Mil quinientos kilómetros separan a Dallas de Ciudad de México si se traza una línea recta imaginaria. Un 22 de junio de 2026, la conexión a través de una pelota redujo cuarenta años de recuerdo y nostalgia a un presente vivo y emocionante.

Si por la mejor actuación de la historia de un jugador en los mundiales se la decretó como el Día del Futbolista Argentino, la pulverización de un nuevo récord para presentar al nuevo máximo goleador de toda la historia, le agregará otro nombre propio a la celebración. No podía ser otra jornada que esa, en la que Diego Maradona y Lionel Messi acercaran mágicamente cuatro décadas, para hermanarse desde el talento, sus zurdas y los colores celeste y blanco de la selección argentina.Aceptada gustosamente por este periodista en su última nota, la incompetencia para describir con palabras sus nuevas proezas, la actuación de Lionel Messi explicó una vez más la distancia del resultado frente a los duros austríacos.

El “insatisfecho serial” rescató a su tropa y se recompuso luego de fallar un penal, sacudiendo a un equipo que quedó aturdido y en estado de shock ante una pizca de humanidad e imperfección de su máximo estandarte. Como en tantas oportunidades, quedó claro que la más grande injusticia que se comete con Messi es quedarse solo con su talento.

Tozudo, perseverante y voraz, su duda resultó el mejor combustible para reescribir la historia moderna de las Copas del Mundo. Lo mejor que le pasa a la selección argentina es que todas sus acciones de ataque, goles incluidos, lo tienen como protagonista.

Lo llamativo es que, por ahora, se trata de un monopolio que deberá comenzar a diversificar los nombres.Con unos cuantos puntos de coincidencia entre ambas victorias, la diferencia sustancial fue la cantidad de minutos que el equipo gozó de un par de goles de ventaja en el resultado, para encontrar la calma que derivó en el disfrute del juego. Ante Argelia fue algo más de media hora, frente a Austria apenas un puñado de minutos.

En ambos encuentros el equipo de Scaloni perdió la pelota sin sufrir grandes contratiempos por ello, pero tratándose de un equipo que necesita del balón para poder reconocerse, la larga secuencia de pases le dejó lugar a un juego utilitario y musculoso.Saber que se cuenta con capacidad de adaptación de acuerdo a las necesidades del juego es valioso. Comprender que constitutivamente este equipo crece y elabora su juego desde la posesión, es lo que le devolverá su genética.

Imaginábamos un Mundial con el equipo funcionando y Messi como la piedra preciosa, pero por el momento sin tener una dependencia absoluta del crack, es el equipo el que acompaña el rendimiento asombroso de Lionel. Los austríacos propusieron un juego de una intensidad física, que entre tanto amistoso recaudador, nos recordó la imperiosa necesidad de experimentar alguno con este tipo de exigencia.

Aún desde esa carencia, el equipo resolvió con oficio la propuesta de los europeos.Con la grata revelación de Facundo Medina en el lateral izquierdo, la confirmación de Lisandro Martínez derribando cualquier parámetro sobre el biotipo del marcador central y algunos destellos de calidad de los mediocampistas, la clasificación asegurada y la certeza del primer lugar en el grupo permite proyectar a mediano plazo, algo que en un Mundial es una vida. Recuperar a “Cuti” Romero y a la mejor versión de los competidores en el lateral derecho es una tarea imprescindible.

Deseando que ante Jordania se abra el grifo goleador para los centrodelanteros, sólo queda esperar rival para ese octavo partido agregado que serán los dieciseisavos de final, con la convicción de que cuando aparezcan enigmas más complejos el equipo encontrará solidas respuestas.En la Copa del Mundo de las estrellas, ninguna brilla tanto como el 10. El mundo sigue a sus pies y el equipo acompaña.

Messi logra convencernos de que algunos milagros existen. Como que el DF mexicano y Dallas nunca estuvieron tan cerca.