Roberto Canessa, médico cardiólogo: "A veces en la vida te toca hacer el trabajo más difícil por el bien de muchos"

A veces, la diferencia entre la vida y la muerte no está en la fuerza física, ni en la suerte, ni siquiera en las circunstancias. Está en una decisión.
La historia de Roberto Canessa forma parte de uno de los episodios más extremos del siglo XX. Pero reducirla a una tragedia sería quedarse en la superficie.
Porque lo que realmente emerge de su testimonio, más de 50 años después, no es el recuerdo del horror, sino una idea mucho más poderosa: la capacidad humana de encontrar sentido, incluso en el límite. Esta entrevista no busca volver a narrar lo ocurrido en la tragedia de los Andes en 1972, en la cual un grupo de rugbistas y amigos uruguayos sufrió la abrupta caída del avión que los llevaba hacia Chile, sino entender qué mentalidad permitió atravesarla, y cómo ese aprendizaje se transformó en una manera nueva de vivir. —De los 45, sobrevivieron 16.
Vos fuiste uno. ¿En ese momento límite, cuando escucharon por la radio que no los buscaban más, que los daban por muertos, por qué decidiste salir a caminar junto a Nando Parrado? —Yo miraba a todos y me preguntaba quién estaba en condiciones de hacerlo.
Enseguida, un compañero, Augusto Nogueira me expresó una frase que me marcó para siempre: “Yo tengo las piernas rotas, qué suerte tenes vos de poder salir a caminar. Yo dependo de vos para sobrevivir”.
Ahí entendí que no era una decisión personal: mis piernas pertenecían al grupo. Tenía que hacerlo por todos.
Yo era el que estaba en mejor estado físico, y eso implicaba una responsabilidad. No salir era, de alguna manera, abandonar al grupo.
A veces en la vida te toca hacer el trabajo más difícil por el bien de muchos y no el que más te conviene. Por lo tanto, miré al cielo y le dije a Dios: “Yo pongo mi compromiso pero vos dame una mano”.
Annie Coleman. La experta en longevidad de Stanford explica por qué la planificación financiera es esencial para una vida más larga—¿Qué pasó por tu cabeza para decidirte a caminar hacia lo “imposible”, sin garantías de nada? —Me ayudaba no pensar en todo el recorrido, unos 70 kilómetros.
Eso se me hacía imposible. Yo me decía: “Son 100.000 pasos”.
Y cada paso que daba era uno menos para acercarme a la salvación. Me repetía interiormente: “Un día darás el último paso”.
Eso me guiaba. Cuando dividís algo enorme en partes pequeñas, deja de ser inabarcable.
Se vuelve transitable. —¿Cómo se construye una actitud mental positiva en un contexto extremo de soledad, frío, hambre y miedo? —Lo primero que entendí fue que, amar al prójimo como a uno mismo no significa amarlo más. Primero hay que cuidarse a uno mismo, mantenerse lo más sanamente posible y luego ayudar a los demás.
Si uno no se cuida pasa lo que le sucedió a Numa Turcatti que pesaba 47 kilos, había fumado siempre dos cajas de cigarrillos por día. Entonces, cuando se puso a trepar la montaña, volvió con un esguince que después se le infectó y murió.
Cada uno debe ser consciente de sus limitaciones. En mi mente también intentaba focalizarme en el presente, en cada minuto, cada día.
En resolver lo inmediato. En cómo pasar la noche, en cómo dar el siguiente paso.
La cabeza no puede irse al desastre, porque te paraliza. Sabía que debía anclarme en lo concreto, en lo posible.
Y sostener la idea de que hay una salida. —Cuando supiste que los habían dado por muertos, ¿de dónde brotó la esperanza? —De una convicción interna. Nosotros pensábamos que tal vez al día siguiente llegaba el rescate.
Aunque nos hubieran abandonado, esa idea nos mantenía vivos. Yo siempre me repetía: “Mientras hay vida, hay esperanza”.
No era una frase hecha. Era una forma de resistir. —¿Por qué no te dejaste morir y elegiste vivir? —No me quería entregar.
Tenía curiosidad por saber cómo iba a ser mi muerte. Parece algo funesto pero fue así.
Y mientras esa pregunta existiera, yo seguía eligiendo vivir. No quería rendirme antes de tiempo. —Después vino otro horror: el alud que mató a 8 más.
¿Qué pasó ese día? —El alud fue un infierno. Pero a la mañana siguiente vimos que era de día porque entraba luz y Carlitos empezó a bromear: “Hoy es un día importante, es el cumple de mi hermana, vamos a hacer un asado”.
Yo le contestaba: “Callate Carlitos se murieron más compañeros, y estamos acá enterrados vivos”. Pero él insistía: “Canessa que mala onda tenés, no te voy a invitar al asado”.
Mantener el sentido del humor en los momentos más terribles ayuda y mucho. Reírte de tu propia desgracia te fortalece.
