Drácula II, resurrección: una puesta que no consigue revivir el mito

Libro y Dirección: Pepe Cibrián Campoy. Música: Pablo Flores Torres.
Intérpretes: Diego Duarte Conde, Antonela Cirillo, Heidy Viciedo, Michel Hersch, Melina Kantor, Thomas Alí Vallejo, Lujo Burgos, Daiana Chorni, Lina M. Cruz, Emiliano Cuetara, Sofía Daher, Yazmín Damoli Pedercini, Julieta González, Julieta Lamperti, Carmelo Lancava, Fernando Liao, Ana Loustau, Richard Manis, Sofía Matta Malaga, Micaela Mujica, Juana Nieto, Bruno Novas, Gabriel Renteria, Gustavo Ronchi, David Ezequiel Sosa, Eugenia Stanovik, Mateo Torino y Daiana Urruchúa.
Escenografía: Vanesa Abramovich. Pantallas y visuales: María Eugenia Bras Harriott.
Coreografía: Matías Ramos. Vestuario: Vanesa Mascolo.
Arreglos musicales: Yair Hilal. Coordinación de actores: Juan Álvarez Prado.
Iluminación: P. Cibrián Campoy, Adrián Hawryszkow y Alejandro Huella.
Dirección de coros: Juan Pablo Ragonese. Lugar: Gran Carpa Circo Rodas.
Hipódromo de San Isidro (avenida Santa Fe y avenida de la Unidad Nacional). Funciones: jueves 25, viernes 26, sábado 27, a las 20.30; domingo 28, a las 19.
Duración: 2 horas y media con intervalo. Nuestra opinión: regular.¿Por qué volver con Drácula, a 35 años de su mítico estreno y a cuatro de su despedida final?
Esa respuesta no es atribución de la crítica, pero sí del autor y director Pepe Cibrián Campoy que se adelanta en la gacetilla de prensa para decir que “volver no es repetir” porque “esta resurrección no habla solo de vampiros, habla de lo que persiste y de aquello que sigue buscando, redención en el amor”. En líneas generales, tiene razón.Drácula II, la resurrección no es Drácula, el musical.
Claro que, sin ánimo de comparar, no se puede pensar en una sin la otra. A juzgar por el cartel “Continuará” con que termina la obra, será parte de una saga draculiana en la que, como en el cine, cada nueva aparición debería ser considerada por su propio peso.También es certero que “de vampiros”, casi nada.
Siempre el Drácula de la dupla Cibrián y el músico y compositor Ángel Mahler hizo foco en la historia de amor, pero en este último caso -ya sin Mahler y con música de Pablo Flores Torres (y arreglos de Yair Hilal)- no hay peligro de colmillos. El ingrediente de terror gótico está licuado, solo aparece como encuadre de un melodrama de telenovela clásica o de película de los años cuarenta: una señora, joven, viuda y aristocrática, después de años de soledad y flores en el cementerio, vuelve a enamorarse y ser correspondida, hasta que un terrible secreto se revele y deje más tela para cortar.
Este Drácula, cuyo nombre es el título de la obra, aunque resurrecto, debería ser Drácula y en esta nueva apuesta está más cerca de un galán antiguo que del mito vampírico. El elenco está integrado por un muy activo y presente ensamble de 23 bailarines y cantantes, más los cinco protagonistas.
La principal es Mina (Antonela Cirillo, cantante surgida hace más de una década en el reality La voz argentina), madre de Jonathan Harker Hijo (Michel Hersch, actor que se destacó en el musical del off Personas que se encuentran en lugares) y amiga de Magui (Melina Kantor, que también trabajó en Calígula, el musical, de Cibrián Campoy, en 2025). A Mina la vemos por primera vez vestida de luto, frente a la tumba de Drácula quien, después de tantas invocaciones y por gracia divina, vuelve a la vida para una segunda oportunidad, pero como un mortal llamado Wolf (Diego Duarte Conde, el que más ha trabajado con el autor y director) y con amnesia total acerca de su pasado.
El único personaje que sabe de qué se trata este pasaje entre mundos a la búsqueda de redención es Roxana, interpretada por Heidy Viciedo (cantante de origen cubano, trabajó en producciones de José María Muscari), quien también hace otro personaje, Rubí, la dueña de un cabaret, pero queda algo difuso cuando es una u otra.Drácula II no se presenta en los estadios Luna Park, donde nació, ni en el Movistar Arena (donde hizo sus últimas funciones en Buenos Aires en 2022), sino en el Hipódromo de San Isidro, en una carpa con capacidad para 1300 personas, producto de la asociación entre Cibrián Campoy y el Circo Rodas. Algunas aclaraciones sobre el espacio: si funciona la calefacción y si no hay largas esperas para ingresar, no habrá inconvenientes pero, por las dudas, llevar abrigo.
En cualquier caso, no se trata de una experiencia “inmersiva” como se promociona. Al menos en la función presenciada -puede que ya esté solucionado- había dificultades con el sonido: la letra de las canciones no se escuchó bien.
Hay un gran despliegue de vestuario, diseñado por Vanesa Mascolo: alrededor de 240 trajes de época (la historia sucede en Whitby, Inglaterra, en las primeras décadas del siglo XX), con mucho brillo, sedas, perlas y batas vaporosas. Si bien hay una escenografía “material” (sillones chaise longue, mesas y sillas del cabaret, por ejemplo), la vedette es el videomapping: el cementerio, la tumba de Drácula, la abadía abandonada, Venecia, la biblioteca, la iglesia y los cuadros, entre otros, todo está proyectado en el fondo del escenario con una estética símil inteligencia artificial que encanta al principio y cansa después.
Pero Drácula II, no olvidarlo, es un musical. Hay muchos cuadros con canto y danza correctos, muy divertido el del cabaret Rubí e innecesario el de Club de hombres Wellington, pero no hay canción ni tema instrumental con el que se salga cantando, bailando o con algún acorde retumbando en nuestra memoria.
No se trata tampoco de los intérpretes que son mejores cantantes que actores y actrices (salvo Melina Kantor, muy dúctil para extraer lo que se pueda de su personaje). Seguramente falten ajustes de luces y sonido, delay entre escenas y más recorrido para lograr fluidez.
Cibrián Campoy, que disfrutó todo el abanico artístico con éxito, decidió empezar otro viaje, otro riesgo, otras oportunidades, otras críticas y eso, por sí mismo, es valorable. 2 stars
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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