Leños de encino arden y crujen en la chimenea. De madera y piedra es la cabaña que les abriga en las montañas de Sacramento.

Afuera hace frío y hay llovizna. La cena fue un ritual compartido; la sobremesa, extensa, amena y divertida.

Ana Isabel vierte en las copas el resto del vino tinto e inserta una vela en la botella vacía. Ahí es una tradición: cada botella se convierte en un candelabro.

Conforme la candela se consume, la esperma se desborda y se adhiere al cristal, como las estalactitas en las cavernas. Son las luces del claroscuro.Matías toma su guitarra, rasga las cuerdas y el terciopelo de su voz tiende un velo de comunión, magia y nostalgia.

Abrazados, Sergio y Lorena escuchan con deleite la canción tradicional mexicana que Matías desgrana de su repertorio. Dónde vas, Román Castillo, dónde vas, pobre de ti, ya no busques más querellas, dónde vas, pobre de ti…Ana Isabel sugiere prolongar el brindis con un cabernet.

Todos aceptan de buen grado. Mientras llena las copas, Lorena y Sergio se miran con exquisita ternura.

En susurros, ella festeja el verde musgo en la mirada de su pareja; él se pierde en el ámbar de los ojos de la muchacha.Matías deja la guitarra. Ana Isabel lo toma del brazo y se dirigen a la habitación.

Sergio y Lorena, cautivos del vino embriagador, acentúan la intensidad de sus caricias y palabras cercanas. Suben al ático.

Sobre un relieve de sábanas revueltas, entre cumbres, valles y hondonadas, las brasas de una pasión urgente incendian los cuatro puntos cardinales en la geografía de la piel. Después del delirio, serenidad, silencio y sueño en la noche profunda.Amanece.

Sergio despierta. Lorena no está a su lado.

Se incorpora y, a través de la ventana, la descubre en el exterior de la cabaña. Con caballete, pintura, lienzo y pinceles, la mujer delinea los primeros trazos en el bosquejo del rústico portón de la propiedad, cuya belleza la cautivó desde la llegada.

Semicubiertos de musgo, el marco y los parales de la estructura se ven abrigados, como si la naturaleza resguardara el portón de las inclemencias del clima a la intemperie.Troncos de encino arden en la chimenea. Luego de el desayuno, sobremesa, reposo y caminata por parajes exuberantes en las montañas del norte.

Los cuatro amigos perciben una especie de ralentí en las agujas del reloj, con el margen suficiente para el disfrute y la plenitud, en contraste con el vertiginoso trepidar de dígitos de cronómetro en la urbe, donde no hay tiempo para nada.Encino y cenizas. Pasaron los años.

Sergio y Lorena ya no están juntos. El destino les jugó una mala pasada y urdió en contra de ellos la bifurcación de sus caminos.

Por el contrario, Ana Isabel convive con Matías y lo cuida con esmero; es guía y centinela en el andén otoñal del cantor de la guitarra. La memoria de Sergio es un dios malévolo que distorsiona sus recuerdos, como las migas del pan que Hansel y Gretel dejan en el camino para volver a casa y se extravían en el bosque, según la narrativa de los Hermanos Grimm.Hasta el sol de hoy, Sergio ignora si su amada terminó de pintar la acuarela.

No obstante, conserva en su poder la fotografía que, a petición de ella, había tomado del portón del musgo. Por eso, en la orfandad de su apartamento, aturdido quizás por el ruido ensordecedor del tránsito (paradoja de su soledad), el viejo fotógrafo busca la imagen entre sus cosas queridas.

Por fin la encuentra y la rescata de un álbum antiguo. La observa, la guarda y la vuelve a buscar.

En momentos como este, suele ocurrir que sus pupilas humedecidas distorsionan los perfiles del portón vetusto. Entonces, opta por cerrar el álbum.

Mas, en cuestión de instantes, acude a la misma página, contempla la imagen, la guarda y la vuelve a buscar. Por enésima vez.roberto.comunic@gmail.com Roberto García H. es periodista.