Es pequeño, humilde y suele pasar desapercibido en las fruterías, pero tiene un sabor delicado y único. Tiene, asimismo, mil nombres.

En Córdoba le llaman albarillo y en Murcia albercoque o albérchigo. También se le conoce como alberguero o albercoc.

Y está muy extendido el uso de damasco, nombre con el que también se le cita en los mercados de Portugal y parte de Latinoamérica. De ahí deriva la fórmula usada en Málaga, amasquillo, que procede de darle un bocado al diminutivo damasquillo.

De piel aterciopelada y llamativo color anaranjado, el albaricoque (Prunus armeniaca) es una fruta a la que se espera con impaciencia porque es de las primeras del verano. Se adelanta tanto que se recoge en primavera, pero sus numerosas variedades permiten encontrarlo hasta casi otoño.

Aporta frescura a ensaladas y asado añade dulzor a cualquier plato. Clásicos son también los orejones, su versión deshidratada.

Y en sorbete o helado enfrían las altas temperaturas estivales. La mejor opción es, eso sí, comerlo en fresco.

Y con piel, donde están buena parte de sus nutrientes. Puro verano.

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