Jorge Navarrete: "Los errores del gobierno no los está capitalizando la oposición; los está capitalizando la rabia"
Si los opuestos no necesariamente se atraen, eventualmente se parecen. A Jorge “Pirincho” Navarrete los primeros 100 días de José Antonio Kast en La Moneda le resuenan a los de Gabriel Boric.
Es más, en su opinión, la instalación de ambas administraciones se parece mucho, “más allá de que ninguno de los dos quiera reconocerlo”.¿En qué se parecen?Nadie duda de que ambos tenían claro dónde querían llegar. Pero sus gobiernos han mostrado que no saben muy bien qué es lo que hay que hacer para lograrlo.Sentado en su oficina en Vitacura que mira a la cordillera, rodeado de libros, fotos y objetos pop, el abogado y analista enciende un cigarrillo y enumera:—Primero, ambos llegan con una altísima generación de expectativas durante la campaña, que se ven tempranamente defraudadas.
Quizás el ícono, en este caso, tiene que ver con el desastre de lo que significó tener a una ministra de Seguridad Pública que reconoce no tener un plan, cuando ese era el tema fundamental, la razón por la cual José Antonio Kast ganó esta elección con mucha distancia.“Pirincho” Navarrete se acomoda los lentes de marco rojo y agrega:—La segunda tiene que ver con la inexperiencia de los cuadros de gobierno. Personas con currículos muy destacados, pero sin experiencia pública, llegaron a posiciones importantes.
Es insólito que a 60 días de esta administración tengamos 30 seremis renunciados, cuatro subsecretarios fuera y un cambio de gabinete en menos de 70 días.En tercer lugar, dice, acaso lo más grave:—Tanto la cultura frenteamplista como la cultura republicana tenían la convicción de que las cosas iban a ser diferentes sólo por el hecho de que ellos llegaran al gobierno. Había algo en el carácter, en el talante, que iba a significar que las cosas cambiaran solamente por el hecho de instalarse.Hay un cierto desprecio por la gestión y la cultura pública; más en la administración de Boric que en la de Kast.
Pero también hay un desprecio del gobierno de Kast por la importancia de la política.¿Comparten una cierta actitud de superioridad o arrogancia?Hay una cierta arrogancia. Hay un cierto desprecio por la gestión y la cultura pública; más en la administración de Boric que en la de Kast.
Pero también hay un desprecio del gobierno de Kast —y esto vale para la derecha en Chile y en el mundo— por la importancia de la política, de la pedagogía, del relato, de saber contar una historia, especialmente en un momento tan crucial y tan difícil como el que vive el país.¿La megarreforma puede operar como la Convención Constitucional para Boric?Uno podría decir que el destino de la administración Boric pendía del resultado de la primera Convención Constitucional. Y, en los hechos, así fue.
Si fracasa el proyecto de Ley de Reconstrucción, aquello que es medular, lo que las personas ven más tangible, lo que sí fue producto de una preparación más minuciosa y tranquila, quedaría seriamente comprometido. Ahora, me parece que con más o menos votos, con mayor consenso o con más competencia política, es difícil pensar que este proyecto vaya a ser rechazado.
La pregunta es qué viene después.No sólo en seguridad, salud, educación, vivienda, obras públicas o transporte, que han estado relegados. También qué viene después en materia de crecimiento.
Todo muestra que, incluso, la aprobación de este proyecto no va a ser suficiente para generar ese punto de inflexión. El gobierno debe advertir que no va a bastar con el impulso de este proyecto.¿Qué es lo que se necesita?Este es un país que no va a crecer mientras no tengamos un Estado más eficiente y más eficaz.
Y esto no es una cuestión de tecnócratas; es un imperativo ético de la acción política. Segundo: el empleo.
Aquí vamos a tener que tomar decisiones dolorosas. Las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial nos plantean desafíos enormes que ni siquiera hemos empezado a abordar.Según el analista, “estamos en una discusión bien menor respecto de la franquicia Sence, pero no estamos pensando cómo reconvertir y capacitar a personas cuyos empleos se van a extinguir.
Tampoco estamos abordando seriamente la educación, principal instrumento de movilidad social y crecimiento”.Entonces, agrega, “esto no se agota en una cuestión tributaria. No termina simplemente en destrabar la permisología para ciertos proyectos de inversión o en subsidiar el empleo.
Hay que tener una mirada de más largo aliento”.¿La megarreforma llega con aire victorioso al Senado?El gobierno siempre ha tenido, aunque no lo confiese, la seguridad de que este proyecto va a ser aprobado. Probablemente también en el Senado, incluso sin necesidad de contar con votos de la oposición.