No victimizarte también. Jessie Inchauspé. “Los errores más comunes para tener una vida saludable son la restricción y la perfección”—En medio de todo eso, ¿qué te sostenía emocionalmente? —A mí me ayudaba pensar, no tanto en cómo salir, sino para qué.
Mi por qué y para qué era muy claro: volver a ver a mi mamá. Yo la imaginaba angustiadísima y quería decirle: “Mamá no llores más acá estoy”.
Eso hace que te postergues y vayas en pos de un fin que va más allá de uno. Sabía que eso era lo que ella más quería.
Y yo sentía que, de alguna manera, ella presentía que yo estaba vivo. Luego me enteré que venían las amigas a casa a darle el pésame y ella las echaba diciéndoles: “Roberto está vivo, lo siento en el pecho”.
La gente pensaba que estaba loca. Teníamos conexión y diálogo; yo le mandaba mensajes mentalmente: “Mamá estoy vivo, búsquenme”.
Y Raquel Arocena, madre de Gustavo “Coco” Nicolich, el día que su hijo murió en el alud ella lo sintió y expresó: “Ya no lo espero más, para mí partió”. —Hoy, más de 50 años después, ¿quién sos a partir de esta experiencia, este trauma? —Quizá una persona que entendió que, cuando vas a hacer algo que parece imposible, tenés que dar los primeros pasos. Es como aquel que le ruega a Dios con insistencia: “Me quiero sacar la lotería ayudame”.
Y un día lo harta tanto al de arriba que este le responde: “¿Compraste el número?“. Y, no.
Siento asimismo, que soy alguien que eligió transformar lo vivido en algo útil. Elegí ser médico cardiológico y dedicarme a rescatar niños, tratar cardiopatías congénitas difíciles en bebés.
Quiero darle una oportunidad de vivir a quienes sienten que no la tienen. De este modo, le estamos robando chicos a la muerte.
Tengo un caso en el que era inminente operar a un bebé que tenía una tumor dentro del útero de su madre. Vinieron los padres llorando.
Yo sabía que, en un hospital de Filadelfia habían operado cinco niños con esta enfermedad. Y les sugerí que fueran.
Hay que a animarse a dar esos pasos decisivos, eso viene directamente de la montaña. —¿Qué te dejó la montaña como aprendizaje? —Que la vida se sostiene en lo esencial. Que uno puede atravesar cosas impensadas si encuentra un sentido.
Y que la actitud es todo. No lo que te pasa, sino cómo lo enfrentas.
Podés quedarte en la tragedia o convertirlo en un desafío. —¿Sentís que hoy cargás con un peso? —No lo vivo así. Lo vivo como una enseñanza.
Me hizo más solidario, me enseñó a valorar cada día. Cuando pasas por algo tan extremo, entendes que lo importante es el hoy. —Vas por el mundo dando conferencias.
¿Por qué te gusta tanto compartir tu historia? —Veo los ojos de la gente, que son como una aspiradora; aspiran lo que estoy diciendo y les llena el alma. Siento que estoy haciendo un bien a muchos.
En eso me siento generoso. Por ejemplo, visitar una cárcel y ayudar a los presos a que no se victimicen.
Les hago ver lo que tienen, les digo: “Vos tenes comida, agua, una cama y una fecha de salida; en la montaña yo no tuve nada de esto. ¿De qué te estás quejando?
Si hacés las cosas bien vas a poder estar un día afuera como yo y podrás tener una segunda oportunidad para hacer las cosas bien". —¿Qué lugar ocupa la fe en todo este recorrido? —Un lugar enorme. Uno tiene que dar todo lo que puede.
Hacer su parte. Pero hay algo más que no depende de uno.
Yo creo que ahí entra Dios. Es una combinación entre esfuerzo y trascendencia.
Y cuando uno intenta todo (en la actualidad, salvar niños), pide ayuda al cielo, e igual mueren; me quedo tranquilo porque siento que fue una decisión del de arriba. Yo hice todo lo humanamente posible; no puedo ser vanidoso y pensar que voy a poder salvar a todos.
Lo tengo que aceptar. Elegir vivir Escuchar a Roberto Canessa no es escuchar a un sobreviviente.
Es escuchar a alguien que entendió algo esencial: que la vida no se define por las circunstancias, sino por la actitud con la que se las enfrenta. Su historia podría quedar encerrada en la excepcionalidad de la montaña.
Pero no. Porque lo que propone es profundamente cotidiano.
Todos, en algún momento, enfrentamos nuestras propias cordilleras: incertidumbre, miedo, pérdida, desamparo y desesperanza radical. Y es ahí donde su mensaje cobra sentido: no hace falta tener el camino resuelto, alcanza con dar el próximo paso.
No hace falta tener certezas, alcanza con un para qué. No hace falta que todo esté a favor, alcanza con decidir no rendirse.
Porque, como él mismo eligió creer en el momento más oscuro: mientras hay vida, siempre hay una posibilidad.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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