Una mina a tajo abierto en las selvas del río Boquerón, 1980

Cinco siglos antes de Cristo decía el historiador griego Herodoto que Egipto era un don del río Nilo. En el caso de Panamá, el país de la comunicación interoceánica es un don del río Chagres.
En su lluviosa cuenca de 3,330 Km2, se genera y almacena cantidades astronómicas de agua para operar las esclusas del Canal y suplir las potabilizadoras de las ciudades de Panamá y Colón, donde se concentra casi el 80% de la población urbana del país. La mayoría de estas aguas provienen de las selvas lluviosas en las cabeceras de los ríos Chagres, Pequení y Boquerón que luego desaguan al Madden o Alhajuela y de allí al lago Gatún.
Plagada está la historia ambiental de Panamá con proyectos hechos a la carrera y a espaldas de la ciudadanía. En 1980 me topé con uno de ellos en el río Boquerón.
En 1980 el ingeniero Irving Díaz, director del entonces RENARE, la Dirección de Recursos Naturales Renovables del Ministerio de Desarrollo Agropecuario, me solicitó estudiar los campesinos que colonizaban la cuenca del canal convirtiendo sus selvas en potreros. La región resultó compleja.
Incluía la “gente del lago”, comunidades negras descendientes de los pueblos del Chagres y de “La Línea” o viejo ferrocarril interoceánico, algunas de las cuales quedaron bajo las aguas del Lago Gatun; también había caseríos de Chocoes, indígenas venidos luego de construirse la hidroeléctrica de Bayano; también había “Cholos coclesanos”, que llegaron cuando el auge del banano entre el 1920-1950. También campesinos veragüenses, chiricanos, santeños, y herreranos; y colombianos atraídos unos por las obras del canal y otros cuando en la década de 1930 se construyó la represa de Madden.
Recorrí la región y entrevisté a muchos. Antes de iniciar el análisis de los datos y redactar el informe final fui al río Boquerón a fin de conocer la mina de la cual me habían hablado los técnicos de RENARE.
Fuimos en bote hasta la boca del río, luego anduvimos a pie por un camino de cascajo abierto en la selva paralela al río. Al topar la primera quebrada en vez de un puente, la minera había construido un enorme relleno de tierra y colocado unas pequeñas alcantarillas.
En esta zona de empinadas montañas caen 3300 milímetros de lluvia al año y esta quebrada insignificante en verano se tornaba en violento torrente en invierno. Varias veces había destruido este relleno.
Nadie sabía cuántas toneladas de tierra habían ido a sedimentar el rio y los lagos. El 11 de febrero entrevisté al gerente de la mina.
Afuera rugía la maquinaria pesada incluyendo camiones volquete con el letrero Acción Cívica, Guardia Nacional. Llevaban el manganeso hacia Colón para su embarque a una fábrica de acero en Venezuela.
Me advirtió que este proyecto era de sumo interés del Señor Presidente de la República. Que contaban con tres concesiones en el Boquerón que databan de 1957.
En Viento Frío, costa arriba de Colón, tenían otra concesión que abarcaba 14,000 hectáreas de selva. Primero trabajarían a tajo abierto, luego vía túneles por ser alta la concentración de manganeso.
Removerían la selva, luego la tierra para extraer 800 toneladas mensuales de mineral. Para lavarñp construirían unas represas y luego el agua cristalina la devolverían al Boquerón.
Reforestarían, mas no se sabía dónde ni cuándo, ni con que especies. “El problema-me enfatizó- son los campesinos que se han metido en los montes que pertenecen a la mina y talan los bosques para sus cultivos. Son la mayor amenaza a la cuenca del canal y para la compañía, pues van a secarse las quebradas que la compañía necesita para lavar el material.
Vamos a poner un ´guachimán´ para impedir que los campesinos dañen los bosques de la compañía.” La grave sequía de la corriente de El N de 1982 y 1983 sacudió la complacencia ambiental de la nación. El canal debió bajar el calado para las naves.
Estuvimos a punto de racionar el agua para Panamá y Colón. En los manglares de Panamá Viejo ardió el basurero sofocando la capital con fétido humo.
Se conformó en el Ministerio de Planificación el Grupo de Trabajo sobre la Cuenca del Canal. Ricaurte Catín Vázquez era el ministro y me dio carta blanca para organizar este equipo interinstitucional y multidisciplinario.
Vital fue el apoyo del coronel Leonidas Macías, bajo quien estaba la Policía Ecológica y para quien cualquier amenaza al canal era un asunto de seguridad nacional. Por dos años 175 técnicos analizamos los procesos de desarrollo dentro de la cuenca más importante del país.
Fue la primera visión de conjunto de su estado ambiental. Una de las prioridades fue salvar los bosques en las cabeceras del Chagres, el Boquerón y el Pequení.
Gran placer me dio cuando en la reunión final, nuestro orador, el presidente Erik A. Delvalle , expresó: “Stanley, antes de venir aquí he firmado el decreto ejecutivo que crea el Parque Nacional Chagres¨.
Ese día el país compró el seguro de vida del canal y las potabilizadoras. Un seguro ambiental que a muy largo plazo cada generación debe renovar.
Información de La Prensa (Panamá). Edición y redacción: Noticias Today.
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