En la Cámara se llegó a un acuerdo discutible con el PDG, con todos los costos que eso significó. Hoy, para el gobierno, negociar no es una obligación, sino una opción.¿Y le conviene negociar?Le conviene que se apruebe con una mayoría que incluya sectores de oposición, para darle mayor sustentabilidad y legitimidad.
Siempre que ese acuerdo no desvirtúe el proyecto. Si siente que el costo es blanquear o licuar el proyecto, intentará aprobarlo aunque sea por un voto.Esta fue la derrota más dura de la izquierda en los últimos 35 años, especialmente para el mundo concertacionista.
En ese mundo veo mucha perplejidad, mucha confusión y mucho deterioro.¿Ve a algún sector de la oposición dispuesto a eso?Lo primero que hay que decir es que no existe una oposición; existen varias oposiciones. Y que esta fue la derrota más dura de la izquierda en los últimos 35 años, especialmente para el mundo concertacionista que dominó buena parte de las políticas públicas durante la transición.En ese mundo veo mucha perplejidad, mucha confusión y mucho deterioro.
Uno tendía a presumir un mayor nivel de sofisticación en las culturas políticas de izquierda. Hoy eso no se percibe.
En el mundo socialdemócrata o exconcertacionista echo particularmente de menos una reflexión de esta naturaleza (sobre la derrota).¿Qué le pareció el panfleto del Partido Socialista sobre Kast?Me parece un buen síntoma de lo que ocurre en la oposición, incluso en sectores a los que uno quisiera atribuirles mayor seriedad. Percibo un deterioro: un contexto de polarización, inmediatez, en el cual el esfuerzo de hilar cuatro frases seguidas con coherencia y consistencia brilla por su ausencia.
Lo que tenemos es la tentación permanente de subirse a olas que son pan para hoy y hambre para mañana.¿Ha visto una reflexión profunda en la izquierda después del gobierno de Boric?No he visto una reflexión. Y mucho menos una reflexión profunda.
Ni colectiva ni en las distintas sensibilidades de la izquierda. En el mundo socialdemócrata o exconcertacionista echo particularmente de menos una reflexión de esta naturaleza.
Lo que ha ocurrido más bien es una pulsión hacia la negación y la justificación.Probablemente esta administración y quienes hoy ocupan posiciones de responsabilidad están enfrentando una de las últimas oportunidades que tiene la clase política tradicional para demostrar que puede cumplir.¿A qué puede conducir ese desierto de reflexión?El resultado puede ser bastante dramático. Los errores del gobierno, las frustraciones, los desencantos y el sentimiento de estafa en las expectativas no están siendo capitalizados por la oposición.
Están siendo capitalizados por otra cosa: por la rabia, por la crítica a la clase política dirigente, por quienes perciben a los políticos como un club preocupado de sus privilegios y prebendas más que de servir al país.Tengo la sospecha de que nos estamos acercando a un cierto límite. Probablemente esta administración y quienes hoy ocupan posiciones de responsabilidad están enfrentando una de las últimas oportunidades que tiene la clase política tradicional para demostrar que puede cumplir.¿Se refiere al PDG y Parisi, como lo situó la encuesta CEP?No solamente Franco Parisi y su partido.
América Latina muestra cómo las peores tragedias y los experimentos más tristes fueron antecedidos por momentos en que la rabia, el desencanto y la frustración llevaron a los ciudadanos a retirarse del espacio institucional y dejar en manos de muy pocos decisiones que nos conciernen a todos. Ese cansancio lleva a muchos electores, sobre todo con voto obligatorio, a pensar: “No puede ser peor de lo que ya tengo”.
Y terminan optando por experimentos, liderazgos o caudillos muy lejos de una buena conducción de política pública.¿Cómo puede la izquierda formular hoy un proyecto de futuro?Me cuesta responder, porque tengo un conflicto de interés vivencial. Soy hijo de la Concertación.
Fui funcionario durante 10 años de un gobierno y de una época que considero una de las más virtuosas de la historia de Chile. Pero entendiendo que la nostalgia nunca es buena consejera, creo que a la socialdemocracia no le haría mal mirar hacia atrás.
No para volver atrás, sino para recuperar, como decía Hegel, el espíritu de una época.Navarrete identifica cuatro claves del éxito concertacionista: acceso ciudadano a bienes y servicios, alianza público-privada, masificación educacional y seguridad durante la transición. Desde ahí propone cuatro ejes para una nueva izquierda socialdemócrata: crecimiento económico, un Estado fuerte e inteligente, un modelo de desarrollo basado en el talento y una política firme de seguridad.—No hay política social ni progreso sin crecimiento.
