Sátiro, la experiencia única que ofrece el 'scene restaurant' en Lima

Carolina Uechi: la chef que llevó las brasas al lenguaje nikkei en Kobe, su nueva apuesta en San IsidroDon Fernando: el sabor norteño que resiste al tiempo en Jesús MaríaTiti, el chifa que tomó otro rumbo: probamos la propuesta de su sede en La MolinaHay una tradición que Londres y Miami dominan mejor que casi nadie: la del lugar donde la cena no termina cuando llega la cuenta. Annabel’s, Sexy Fish, Cipriani —todos operan bajo la misma lógica: buena cocina como primer acto de una noche que tiene más capítulos.
Sátiro, que ocupa el local que era de Lima 27, en San Isidro, es la versión local más seria de ese modelo.MIRA: Maras, un restaurante con una carta contra lo previsibleEl chef Sebastián Vega construye una carta que no busca sorprender con conceptos nuevos ni complejos, sino funcionar bien dentro de su contexto. Y ese contexto importa: en un lugar donde la música sube de volumen a medida que avanza la noche, donde los comensales pasan de la mesa a la barra sin que haya una frontera clara, la cocina tiene que ser legible, generosa y ejecutable bajo presión.
Los crudos —un tiradito de doble pesca con salsa de ají amarillo ahumado y chalaca de pulpo, un ceviche de lychee con pesca y palta tatemada— tienen el tipo de acidez precisa que abre el apetito sin cansarlo. Los nigiris vienen en combinaciones que no fallan: el de concha de abanico con parmesano, tobiko y trufa; el de toro —una de las partes más cotizadas del atún— con yemas curadas y emulsión de foie; el de asado Wagyu con mantequilla de Porcón.
Son apuestas de producto, bocados de placer. En la sección de fondos, el arroz mar y tierra —langostinos jumbo salvajes y entraña Angus— es el plato que mejor encarna la lógica del lugar: opulento, directo, sin pretensiones académicas, devorable a cualquier hora de la noche.Hay también dos secciones que rinden tributo al fuego.
La robata —técnica japonesa de cocción a las brasas sobre carbón de leña, sin llama directa ni humo agresivo— ofrece platos como chistorra con aioli, pachikay y baos fritos, o conchas con ajo negro, lychee y wakame. La sección de brasas presenta un pescado con curry y tapioca de cúrcuma, una pesca misoyaki con ajos crocantes y katsuobushi, y dos carnes: entraña fina y bife ancho Wagyu.
Entre los acompañamientos, los gnocchi de plátano con salsa de cecina y Parmesano Reggiano merecen más protagonismo del que les da el menú.La decoración es, claramente, parte del argumento. Los sátiros —criaturas del séquito de Dioniso, el dios del vino y el exceso— aparecen en cada mesa, abrazados a las lámparas: figuras de placer sin disculpa, de noches sin horario, de música y buen beber.
La cena como punto de partida, no de llegada. El resto del espacio sigue esa lógica sin moderarse: cabezas doradas de venado, arañas de cristal, techos de espejo, bolas de discoteca.
En una ciudad donde muchos restaurantes se esfuerzan por parecer más sobrios de lo que son, Sátiro elige la teatralidad con convicción. La terraza interior es la zona más viva, con gente de pie, conversación y un Dj que marca la pauta.
En los salones internos, con iluminación a media luz, personajes disfrazados anuncian los shows nocturnos entre los comensales —una escena que, en otro contexto, podría parecer excesiva—. Aquí, simplemente, tiene coherencia.Sátiro no compite con los restaurantes de ciudad.
Compite con la mejor noche posible. Y en eso, por ahora, va ganando. //
Information from El Comercio (Perú). Edited by: Noticias Today.
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