En el espacio político y mediático se habla de revertir la falta de nacimientos y el envejecimiento, de incentivar los nacimientos, de recuperar pirámides poblacionales que pertenecen, a tiempos pasados. Querer que se incremente la natalidad es un planteamiento profundamente equivocado.

Hay momentos en la historia en que la realidad avanza con más velocidad que el pensamiento político. Estamos ante uno de ellos.

El proceso demográfico está experimentando una transformación sin comparación con etapas anteriores, un auténtico cambio de paradigma. Así y todo, el debate público sigue enredado en escalas del siglo pasado.Análisis recientes plantean la relación entre móviles y baja natalidad, cuestión que es debatida pero no existe una evidencia clara.

El descenso de la natalidad en países desarrollados inició ya en los años 90, antes de la popularización de los teléfonos móviles. Algunos argumentan que las tecnologías digitales influyen al cambiar hábitos sociales, reducir el tiempo en pareja.

No obstante, las estructuras económicas, laborales y culturales parecen tener mucha más importancia. Incluso antes se observó que la expansión de la televisión coincidía con caídas en la natalidad.

En conjunto, la tecnología puede influir, pero no se puede considerar una causa principal demostrada.No estamos ante un problema, aunque algunos lo entiendan así. Más bien hemos alcanzado un proceso que no sabemos gestionar.Se trata de que vamos a vivir más, pero de otra maneraUna expectativa que espera que, por primera vez en la historia de occidente, los niños que nacen ahora en los países desarrollados tienen una posibilidad, prácticamente cierta, de alcanzar cien años de vida.

No se trata de hacer futurismo, es la proyección de tendencias que llevan décadas consolidándose. Se producen progresos en medicina, alimentación, higiene, condiciones laborales y bienestar social, especialmente en Europa, que han movido la frontera de la vida humana de manera sistemática.

Cada generación vive más que la anterior, y la siguiente lo hará más que esta.Se trata de la victoria de la de la ciencia sobre la enfermedad, la del Estado del bienestar sobre la escasez. Elogiarlo debería ser necesario en cualquier reflexión seria sobre demografía.

No obstante, el discurso político lo presenta casi como una amenaza, la población envejece, hay menos jóvenes, el sistema de pensiones se tambalea (argumento tradicional de la política conservadora), ¿cómo vamos a cuidar a los mayores? El problema no es que vivamos más, es evidente que el problema es que no hemos reformado el modelo para gestionar la longevidad.El engaño de la natalidadLa respuesta más extendida entre políticos y opinión publicada es la más sencilla, si hay menos jóvenes, hay que tener más hijos.

Más natalidad, más cotizantes futuros, más equilibrio generacional. El argumento tiene una cierta lógica aritmética, pero ignora dificultades del sistema que hacen de esa solución algo más parecido a un deseo que a una propuesta política.Las tasas de natalidad no bajan por falta de interés de las personas.

Caen porque tener hijos en las sociedades modernas implica costes económicos, laborales y personales que muchas familias no pueden o no quieren asumir. La precariedad del empleo joven, el precio de la vivienda, la dificultad de la imprescindible conciliación, el castigo laboral de la maternidad sobre las mujeres.

Para corregir esas dificultades sería necesario un cambio de sistema económico, lo que implica una transformación cultural y todo eso llevaría décadas. Así y todo, hay una evidencia que ningún país que haya puesto en funcionamiento políticas pronatalistas ha logrado el cambio de la tendencia de forma significativa.Incluso aunque aumentase la natalidad hoy, los efectos en el mercado laboral no se sentirían hasta dentro de más de veinte años.

La economía del envejecimiento necesita respuestas actuales.Un nuevo paradigma para una nueva demandaEl auténtico desafío no es volver a lo que fuimos, sino construir lo que podemos ser. Una sociedad en la que una parte creciente de la población vive entre ochenta y cien años, o más, es una sociedad distinta en sus necesidades, en sus procesos, en su economía.La nueva era de transformación demográfica genera, antes que ninguna otra cosa, una demanda nueva y masiva de servicios.

Servicios sanitarios adaptados a la larga duración. Servicios sociales que aborden la dependencia no como un desastre personal sino como un proceso colectivo, al mismo nivel que el desempleo o la jubilación.

Tecnología orientada a la autonomía de las personas mayores, domótica, telemedicina, movilidad adaptada. Urbanismo que conciba las ciudades no para el tránsito sino para la vida cotidiana de quienes no pueden, desplazarse en coche.

Una economía plateada, como la denominan algunos economistas, dejando de ser un nicho para convertirse en el sector de mayor crecimiento sostenido, previsiblemente, en las próximas décadas. El modelo económico que necesitamosEl modelo productivo heredado del siglo XX se construyó sobre una premisa predeterminada, la mano de obra es joven, el consumo es masivo, el crecimiento viene del aumento de la población activa.

Ese modelo ha caducado. No porque haya fracasado, sino porque ha cumplido su ciclo, tal como aprecian algunos economistas.La economía actual, exige que el nuevo modelo debe asumir que el crecimiento económico ya no puede depender del volumen de trabajadores sino del incremento de la productividad, contando con la generación de unos servicios de mejor calidad.

La inversión pública en servicios para el cuidado de las personas no debe considerarse un gasto, constituyendo un proceso de empleo estable. Envejecer bien, exige autonomía y decoro, significando un compromiso social que es un valor económico asimismo de un imperativo justo.Esto exige reformas profundas.

En el sistema de pensiones, sí, pero no solo para garantizar su sostenibilidad financiera sino para reconocer formas de contribución que el modelo actual no computa, como la robótica, el trabajo de cuidados no remunerado, la participación comunitaria, el voluntariado. En el mercado laboral, hay que explorar fórmulas de vida activa más largas y flexibles.Dejar de mirar hacia atrásEl cambio demográfico que vivimos no es una irregularidad que hay que corregir.

Tenemos que considerar un nuevo punto de partida desde el que hay que pensar la política, la economía y la organización de nuestra sociedad. Seguir hablando de restablecer el modelo es inútil, porque el proceso en sí mismo es irreversible.La añoranza por pirámides de población como las de la segunda mitad del siglo XX no volverán.

Es inútil la negativa a invertir en servicios de cuidado justificando que no son productivos. No es razonable resistirnos a reformar modelos de bienestar diseñados para una esperanza de vida de setenta años cuando ya vivimos cerca de los noventa.Una sociedad que produce más centenarios que nunca debería ser capaz de cuestionarse, sin miedo, ¿qué hace falta para que esa larga vida merezca la pena?

Esa es la pregunta política importante, no cuántos hijos hay que tener, sino qué mundo construimos para los que ya estamos aquí, y para los que vendrán en el futuro.