Incluso, quienes tenemos una vocación igualitarista sabemos que para distribuir primero hay que generar. Un Estado fuerte, inteligente y eficaz debe regular y corregir los defectos del crecimiento, pero entender que su principal preocupación es proveer buenos servicios públicos, que no es lo mismo que servicios estatales.Me cuesta entender cómo una cultura política como la mía, que ve en el Estado un instrumento fundamental de transformación social, no entiende que la primera función del Estado es otorgar seguridad.Para el analista, “gran parte del crecimiento reciente ha descansado en el mercado financiero y la exportación de recursos naturales.
Pero hay algo que se distribuye más parejamente: el talento. Ponerlo en el centro favorece la movilidad social y amplía las oportunidades”.“Y me cuesta entender cómo una cultura política como la mía, que ve en el Estado un instrumento fundamental de transformación social, no entiende que la primera función del Estado —aquella que justifica su existencia— es otorgar seguridad”.Eso implica corregir énfasis de la nueva izquierda, que ha sido más laxa en seguridad, más desconfiada del mercado y más inclinada a privilegiar igualdad sobre mérito.Algo pasó, no sé cuándo ni dónde, pero confundimos la importancia de igualar oportunidades —preservando que mérito, talento y esfuerzo sigan siendo fundamentales— con la idea de que la política pública debe igualar resultados.
Son cosas distintas.¿Ve una batalla cultural hoy?Creo que hay una batalla cultural que la izquierda perdió. Y la perdió, entre otras cosas, porque la actual administración tuvo el acierto de definirse como un gobierno de emergencia respecto de las dos principales preocupaciones ciudadanas: seguridad y crecimiento.
Esa es una de las razones por las cuales José Antonio Kast gana esta elección. Y no sólo la gana frente a la izquierda.
También gana frente a un sector importante de la derecha que había monopolizado las políticas públicas durante mucho tiempo y que terminó sumándose en segunda vuelta, después del fracaso electoral de Evelyn Matthei.Y eso también ayuda a explicar ciertas decisiones de Kast que, vistas desde fuera, pueden parecer incomprensibles. Pero, como decía un buen amigo, hay cosas que se explican mejor por Freud que por Marx.
Cuando uno mira el gabinete del presidente de la República, se da cuenta de que él siente que no le debe nada a nadie.¿El expresidente Boric podría liderar la renovación de la izquierda?Es difícil responder afirmativamente si uno quiere ser coherente con algo que venimos diciendo: no existe una sola izquierda, existen varias. Pero él está en una posición privilegiada.
No sólo por razones electorales, también porque mostró sensibilidad para renunciar a ciertas convicciones de su familia política de origen y asumir un rol más amplio, que ofreciera garantías de diversidad y pluralismo.No sé si esto es completamente correcto, pero a mí me gustaría —casi como si se tratara de un cónclave vaticano— encerrar en una habitación a cuatro o cinco liderazgos importantes de las distintas sensibilidades de izquierda. Y obligarlos a conversar.
No para que renuncien a sus identidades, sino para intentar ponerlas al servicio de un proyecto colectivo.¿Quiénes deberían estar en esa sala?Camila Vallejo, representando al mundo comunista. El expresidente Boric o un liderazgo como el del alcalde Vodanovic.
En el mundo socialdemócrata, pese a su derrota, Carolina Tohá. También alguien como Óscar Landerretche.
Y personas de sensibilidad socialcristiana como Claudio Orrego. Entre esos nombres, o parecidos, existe una oportunidad.
¿Boric debe jugar un rol en la política contingente?Lo hizo Ricardo Lagos durante mucho tiempo. Lo hace Michelle Bachelet.
Y perfectamente podría hacerlo Boric. Lo que hay que evitar es que la autoridad de haber sido presidente se desgaste en las miserias y pequeñeces de la política cotidiana.
Porque la política, aunque me gusta pensar que es noble en sus fines, suele ser bastante miserable en su práctica diaria.Pero tampoco puede ubicarse tan lejos de la contingencia que pretenda que haber ocupado la Presidencia lo sitúe por encima de la competencia política. Eso ya les sucedió a Bachelet, Lagos y Piñera: la condición de expresidente no reemplaza la necesidad de construir apoyo político.
Boric puede jugar un rol, pero debe combinar autoridad, prudencia y disposición a competir en igualdad de condiciones con los liderazgos que vengan detrás.
Information from La Tercera (Chile). Edited by: Noticias Today.
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