El avión aterrizaba sobre Ciudad de México y ella pidió un deseo. Mientras distinguía los contornos de la ciudad desde el aire, Julieta Venegas pensó: “Que sea mía, que yo sea habitante de ella”.

Tenía 21 años y estaba decidida a abrirse camino en la música. Pero el trayecto no fue fácil.

En el DF sintió soledad, una soledad a menudo triste. Estuvo a punto de regresar a Tijuana, donde vivía su familia.

Entonces su madre le contó que ella había tenido el mismo sueño, pero nunca se animó. “Y no sabes el orgullo que me da ver cómo mi hija va luego de lo que desea”, le expresó.Desde niña, Julieta Venegas escuchó cantar a su mamá. De algún modo, heredó la música de ella.

Y las palabras que le expresó en ese momento fueron claves:—Es algo que nunca voy a olvidar. Porque fue la primera vez que alguno de mis padres validó algo que yo había hecho -dice ahora en entrevista a través de Zoom.La escena forma parte de Norteña.

Memorias del comienzo, el libro donde la cantante y compositora reconstruye su infancia en Tijuana, el descubrimiento de la música y los años en que buscó su propia voz. Publicado por La Pollera, el libro narra la historia de una chica tímida y sensible que escribe canciones tristes y sueña dedicarse a la música.Nacida en Long Beach y criada en Tijuana, Julieta Venegas se convirtió con el tiempo en una de las artistas más influyentes de la música latinoamericana.

Su libro abarca su relación con la música, con sus padres y con maestros y amigos que fueron importantes en el proceso, hasta su la grabación de su primer disco.Yo siempre tuve muy mala autoestima, y fue lindo verme hacia atrás (...) y darle a esa persona que fui un lugar.—¿Qué la motivó a volver sobre tu historia?—Había dado vueltas con la idea de escribir algo de memoria varias veces. Pero siempre llegaba a la conclusión de que prefería hacer un disco o hacer otra cosa.

Cuando empecé este último disco, Norteña, me di cuenta de que estaba haciendo algo que tenía mucho tiempo soñando. Empecé a pensar mucho en mi historia, en quién había sido.

Yo siempre tuve muy mala autoestima, y fue lindo verme hacia atrás y ver cómo, a pesar de mis inseguridades y todo, llegué a ciertos lugares por intuición o por impulso. Fue bonito volver a eso y darle a esa persona que fui un lugar.

Y decir: sus decisiones también tenían sentido, el camino que hizo tenía sentido.—¿Hay algo de aquella Julieta insegura y en formación que todavía permanece?—Muchísimo. Mi relación con la música sigue siendo muy fresca.

Me siento a escribir y no tengo la menor idea de dónde voy a ir. Eso sigue igual desde siempre.

Me sigue gustando escuchar música constantemente, sigo siendo muy curiosa.Me han preguntado si este libro era nostalgia. Y yo siento que la nostalgia es extrañar el pasado.

Yo no extraño el pasado para nada. No extraño la persona que fui ni extraño lo que hacía en ese momento.

Estoy muy contenta ahora. Entonces también se me hace lindo poder mirar hacia atrás.

La verdad es que estoy contenta de haber podido hacer todo este proyecto. No viene desde el dolor; al contrario, viene desde la celebración.—Leyendo el libro da la impresión de que la música, en su casa, estaba asociada a algo alegre, casi festivo.—Sí, totalmente.

Y todavía lo sigo sintiendo. Siempre que estoy cantando estoy sonriendo.

No puedo cantar sin sonreír. La música tiene que ver con la alegría.

En mi casa tenía que ver con eso. Compartíamos un espacio en común todos.

Y aunque, como todas las familias, no éramos una familia feliz todo el tiempo, sí había momentos donde la música nos daba ese espacio para compartir juntos.—La figura de su madre ocupa un lugar muy importante.—Sí. Mi papá era muy musical, pero mi mamá, aunque no hubiera una radio prendida, estaba cantando algo.

Siempre. Había algo en ella de estar presente a través de las melodías.

Eso me marcó muchísimo emocionalmente. Marcó mi relación con la música.

Siempre se lo digo.—Hay un momento muy importante cuando Ud. se va a Ciudad de México. Se sentía sola, le costaba adaptarse y en un momento pensó regresar a Tijuana.

Y su mamá le expresó que no lo hiciera. ¿Qué significa hoy para Ud. ese episodio?—Fue muy importante.

Si en ese momento me hubiera dicho que regresara a casa, yo lo habría hecho. Por eso fue un punto de inflexión enorme en nuestra relación y también en mi relación con la decisión que había tomado.

