Contra el falso remedio del centralismo

La descentralización peruana se parece a la ilusión óptica presente en “Los embajadores” (1533), de Hans Holbein. Vista de frente, la escena parece ordenada: poder, conocimiento y autoridad.
No obstante, en la parte inferior del óleo aparece una mancha que solo cobra sentido cuando el espectador cambia de ángulo. Entonces se revela una calavera.Algo semejante ocurre con nuestra descentralización.
Desde Lima, el diagnóstico parece evidente: gobiernos regionales débiles, baja ejecución presupuestal, obras inconclusas y corrupción. La conclusión suele llegar con rapidez: el proceso fracasó y habría que desmontarlo.
Desde las regiones, no obstante, la imagen es distinta: se recibieron competencias incompletas, con recursos insuficientes y escasa asistencia técnica. Se transfirieron responsabilidades, pero no capacidades.En esa tensión han prosperado mitos propios de un país fracturado: que Lima se apropia de la renta de los recursos naturales y de los impuestos, o que en las regiones predominan la incompetencia y el desgobierno.
Ambos relatos simplifican el problema y ensanchan la distancia entre el centro político y el resto del país. Pese a ello, se habla del problema de ‘la descentralización’ como si todos observaran el mismo cuadro.La discusión, por tanto, está mal planteada.
No se trata de escoger entre Lima y las regiones. La pregunta de fondo es otra: cómo corregir un proceso, sin destruirlo, que lleva casi un cuarto de siglo.
Desmontarlo de golpe no produciría orden; podría producir caos. Lo responsable es reformarlo con ajustes quirúrgicos.La descentralización partió de una intuición correcta: acercar el poder a quienes conocen los problemas y padecen sus consecuencias.
El problema es que, en el Perú, muchas buenas ideas terminan ejecutadas al caballazo: se transfieren responsabilidades sin arquitectura institucional, sin cuadros técnicos suficientes y sin burocracia profesional. Eso no es reforma del Estado; es improvisación con membrete.
Un ejemplo cotidiano aparece en salud. Cuando un hospital regional carece de médicos, equipos o medicamentos, el ciudadano no distingue si la falla corresponde al gobierno regional o al Ministerio de Salud.
Solo sabe que no lo atendieron. Una descentralización mal diseñada convierte un problema público en una cadena de excusas: cada nivel de gobierno señala al otro mientras el servicio no llega.La crítica limeña acierta cuando señala fallas reales.
La corrupción regional existe y sería absurdo negarla. En el 2023, la contraloría estimó que la corrupción y la inconducta funcional habrían ocasionado pérdidas por S/24.268 millones; de ese monto, S/7.615 millones correspondieron a los gobiernos regionales.
Pero el dato completo incomoda y desnuda el sesgo centralista: S/11.992 millones correspondieron al gobierno nacional. El problema, entonces, no radica solo en las regiones.
Está en el Estado.Por eso, la recentralización puede sonar seductora, pero es equivocada. Puede ordenar el organigrama, pero no garantiza mejores servicios.
Lima no es sinónimo de eficiencia. Devolverlo todo a Lima cambiaría el lugar de la firma, pero no necesariamente la vida del ciudadano.El próximo gobierno debería asumir una agenda precisa en tres frentes.
Primero, competencias: resolver conflictos entre niveles de gobierno, reducir la fragmentación municipal y permitir que el gobierno nacional recupere temporalmente funciones cuando un gobierno subnacional no pueda cumplirlas, bajo causales objetivas, plazo definido y control externo. Segundo, control: fortalecer una contraloría con mayor presencia territorial e impedir la postulación de condenados en primera instancia por delitos dolosos graves.
Tercero, financiamiento: crear un fondo de estabilización del canon que reduzca la volatilidad de los ingresos regionales y permita planificar mejor la inversión pública.La calavera de Holbein aparece cuando se cambia de perspectiva. La nuestra también.
Desde Lima, la descentralización parece caos; desde las regiones, abandono. Vista con honestidad, revela algo más inquietante: el Perú no necesita volver al centralismo ni seguir repartiendo competencias sin soporte.
Mientras Lima y las regiones no comprendan el verdadero problema –y sus respectivas responsabilidades– nada se resolverá. La descentralización no fracasó por existir, sino por haber sido mal diseñada, mal financiada y peor acompañada.
Un país solvente no corrige una mala reforma con un mal retroceso. La supera diseñando mejor. *El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones.
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Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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