El sistema universitario tiene enormes desafíos por delante como avanzar en flexibilidad curricular, articular mejor los programas, actualizar metodologías, mejorar las evaluaciones y ofrecer experiencias formativas acordes al mundo que viene. La IA debiera ser parte de esa conversación.

Debiera ayudarnos a pensar cómo se aprende mejor, cómo se enseña mejor y qué capacidades serán relevantes en el futuro. No obstante, el nivel de copia, sustitución del trabajo propio y uso indebido en evaluaciones es tan alto, que muchas instituciones estamos más preocupadas de prevenir esos malos usos que de aprovechar sus posibilidades pedagógicas.La solución, nos dicen, es que cambiemos las formas de evaluar.

Y sí, es necesario avanzar hacia instrumentos más auténticos, aplicados y significativos. Pero también es cierto que hoy nos vemos forzados a restringir buenas formas de evaluación, como ensayos o resolución de problemas complejos, salvo que se realicen en la sala, bajo condiciones controladas y en modalidad “lápiz y papel”.

El problema es que pensar, escribir, revisar, corregir y volver a formular una idea requiere tiempo. Si eso debe hacerse en un horario acotado, se pierde parte importante del proceso formativo que queríamos promover.Las universidades han reaccionado de distintas maneras.

Algunas promueven un uso responsable y ético de la IA, con lineamientos sobre cuándo y cómo utilizarla. Otras han optado por restricciones más estrictas.

A ello se suman medidas cada vez más frecuentes para evitar su uso indebido en evaluaciones: prohibición de celulares y relojes inteligentes, revisión de objetos personales, mochilas al frente de la sala, permisos restringidos para salir durante las pruebas y fiscalización de dispositivos electrónicos.Y aquí aparece una preocupación de fondo. Por supuesto que debemos cuidar la integridad académica.

Por supuesto que una evaluación debe ser justa y que copiar tiene consecuencias. Pero me preocupa que tengamos que destinar tantos esfuerzos, tiempo y recursos a impedir que los estudiantes hagan trampa.

Me preocupa que, para proteger el aprendizaje, terminemos construyendo entornos cada vez más policiales.¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Por qué tantos estudiantes parecen dispuestos a hipotecar sus aprendizajes por una buena nota o una solución rápida?

En un mercado laboral cada vez más exigente para los recién egresados, ¿por qué arriesgar aquello que más necesitarán?: sus capacidades reales. Con o sin IA, si aprender se transforma solo en cumplir, aprobar o avanzar, entonces la copia aparece como un atajo razonable.

Pero si aprender vuelve a ser una experiencia con sentido, la integridad académica deja de ser una norma externa y se convierte en parte del compromiso con la propia formación.La IA no es la culpable de este problema. Lo hizo más visible, más urgente y más difícil de ignorar.

La pregunta de fondo es si seremos capaces de responder no solo con más controles, sino también recuperando algo esencial: la motivación por aprender.Por Soledad Arellano, vicerrectora académica y de Investigación UAI