Siempre se lo voy a agradecer.Me gusta pensar que mi proceso artístico está ocurriendo ahora.—También cuenta una relación más compleja con su padre.—Ahora siento que mi papá se había impuesto, o le habían impuesto, una figura que tenían muchos hombres de su generación. Él tenía que ser el proveedor, el que decidía todo, el que cuidaba a la familia.

Y la única manera que se le ocurría hacerlo era controlándolo todo. Pero ahora veo que detrás de eso había mucho miedo.

Mi papá hoy es un panecito. Es un hombre muy suave.

Para mí era importante contar esas cosas que fueron tensas porque también es una forma de sanar.—En algún momento dice que se sentía un poco al margen. ¿Hoy siente que encontró un lugar?—Nunca me creo demasiado que tengo un lugar.

Hace poco me preguntaban si me sentía consagrada o entronizada y la verdad es que no me gusta esa idea. No quiero nada que me pese.

Me gusta pensar que mi proceso artístico está ocurriendo ahora. Mis inquietudes están en este momento.

Mi curiosidad está aquí. No me siento estacionada en ningún sitio porque tampoco me sentiría cómoda diciendo: “Bueno, ya lo hice todo”.Nunca he sido particularmente buena para las relaciones de pareja.

En cambio, soy muy buena amiga. Soy mejor amiga que pareja.

Incluso soy mejor exnovia.—Pero tiene una comunidad que la acompaña.—Eso sí. Me siento muy querida y muy apreciada.

Hay personas que vienen a mis conciertos desde que tenían diez años. Ahora son adultos y siguen viniendo.

Eso es muy lindo. La gente creció y seguimos encontrándonos.

Casi tenemos una relación.—En el libro hay un homenaje a la amistad. Es curioso porque escribía muchas canciones sobre el amor romántico, pero leyendo el libro da la impresión de que la amistad termina siendo más importante.—Sí.

Porque a mí me enseñaron que el amor romántico era algo indispensable: la pareja, la pareja, la pareja. Y con el tiempo descubrí que el modelo de relación que me enseñaron no necesariamente es el que estoy buscando.

Nunca he sido particularmente buena para las relaciones de pareja. En cambio, soy muy buena amiga.

Soy mejor amiga que pareja. Incluso soy mejor exnovia.

Porque esas relaciones duran más tiempo para mí. Son más largas y más profundas.

Por eso me parecía importante hablar de la amistad. Y especialmente durante los años que viví en Buenos Aires, cuando me di cuenta de cuánto sostienen las amistades una vida.

La literatura—Norteña también es el libro de una lectora. ¿Cómo fue su formación lectora?—Lo más importante para mí, al comienzo, no fueron determinados autores, sino descubrir que se podía imaginar leyendo.

Que yo podía encontrar algo en una página. Entonces empecé leyendo cualquier cosa.

No es que haya comenzado leyendo a Dostoievski, eso vino después. Mi relación con los libros es muy intensa.

Soy muy obsesiva. Tengo mis rituales.

Me gusta terminar los libros; nunca soy de abandonarlos porque siento que es irrespetuoso. Pero al mismo tiempo puedo enojarme con ellos.

Siempre tengo una relación muy fuerte con lo que leo. Me gusta mucho leer memorias.

Soy un cliché, pero me encantan las memorias de músicos. Hay una autora que se llama Christine Hirsch y tiene un libro que se llama Rat Girl, que es hermoso.—¿Qué escritoras han sido importantes para Ud.?—Me gusta muchísimo Vivian Gornick.

Fue una de las primeras escritoras que leí desde ese lugar tan personal. Me gusta Herta Müller.

Me encanta Duras. Hace poquito volví a leer a Svetlana Alexievich, que me parece durísima, pero siempre muy humana.—Es una lectora sofisticada..—Sí, tengo mi camino para llegar a los libros.

Las novedades dejo que pasen, y ya después me las encuentro. Soy lenta, voy a mi ritmo.

A menos que sean autoras que me encantan y que sigo de cerca.—¿Qué está leyendo ahora?—Ahora, por ejemplo, estoy leyendo el nuevo libro de Selva Almada. También me gusta mucho Pablo Katchadjian, que es rarísimo y muy divertido.

Me encanta porque te saca completamente de lugar. También Luna Flores, que sacó un libro de memorias que se llama Neblina afuera, que es precioso.

Estoy todo el tiempo encontrándome con autores jóvenes. Y también descubriendo escritores que habían quedado medio olvidados.

María Luisa Puga, por ejemplo, me parece espectacular. También Josefina Vicens.

