Yo creí ver en el Malecón de La Habana un muro frente al mar, una cicatriz de piedra desde donde Cuba mira una libertad siempre lejana. Fue Lourdes, cubana de esas que no llevan la isla en el pasaporte sino en la voz, quien me corrigió con una frase que todavía me acompaña: no es un muro, es “el sofá del pueblo”.

El Malecón corre frente al agua como un brazo extendido, y sobre su lomo de piedra se sienta, tarde luego de tarde, un pueblo entero. Un sofá es el lugar donde una familia se cuenta el día, donde se llora, se ríe, se espera y, a veces, se sueña en voz baja.Pienso en ese sofá de cemento que ha soportado el peso de conversaciones que no siempre podían tener lugar bajo techo.

Porque, en ciertos países, las paredes, lejos de proteger, escuchan. El Malecón ofrece lo que el régimen no: un espacio donde el viento se lleva las palabras antes de que sean usadas contra quien las dice.

Frente al mar, aunque fuera por un instante, el cubano volvía a ser dueño de su pensamiento. Durante demasiado tiempo, ver desde ese sofá hacia el horizonte fue también mirar hacia lo perdido: los que se fueron en una balsa, los que escriben desde Miami, la vida que pudo ser y no fue.

El mar que abraza es también el mar que separa. Y un pueblo que ve durante décadas hacia una libertad que no llega, aprende a llevar la nostalgia como quien lleva una segunda piel.Costa Rica conoció también ese oficio, y durante décadas lo ejerció con orgullo.

Fuimos el sofá ajeno, la orilla prestada, el país donde otros venían a sentarse cuando la historia les había cerrado la puerta de su propia casa. Aquí llegaron chilenos que huían de sus generales, centroamericanos expulsados por las guerras, nicaragüenses perseguidos por dictaduras sucesivas, las de antes y la de ahora.

También colombianos que escapaban del conflicto en los años 90 y venezolanos que huyeron del largo naufragio chavista. El parque de la Soledad, en San José, fue durante años una pequeña Nicaragua de bolsillo: hombres y mujeres sentados mirando hacia el norte, hacia la tierra prohibida, esperando.

Esa también fue nuestra forma de tener un malecón: ofrecer la propia orilla a quien había perdido la suya.Por eso duele tanto advertir lo que hemos ido perdiendo. Costa Rica, casi sin atreverse a confesárselo, ha pasado de ser tierra de exiliados y perseguidos políticos a convertirse en una diligente oficina periférica del destierro ajeno.

El país que durante décadas recibió a quienes escapaban parece hoy preocupado por demostrar que también sabe portarse bien: que puede recibir expulsados sin hacer demasiadas preguntas, que puede administrar vidas rotas con pulcritud burocrática, que puede llamar cooperación a lo que a ratos se parece demasiado a la obediencia.Esa es la verdadera derrota moral: no que lleguen migrantes, sino que lleguen sin sofá y que Costa Rica olvide que la cooperación entre Estados solo es digna cuando no exige dejar la humanidad en la puerta. Mientras el Papa, en su reciente visita a España, volvió a recordar que la dignidad humana no se negocia en las ventanillas del poder, algunos parecen empeñados en demostrar que la soberanía también puede extraviarse por exceso de servilismo.

Porque una nación pequeña puede permitirse muchas cosas, menos olvidar la única grandeza que la protegió del cinismo de los poderosos: haber sido, cuando otros cerraban puertas, una orilla decente para los perseguidos.Esa pérdida tiene nombres propios. Uno de ellos es Roberto Samcam, mayor retirado del Ejército nicaragüense, crítico del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, exiliado en Costa Rica desde 2018.

Fue asesinado en Moravia por sicarios que entraron a un condominio haciéndose pasar por mensajeros. La persecución cruzó la frontera y nos alcanzó en casa.

El sofá dejó de ser refugio. Si el exiliado ya no puede sentarse a salvo en nuestra orilla, hemos perdido algo más hondo que una vida: hemos perdido una parte de aquello que nos hacía orilla.Y en estos días, como si la lengua quisiera recordarnos que la patria también puede sobrevivir fuera de sus fronteras, Sergio Ramírez ha sido elegido para ocupar la silla L de la Real Academia Española, la que dejó vacante Mario Vargas Llosa.

La L parece escrita para él: L de lengua, L de libertad, L de literatura, L de lucidez. Don Sergio fue también, durante un tiempo, parte de nuestra casa: uno de esos hombres a quienes Costa Rica recibió cuando Nicaragua dejó de ser patria y se volvió persecución.

Y, por eso, su elección en Madrid, que debe llenarnos de orgullo, debería también incomodarnos un poco. Porque hay una pregunta que ve a nuestro país desde el fondo de esa silla académica como nos mira el Malecón desde el mar: ¿por qué ese gran nicaragüense, ese centroamericano universal, ese demócrata expulsado por los verdugos de su tierra, encontró hoy en Madrid el lugar desde donde seguir hablando por su país y no en San José, donde alguna vez tantos perseguidos encontraron una orilla?

Tal vez porque España todavía sabe que la lengua puede ser una forma de asilo, y porque nosotros, demasiado ocupados en portarnos bien, hemos empezado a olvidar que recibir a un exiliado no consiste en tolerar su presencia, sino en ayudarlo a conservar intacta la última patria que nadie puede confiscarle: su voz.La libertad no es una herencia asegurada por la historia. Es una conquista frágil, exigente, siempre inacabada, que cada generación debe volver a merecer.

Cuba no es el régimen cubano. Nicaragua no es Ortega.

Venezuela no es ese triste experimento que convirtió la esperanza en ruina y la patria en botín. Son pueblos más antiguos, más nobles y más hondos que sus verdugos.

Costa Rica tiene hoy una deuda con esa espera. Fuimos, durante décadas, el oasis donde la libertad perseguida venía a respirar.

No podemos resignarnos a que la bala del verdugo nos alcance en casa, ni a que el migrante derrotado por la historia llegue a nuestras calles sin encontrar una mano, una silla, una sombra, una palabra. Volver a ser orilla, refugio, sofá del pueblo ajeno, no es un gesto de caridad: es la única manera de seguir siendo dignos de nuestra propia libertad.Que cada cubano pueda sentarse un día en su Malecón sin miedo.

Que don Sergio ocupe la L como quien enciende una lámpara para todos los exiliados de nuestra lengua. Que la memoria de Roberto Samcam nos recuerde que ningún perseguido está verdaderamente a salvo si el país que lo recibe baja la guardia.

Y que Costa Rica no cambie nunca la compasión por obediencia, porque el día en que lo haga ya no será refugio ni república: será apenas el patio trasero bien portado de quienes nunca entendieron su grandeza. Y que cada desterrado, cada expulsado y cada perseguido pueda mirar un día el horizonte sin miedo, sin dueño y sin verdugo, para pronunciar por fin la palabra más sencilla y más imposible de todas con una “L” en mayúscula: ¡Libre!----Alejandro Patiño Cruz es consultor internacional y exrepresentante permanente adjunto de Costa Rica ante la OCDE.