El memorándum de entendimiento firmado entre Pemex y la empresa brasileña Petrobras debería ser un modelo para replicar en el sector energético con otras empresas privadas. En los hechos, el acuerdo establece una cooperación estratégica y técnica para evaluar, desarrollar y ejecutar de manera conjunta proyectos petroleros, sobre todo en aguas profundas, donde la empresa brasileña tiene amplia experiencia.

El memorándum incluye el desarrollo de oportunidades en las áreas de exploración y producción, y de procesos industriales, así como el intercambio de experiencias sobre aspectos regulatorios e institucionales del sector. Todo esto es importante porque este acuerdo se establece con una empresa que tiene control del Estado brasileño, pero que en realidad es privada.

Los inversionistas privados que son los que aportan la tecnología y también llevan la operación y tienen 71.33% de las acciones de Petrobras, una empresa que cotiza en la Bolsa. El gobierno tiene 50.25% de las acciones ordinarias, de las que votan en el consejo, y eso le permite mantener el control.

Pero los inversionistas privados tienen casi la totalidad de las acciones preferentes y son los que aportan los recursos que permitieron el rescate de Petrobras. La petrolera brasileña es una empresa privada bajo control estatal.

Un modelo que sería interesante replicar en Pemex, porque permitiría sanearla. Lo impulsó Lula en su primer gobierno, cuando Petrobras estaba, literalmente, quebrada, como lo está hoy Petróleos Mexicanos y, más allá de cualquier otra controversia, fue su mayor éxito en el gobierno.

Fue un modelo que influyó en la reforma de Peña Nieto y que incluso se le propuso a López Obrador y que éste siempre rechazó, porque estuvo asesorado en todos los temas energéticos por Manuel Bartlett, que negaba cualquier participación privada en el sector. Lula hizo una reforma acompañada por inversionistas de su país y del extranjero.

Tuvo un papel central (lo tiene todavía) la empresa Odebrecht, que luego fue castigada por casos de corrupción que alcanzaron al propio mandatario brasileño, pero para Petrobras, ese esquema fue su salvación y la han hecho una empresa rentable y eficiente. Ese mismo esquema tendría que replicarse en México, para salvar a Pemex y a la industria energética.

Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum, hablando de energía, expresó que no había apagones, sino fallas en la transmisión. Es un juego de palabras, pero, en última instancia, tiene razón: nuestro verdadero problema, que los tenemos y muchos, no están tanto en la generación de energía, sino, sobre todo, en la transmisión, en la forma en que esa energía llega a casas y empresas.

La transmisión de energía no se abordó ni siquiera en la reforma de Peña Nieto y durante López Obrador el control del Estado se hizo más estrecho aún. El problema es que el Estado no tiene recursos suficientes para garantizar un eficiente suministro de energía y no renueva los sistemas de transmisión.

López Obrador y su ideólogo en estos temas, Manuel Bartlett, se opusieron constantemente a cualquier apertura al sector privado, ni siquiera como inversionista. Bartlett fue el responsable del estancamiento del sector eléctrico por razones ideológicas, engañó al expresidente sobre la capacidad real de la CFE y cerró la puerta a la inversión privada, lo que derivó en los actuales faltantes de energía.

Durante el pasado sexenio no hubo nueva inversión en electricidad, justamente por tener al frente de la CFE a alguien que desconocía el sector, que se basó en criterios ideológicos desfasados de la realidad y que “no sabía lo que implicaba una empresa de ese tamaño” (es lo que dice Julio Scherer en el libro Ni venganza ni perdón). El argumento de Bartlett, de acuerdo con Scherer, era que los privados estaban “arropados” por intereses estadunidenses que querían apropiarse de la energía mexicana.

Según Bartlett, comenzarían por inversiones en gasoductos y generación de energía y terminarían apropiándose de todo el sistema. Era un sinsentido porque el gas, hoy, lo importamos de Texas y porque, en términos de energía eléctrica, el suministro no sólo está bajo control soberano del Estado, sino porque desarrollar ese sistema y hacer llegar la energía a todos los rincones del país es un requisito básico para poder desarrollar territorios, como buena parte del sur de México, que no pueden crecer por muchas razones, pero una de ellas, la principal en términos de infraestructura, es porque no hay energía suficiente (a pesar de ser de los grandes generadores) como para hacerlo.

En tiempos mundialistas, acuerdos como el firmado con Petrobras pueden ser el puntapié inicial para cambiar un sistema obsoleto, anacrónico, ineficiente y que, fuera del discurso ideologicista, ya no aporta nada al país. CUBA, SIN OPCIÓN Mientras tanto, no lejos de México, el régimen cubano se derrumba: esta semana hubo nuevas sanciones, nadie ha tomado demasiado en serio las reformas propuestas por el régimen porque llegan con 20 años de retraso.

Ayer, en Panamá, en el foro anual de la OEA, celebrado en Ciudad de Panamá, el subsecretario de Estado estadunidense, Christopher Landau, remarcó que el aparato castrista lleva 67 años en el poder sin elecciones libres, y expresó que el sistema político de La Habana está “colapsando” y que la isla “no tiene otra opción” que cambiar su modelo de gobierno.