Es muy lindo que ahora resurja literatura que siempre estuvo ahí.(Hoy) Descubres voces que no conocías porque nunca te las enseñaron, porque nunca te las mostraron en la escuela.—Durante mucho tiempo el canon literario estuvo dominado por hombres.—Claro. Parecía que esas escritoras no existían cuando sí existían.

Todos sabemos quién es Octavio Paz o Carlos Fuentes. Pero había escritoras maravillosas que quedaron fuera de la conversación.

Descubres voces que no conocías porque nunca te las enseñaron, porque nunca te las mostraron en la escuela. Por eso me parece que este es un gran momento para la literatura.—Hay una pregunta que parece atravesar todo el libro: ¿por qué hace música?—Sí.

Y escribiendo me di cuenta de que esa pregunta está profundamente ligada a mi familia. No es que yo haya descubierto la música únicamente cuando empecé a tocar el piano.

Claro que ahí descubrí una vocación. Pero la forma en que yo me relacionaba con la música ya estaba presente desde antes.

Venía de cómo se escuchaba música en mi casa. De cómo se cantaba.

De cómo se compartía. Y eso fue una de las cosas más bonitas que encontré al escribir el libro.

Entender que la música no apareció de repente en mi vida. Que ya estaba ahí.

Que formaba parte de mi historia mucho antes de que yo pudiera nombrarla.Tijuana— “Me fui muy chica de la frontera, pero siempre la llevo conmigo”, escribe. ¿Lo siente ahora también?—Sí.

Siempre la llevo conmigo. Ahora que regresé a México y estoy viviendo nuevamente en Tijuana lo siento todavía más.

O ahora que saqué este proyecto y estoy entre la música y la literatura. La literatura siempre ha sido muy importante para mí.

Y poder hablar también de un libro me emociona mucho. No es que me vaya a dedicar a escribir de ahora en adelante, pero sí me parece bonito reconocer públicamente esa relación tan importante que tengo con la literatura.Tengo muchas ambivalencias, muchas cosas que no termino de resolver, muchas contradicciones.

Pero ya las acepto como parte de quien soy.—Existe una imagen muy difundida de Tijuana y la frontera asociada a la violencia, el delito, etc.. ¿Cuánto se parece esa imagen a la ciudad donde creció?—Yo crecí ahí y tuve una vida completamente normal.

Crecí en una familia de clase media, fui a una escuela católica. Lo que pasa es que las ciudades siempre se narran de una manera hacia afuera y se viven de otra manera hacia adentro.

Y Tijuana es un ejemplo perfecto de eso. Es muy difícil describir Tijuana si no has estado ahí.

Alguien me expresó una vez que la conocía por las películas. Y yo pensaba que no.

En el cine nunca va a estar realmente representada. Hay que ir.

El atractivo de Tijuana está en la gente, en el olor, en la comida, en la manera en que se vive.Siento que se acomodó algo que llevaba muchos años moviéndose dentro de mí. —Nació en Estados Unidos y creció en esa experiencia de frontera. ¿Qué siente cuando ve las políticas migratorias de Donald Trump?—No quiero hablar desde un lugar político porque ya hay muchísimas opiniones sobre eso.

Pero sí hay algo que me parece evidente: la crueldad. Y creo que esa es la capa que estamos viendo hoy.

No solamente hacia México, sino hacia muchas personas en el mundo. Hay muchísimo trauma detrás de esas decisiones.La cantante agrega:—Son personas a las que se les está deshaciendo la vida.

La figura del deportado siempre ha existido. Todos los gobiernos han deportado gente.

Pero hoy me parece distinto. Muchas veces no se trata de personas que hayan cometido delitos.

Se trata simplemente de quiénes son o de dónde vienen. Y eso me parece profundamente cruel.

Porque si construyes tu vida en un lugar, si trabajas ahí, si haces tu familia ahí, de alguna manera también perteneces a ese lugar. Y eso no se puede borrar tan fácilmente.

No obstante, se está intentando borrar. Y eso es tremendamente traumático.

La separación de las familias, el encierro de niños. Siempre me pregunto cuál es realmente el sentido de todo eso.—¿Y cómo ha sido volver a Tijuana?—Muy feliz.

Siento que se acomodó algo que llevaba muchos años moviéndose dentro de mí. Durante mucho tiempo sentí que vivía de manera precaria, no económicamente, sino emocionalmente.

Vivía con la sensación de que en cualquier momento me iba a ir. Entonces no terminaba de establecerme.

Sabía que no me iba a quedar para siempre en Buenos Aires, pero estuve ocho años allá. Fueron ocho años de incertidumbre.

Pensaba: “Ya me voy”.Y luego me quedaba. Al final, hacer todo este proyecto me ayudó a darme cuenta de que quería regresar.