El devastador doblete sísmico ocurrido en Venezuela el 24 de junio de 2026 debe ser mucho más que una noticia internacional. Es una advertencia para el Perú, especialmente para Lima, considerada como una de las ciudades con mayor riesgo sísmico del mundo.En apenas 39 segundos, dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el estado venezolano de Yaracuy.

El saldo preliminar supera los 1,400 fallecidos, más de 4,300 heridos, cientos de desaparecidos, graves daños a la infraestructura y una alerta de tsunami que alcanzó el Caribe. Los modelos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) incluso anticipaban la posibilidad de decenas de miles de víctimas (10,000 fallecidos con una probabilidad del 44%) debido a la intensidad del evento y a la vulnerabilidad de las edificaciones.No obstante, la amenaza que enfrenta Lima podría ser aún mayor.Frente a la capital peruana existe un silencio sísmico de casi 280 años.

Desde el gran terremoto y tsunami de 1746, la energía entre las placas de Nazca y Sudamericana continúa acumulándose. El Instituto Geofísico del Perú (IGP) ha advertido reiteradamente que esa zona podría generar un terremoto de magnitud cercana a 8.8.La diferencia no es menor.

Un sismo de 8.8 libera aproximadamente 251 veces más energía que uno de 7.2 y cerca de 89 veces más que uno de 7.5. Asimismo, ocurriría frente a una metrópoli de más de diez millones de habitantes, con múltiples distritos asentados sobre suelos blandos que amplifican las ondas sísmicas y con una extensa franja costera expuesta al riesgo de tsunami.El contraste con Venezuela ilustra la magnitud del desafío.

Mientras Yumare, cercana al epicentro, tiene alrededor de 18 mil habitantes, Lima concentra una población cientos de veces mayor, asimismo de miles de edificaciones informales o antiguas que no cumplen estándares adecuados de resistencia sísmica.La vulnerabilidad ya quedó en evidencia con el sismo de magnitud 6.1 del Día del Padre de 2025, que provocó desprendimientos en la Costa Verde, caída de muros, interrupciones eléctricas y congestión generalizada. Fue un recordatorio de que incluso un terremoto moderado puede afectar seriamente el funcionamiento de la ciudad.Hoy gran parte de la atención pública está concentrada, con razón, en la amenaza de un nuevo Fenómeno El Niño Costero.

Pero ese riesgo no debe eclipsar otro que permanece acumulándose bajo nuestros pies. A diferencia de los eventos climáticos, un gran terremoto puede ocurrir en cualquier momento y sin aviso previo.El Perú necesita acelerar el reforzamiento estructural de hospitales, colegios, puentes y viviendas vulnerables; fiscalizar estrictamente el cumplimiento de las normas de construcción; actualizar los planes de evacuación y respuesta ante tsunamis, y destinar recursos efectivos a la prevención.La experiencia internacional demuestra que prevenir cuesta mucho menos que reconstruir después de una catástrofe.

Las inversiones en infraestructura resiliente rara vez ocupan titulares, pero cuando ocurre un desastre son las que terminan salvando miles de vidas.El doblete sísmico de Venezuela no es una tragedia ajena. Es un espejo de lo que podría enfrentar Lima si continúa postergando las medidas de prevención.

La ciencia ya dio la alerta. Ahora corresponde actuar antes de que sea demasiado tarde.