El siglo de Blanca Varela: las cosas que digo son ciertasSir David Attenborough, el hombre que nos enseñó a amar el planeta, cumple 100 añosComencemos con una paradoja. En la década del 20, poco después de fundarse la Escuela de Bellas Artes en 1919, había más alumnas que alumnos.

No obstante, dentro del activo movimiento cultural local, las mujeres brillaban por su ausencia. En efecto, como explica el investigador Luis Eduardo Wuffarden, los talleres de la escuela estaban repletos de señoritas de sociedad que estudiaban pintura, como una especie de formación humanista previa al matrimonio.

Por entonces, a nadie sorprendía que aquellas estudiantes no tuvieran acceso a modelos masculinos. Para ellas solo posaban féminas más o menos recatadas.MIRA: Mériam Korichi: “La filosofía clarifica el pensamiento”“Pero Julia Codesido era un caso singular”, detalla Wuffarden, responsable junto con Ricardo Kusunoki de la muestra “Codesido” abierta esta semana en la sala principal del Museo de Arte de Lima (MALI).

Venía de una familia de élite, con un padre diplomático y pintor amateur. Un patricio republicano cuya familia estaba estrechamente vinculada a los próceres independentistas.

Esa posición le permitió muy joven conocer la Europa de la ‘belle époque’, cuando surgen las primeras manifestaciones del arte modernista. No hay mucha información biográfica.

Julia no escribió más que algunas cartas y tampoco daba muchas entrevistas. Afortunadamente, la mayoría de sus documentos, junto con su legado artístico y bibliográfico están protegidos por la Fundación Julia Codesido y Estenós, promovida por la PUCP, a la espera de nuevas lecturas.

Lo que sí está claro es que luego de beber de todo el espíritu liberal de la época, ella regresa a Lima, pasa por el taller del maestro Teófilo Castillo y luego ingresa a la escuela de Bellas Artes dirigida por Daniel Hernández, influencias ambas que se aprecian en sus primeros trabajos académicos. Al poco tiempo, conoce a José Sabogal, entonces profesor auxiliar de pintura.

Es 1921, y pronto se verá la influencia que el padre del indigenismo tendría sobre muchos alumnos y, especialmente, sobre Julia. Así, la pintora abraza esta corriente pictórica y la hace suya.

No obstante, sus trabajos se distinguen claramente de los del maestro y sus compañeros, mostrándose mucho más audaz. En la muestra abierta en el MALI, podemos ver dialogar las obras de Julia y sus contemporáneos: mientras el maestro Sabogal se muestra solemne en su visión del indígena, la artista nos ofrece una humanidad sensual, pícara, notablemente vital.

Otro factor fundamental fue su vínculo con José Carlos Mariátegui, plasmado en su participación en “Amauta”, revista que sirve de plataforma para vincular el indigenismo con la efervescencia ideológica internacional. Como enfatiza Wuffarden, se puede decir que Julia Codesido es la primera pintora profesional peruana.

Muchas de sus compañeras de Bellas Artes se fueron casando y abandonando la profesión. Otras, como Elena de Izcue, se dedicaron al diseño.

Carmen Saco fue absorbida por la militancia política. Y Teresa Carvallo, su gran compañera, se dedicó a la enseñanza, como también Leonor Vinatea.

Julia Codesido vivió 95 años, y ese arco temporal abarca desde el academicismo de Hernández, el indigenismo, la abstracción, hasta las corrientes espiritualistas de los años setenta. “Todas esas fluctuaciones y matices que ella adoptó a lo largo del tiempo hacen que su legado se mantenga en plena vigencia”, afirma el curador.