ante nosotros nuestras hipótesis y, con ello, se hace posible criticarlas, luchar contra ellas y, si es necesario, liquidarlas, en lugar de liquidarnos unos a otros.

Cuando Freud, en El porvenir de una ilusión, escribe que “cualquier autoanálisis que avance como un monólogo sin interrupciones no está exento de peligro”, se refiere a que el rechazo deliberado de la complejidad de la propia mente y de la mente de los demás conduce a un estado ansioso y que se intenta reprimir mediante un exceso de decisión. Dicho de otra manera, un monólogo sin interrupciones, como mecanismo de supervivencia, acaba por convertirse en una forma de autoprivación.

Un mundo sin otras personas.Christopher Bollas retoma esta idea freudiana para desarrollar su tesis sobre la existencia de un estado mental fascista. Según el psicoanalista, la mente es el escenario de una disputa constante entre fuerzas diversas –empatía, perdón, reparación, envidia, agresión, deseo– que nos exige elaborar soluciones de compromiso entre estas tendencias contradictorias.

Esta tarea permanente de negociación interna es lo que Bollas denomina la función parlamentaria de la psique.Lo que entendemos de esta tesis es que es precisamente la confrontación permanente con perspectivas discordantes, y los conflictos que de ella se derivan, lo que convierte a la mente en un parlamento o asamblea resistente a la violencia fascista. En efecto, la mente fascista abandona esa condición parlamentaria y se transforma en una estructura imperial, regida por una sola voz y una única interpretación del mundo.

Para ello, echa mano de ideologías, creencias, convicciones y antídotos de la duda, dirigiéndose, irremediablemente, hacia un campo de certezas y es allí donde emerge lo inhumano. Este proceso de deshumanización de la mente fascista, llevado hasta sus últimas consecuencias, es susceptible de conducir a ese exceso inasimilable que es la crueldad.

Como condición necesaria, la potencialidad cruel debe estar presente en la condición humana, pero no como esencia. Asimismo, la crueldad es intrínseca al narcisismo de muerte y se desmarca del instinto agresivo, es decir, no guarda ninguna relación con el egoísmo de autoconservación.

Es una violencia irracional, bárbara, aterradora, reflejo de una patología social, que no logra impedir la transgresión de la norma y que carece de una dimensión humana que invite a la reflexión.La crueldad, en su destructividad y depravación humanas, marca una distancia absoluta con el prójimo: frente al padecimiento del otro, nada hace temblar, nada sacude ni conmueve. En este punto, una cuestión relevante de recordar es que la relación con el otro no es meramente un encuentro accidental, sino la estructura misma que sostiene la posibilidad de la subjetividad y de toda experiencia humana.

Entonces, la crueldad podría representarse en la botella de Klein: no se puede aniquilar al otro sin afectarse a sí mismo. La sociedad capitalista nos invita a un sin límite que empuja a lo peor y produce estragos; más aún, la transgresión en todas sus formas es una problemática conocida en la actualidad.

En esa línea, la pequeña virtud de reconocer los límites de la propia mente permite al sujeto reconquistar su dignidad y transformar su relación con el malestar en la civilización, alcanzando su correlato en la capacidad de reconexión y, por ende, con lo íntimo del ser humano y la consciencia.Sin ánimo de concluir este artículo al estilo de un manual de autoayuda, me permito señalar algunos principios, que, acaso, no conformen más que una lista de perogrulladas: cuidar de la salud mental obliga, ineludiblemente, a optar por la vida. Preferir la pulsión de vida por sobre la de muerte es un compromiso con el cuidado de sí mismo, así como la responsabilidad hacia el otro.

Para practicar la solidaridad no es necesario convertirse en el otro, ni convertirle a él a mi imagen y semejanza. Por último, para tomar conciencia, es imprescindible preguntarse: ¿por qué creo en lo que creo?cgolcher@gmail.com Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.