Durante los últimos 100 días la mayor parte de los análisis políticos giraron en torno al caso de Manuel Adorni, la parálisis en parte de la gestión que generó el tema en la Casa Rosada, y la feroz interna que su tambaleante situación desató entre propios y ajenos. La lectura dominante de la política tradicional apuntó a un Gobierno nacional enfrentado por sus propias intrigas palaciegas: un Santiago Caputo que avanza casillero por casillero en el área de comunicación externa, sumando cercanía ahora con la vocería y la Secretaría de Medios con nombres de su entorno (lo cual tiene cierta lógica si de comunicación hablamos); y una Patricia Bullrich a la que la oposición acusa de “jugar sola”, concentrando poder de manera personalista y construyendo para sí misma mientras viste el traje de jefa del bloque oficialista del Senado.

Desde el laboratorio libertario, no obstante, el contraataque discursivo es inmediato: aseguran que las fricciones no tienen la gravedad que les asignan los analistas y que, en realidad, el verdadero festival de la fragmentación habita enfrente. A la luz de los hechos recientes, la realidad indica que las internas se presentan como el denominador común de la política en general, sin importar si de oficialismo u oposición hablamos.La idea de que las disputas facciosas y el canibalismo son una franquicia exclusiva de quienes llevan adelante la gestión choca de frente con la realidad de un arco opositor que cruje.

No es exclusividad del oficialismo, por más que los lideres opositores busquen en esa narrativa generar preocupación por lo que se marca como caótico. El virus de la fractura expuesta atraviesa de manera transversal tanto al macrismo como al radicalismo y al peronismo, convirtiendo a las fuerzas tradicionales en un archipiélago de facciones en guerra permanente, donde el pase de facturas interno cotiza más alto que la consolidación de un proyecto alternativo de gobernabilidad.El caso de Propuesta Republicana (PRO) es un ejemplo nítido.

El escándalo por las inconsistencias patrimoniales del propio Adorni colocó al partido de Mauricio Macri ante el espejo incómodo de tener que conciliar su histórico discurso de transparencia institucional y republicanismo con las urgencias de la supervivencia legislativa. Nuestra posición fue coherente de principio a fin.

Primero pedimos explicaciones y una vez conocidas, entendimos que Manuel Adorni no puede seguir en el cargo.En el Congreso el PRO impulsó la apertura de la comisión para emitir dictamen y avanzar con el tratamiento de los…— PRO (@proargentina) June 23, 2026Aunque en los pasillos del Congreso las usinas del espacio dictaminaron de inmediato que la continuidad del funcionario era éticamente insostenible, la distancia con el recinto de la Cámara de Diputados marcó un doble discurso público: el bloque decidió no sumar sus votos a la moción de censura impulsada por la oposición dura. La justificación fue el clásico manual de supervivencia: “no hacerle el juego al kirchnerismo”.

La misma que también utilizó la UCR mostrando una diferencia entre lo que se dice y lo que se hace. Bajo esa premisa, la táctica consistió en mirar para otro lado y exigir de manera tajante que sea el peronismo el que consiga el quórum por sus propios medios, sin el auxilio de las bancas amarillas.

Una pirueta retórica muy efectiva para el consumo de las redes sociales, pero que en la fría realidad de los números parlamentarios operó como un respirador artificial para la Casa Rosada. El PRO condenó así con vehemencia en los sets de televisión, pero se evitó ejecutar políticamente en el recinto.Esta ambivalencia refleja el diseño de pinzas que Mauricio Macri encabeza.

El caso Adorni provocó que acelerara el armado de su propio proyecto con recorridas federales por el interior del país. Para ejecutar esta presión sin romper los puentes del todo, el PRO recurre a una estricta división de tareas repartidas entre quienes personifican al policía bueno y al policía malo.

El jefe de Gobierno de la Ciudad, encarna al primero, obligado a un diálogo maduro y fluido con el Ejecutivo nacional debido a las necesidades de cumplimiento de pagos de deuda y coparticipación para la Ciudad de Buenos Aires por parte del Gobierno Nacional. El expresidente, liberado de las cadenas de la gestión diaria, hace de policía malo, marcando la cancha para recordarle a los libertarios que el apoyo legislativo no es un cheque en blanco y que el valor del PRO para la gobernabilidad ha sido peligrosamente subestimado por los estrategas del oficialismo.No obstante, empezaron a cobrarse facturas internas de un altísimo costo simbólico.

La decisión de resguardar de hecho al jefe de Gabinete en el Congreso detonó la renuncia irrevocable de Esteban Bullrich al partido, un portazo que sacudió los cimientos éticos del espacio por tratarse de uno de los nombres fundacionales más respetados de la fuerza. En una carta cargada de peso moral dirigida de manera directa al propio Macri, el exsenador advirtió que cuando la conveniencia táctica pesa más que la responsabilidad histórica, el liderazgo pierde por completo su sentido profundo.

