La confirmación que hizo ayer la presidenta Sheinbaum de que el jueves recibirá en Palacio Nacional al rey Felipe pone, en los hechos, fin a la crisis de siete años entre México y España. Uso la palabra crisis por referir, de algún modo, el trance simbólico en que nos metió López Obrador, ya que nunca hubo ruptura diplomática ni se complicaron los trámites migratorios o de nacionalidad ni se afectó la viabilidad económica de las empresas de aquí y de allá.

Mucho menos se registró una agresión física contra españoles o mexicanos por esa causa. Varias veces referí que, independientemente de los puntos de vista divergentes sobre la Conquista, algo se estaba haciendo bien desde 2025 para conducir la relación entre ambas naciones hacia el mejor escenario posible.

Los ejemplos abundaron. Los profesionales de la política y la diplomacia hicieron un trabajo silencioso y eficaz.

La distensión fue expresándose sin estridencias ni teatralidades. La propia Presidenta le quitó ayer dramatismo a la visita.

Luego de recordar que el rey dio un paso en marzo al reconocer abusos de los conquistadores, comunicó que permanecería poco tiempo en Palacio Nacional, pues estaría de camino a un partido de futbol el viernes en Guadalajara. Los gobiernos de la 4T tendrán siempre a Hernán Cortés a la mano.

Pero después del próximo jueves, seguramente comenzará una etapa distinta. Bienvenida la concordia.