SANTA FE.— Una investigación internacional liderada por la Universidad de Míchigan (Estados Unidos) logró descifrar uno de los enigmas químicos más fascinantes de la astronomía moderna: el origen del cometa interestelar 3I/ATLAS . Utilizando el potente observatorio ALMA, ubicado en el desierto de Atacama en Chile, los científicos descubrieron que este misterioso visitante errante se formó en un entorno extremadamente frío, aislado y hostil de la Vía Láctea, mucho antes de que naciera nuestro propio Sol.

El hallazgo, publicado recientemente en la prestigiosa revista Nature Astronomy , confirma que 3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar confirmado en la historia y, posiblemente, el más antiguo jamás observado. Con una edad estimada de hasta 11.000 millones de años (más del doble que el sistema solar), esta inofensiva bola de hielo y roca ofrece una ventana sin precedentes a la química del universo primitivo.

Deuterio: la huella química del frío absoluto La clave del descubrimiento radica en el análisis espectroscópico del agua congelada transportada por el cometa. Los astrónomos detectaron cantidades extraordinariamente elevadas de deuterio, también conocido como "hidrógeno pesado" .

Esta firma química es una prueba irrefutable de que el objeto se consolidó bajo temperaturas extremadamente bajas. "La altísima proporción de deuterio nos indica que el cometa se originó en un rincón de la galaxia considerablemente más frío que nuestro propio entorno cósmico", explicó Teresa Paneque-Carreño, astrónoma de la Universidad de Míchigan y autora principal del estudio.

Según los modelos físicos presentados, el cuerpo celeste se condensó incluso antes de que la estrella de su sistema natal llegara a formarse. Mientras que nuestro Sol se gestó rodeado de otras estrellas recién nacidas que calentaron el vecindario cósmico primitivo, la estrella madre de 3I/ATLAS habría sido mucho más solitaria.

Esta falta de radiación externa permitió que el cometa conservara intactos sus componentes volátiles originales a lo largo de miles de millones de años de travesía por el medio interestelar. Un seguimiento sin precedentes El cometa fue descubierto a mediados del año pasado, lo que otorgó un margen de tiempo ideal para que agencias espaciales de la talla de la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) coordinaran esfuerzos globales.

Diversos telescopios espaciales y terrestres apuntaron sus lentes hacia la roca helada mientras sobrevolaba Marte en octubre, alcanzaba su punto de máxima aproximación a la Tierra en diciembre y pasaba cerca de Júpiter en marzo de este año. Aunque en sus primeras observaciones luego de el paso por el perihelio (su punto más cercano al Sol) el cometa sorprendió por su extraño brillo azul, anomalías en su trayectoria y una inusual emisión de gases —llegando a levantar sospechas infundadas sobre un posible origen artificial—, los análisis del observatorio ALMA sepultaron cualquier teoría conspirativa.

Los datos confirman de manera definitiva su naturaleza completamente orgánica, compuesta por agua, dióxido de carbono, cianuro y una aleación de níquel inédita. Adiós definitivo al Sistema Solar En la actualidad, el colosal viajero espacial se encuentra navegando bastante más allá de la órbita de Júpiter en una trayectoria hiperbólica irrefrenable .

Debido a su enorme velocidad (cercana a los 210.000 km/h) no se encuentra ligado gravitacionalmente al Sol, lo que significa que continuará su viaje hacia los confines del espacio profundo y abandonará definitivamente nuestro sistema solar para nunca más regresar. Su observación está reservada hoy únicamente para especialistas equipados con tecnología de alta complejidad, pero el legado de su paso reescribió lo que sabemos sobre la evolución química de la galaxia.