La réplica oficial no tardó en llegar para intentar poner paños fríos: Fernando de Andreis, uno de los hombres más activos del partido, asumió la ingrata tarea de salir al cruce del reproche moral. Manifestando su dolor personal por una historia compartida durante más de dos décadas, De Andreis rechazó la acusación de oportunismo o blindaje y justificó la decisión argumentando que el PRO decidió encauzar el reclamo mediante un proyecto propio de interpelación en el Senado para el próximo 2 de julio, evitando sumarse a un “show político” montado por el kirchnerismo.

Una jugada legislativa que la Casa Rosada desestimó con presteza a través de la propia Patricia Bullrich bajo el pretexto de no convalidar un “escarnio público” a la figura del ministro.Pero si en las filas del PRO hay ruido, en el universo del Partido Justicialista el panorama directamente adquirió características de un escándalo a cielo abierto. La parálisis récord del Senado bonaerense, que llevaba más de seis meses sin sesionar por el enfrentamiento entre el “axelismo” y el ala dura de La Cámpora, estalló de la peor manera en la legislatura.

Lo que debió ser un debate formal luego de un largo letargo institucional se transformó en el ring de una interna salvaje que dejó en ridículo la retórica de la unidad opositora.La fractura quedó expuesta ante las cámaras cuando los senadores peronistas Mario Ishii y Sergio Berni salieron con los tapones de punta a cruzar directamente la gestión de Axel Kicillof. El orden del día saltó por el aire cuando el intendente de José C.

Paz arremetió contra el Gobernador por bloquear el tratamiento de sus proyectos de emergencia sanitaria y alimentaria y lo invitó públicamente a “caminar el conurbano” para ver cómo los hospitales públicos están desbordados, desabastecidos de insumos básicos y con demoras graves en la provisión de vacunas en pleno invierno. El discurso fue tan duro, que a la presidenta del cuerpo y vice de la provincia, Verónica Magario, no le quedo otra que salir al cruce.

No tuvo mejor idea que apagarle el micrófono a Ishii, barón histórico del propio PJ, con el argumento de que se había excedido del tiempo reglamentario de cinco minutos. Lejos de calmar las aguas, la intervención técnica de Magario, encendió la andanada de Sergio Berni.

El jefe del bloque oficialista en la Cámara alta —pero alineado con la facción kirchnerista dura— saltó en defensa de su par y cuestionó con ironía la legitimidad y composición del cuerpo, recordando con veneno discursivo que tanto Kicillof como Magario ocupan hoy sus sillones ejecutivos exclusivamente gracias al peso político de Cristina Fernández de Kirchner. La tensión escaló a los gritos y reproches mutuos hasta que Magario, por segunda vez en la jornada, ordenó cortar el micrófono de Berni, sellando una postal caótica.

Antes de bajar del estrado, el exministro de Seguridad disparó una propuesta que pocos estarían dispuestos a aceptar: exigir que el Senado devuelva formalmente al Poder Ejecutivo el presupuesto correspondiente a los seis meses en los que la Cámara alta permaneció paralizada por los caprichos de la propia interna partidaria.El espectáculo brindado en La Plata y el equilibrismo táctico ensayado en el Congreso nacional confluyen en el mismo diagnóstico. Las vertientes de la oposición política argentina se encuentran hoy devoradas por sus propias dinámicas de facción.

El PRO se debate entre ser el tutor institucional de un gobierno al que teme fortalecer demasiado o el cómplice silencioso de sus desprolijidades; mientras que el peronismo bonaerense, por su parte, convierte la Legislatura del principal distrito del país en un escenario cruzado de facturas personales de cara a la sucesión provincial, desconectándose por completo de las urgencias de la gestión y la demanda social.Mientras tanto, en la Unión Cívica Radical conviven visiones alejadísimas de la unidad: una es la del ala que lidera Martín Lousteau, empeñada de alguna forma en mostrarse como oposición dura; otra la de los gobernadores, obligados por el peso de sus cajas provinciales a sobre actuar una gobernabilidad amigable con la Casa Rosada; y en otro orden, los legisladores, que como resultado de eso dividen sus votos. En fin, historia conocida.

Un cúmulo de voluntades individuales con un sello histórico que discute al oficialismo pero no puede mostrar hace años un liderazgo aglutinador del espacio. La gran incógnita que queda como resultado de estos episodios en el mapa político es cuál será el costo real de tanta fragmentación.

En el arriesgado intento de jugar a dos puntas a la vez, de dirimir liderazgos y de anteponer el cálculo de conveniencia personal a todo lo demás, las fuerzas de la oposición corren el serio riesgo de vaciarse de contenido. Mientras la dirigencia tradicional se entretiene en su propio laberinto de pases de facturas, el oficialismo encuentra en la fragmentación de sus adversarios su mejor y más duradero seguro de vida política.

El espejo de las internas es deformante: la oposición cree estar describiendo las debilidades del Gobierno, pero cuando mira con atención, descubre que también está retratando a sus propios monstruos.